Los que no pudieron ayudar

Fabián Cubas Ávila

[Img #22821]Durante el transcurso del año pasado se realizaron numerosos homenajes por el 50 aniversario del fin del franquismo. Probablemente, se seguirán celebrando hitos de la transición hasta 2028, cuando nuestra Constitución, cada vez más senior, cumpla medio siglo. El paso del tiempo da a algunas personas más seguridad, presencia y firmeza. Aunque a nuestra Carta Magna parece que se le va achicando la voz para hablar de según qué temas. Tanto jueces como políticos la usan cuando les conviene y luego se olvidan de ella. El mismo trato que, por desgracia, reciben muchas personas al hacerse mayor.
 
Aunque yo sea un joven de veinte y pocas primaveras, mis estudios sobre el patrimonio inmaterial del Colegio Mayor Universitario San Fernando me han transportado a esa transición española. Como máquina del tiempo usé las entrevistas a estudiantes y trabajadores de aquellos años. 
 
Sin tener la desdicha de ser apaleado por los grises ni tener la suerte de vivir el estilo ye-yé, voy a contarles una historia. Una historia de esas que muchos y muchas de mi generación olvidan. Quizás por no leer, quizás por no ver documentales, quizás por no hablar con sus mayores, quizás por conveniencia o quizás porque Cuéntame debía haber sacado más temporadas de esa etapa tan importante.
 
En los años sesenta, en el Colegio Mayor Universitario San Fernando, ubicado en el Campus Central de la Universidad de La Laguna, se respiraba un aire diferente que en el resto del municipio lagunero. El hecho de que la policía no pudiese entrar al recinto universitario creaba un espacio seguro. El Colegio era un refugio democrático, un bastión de libertad y un caldo de cultivo para los movimientos estudiantiles. Sobre todo, para aquellos y aquellas estudiantes de izquierda, cuyas ideas no tenían cabida en el Movimiento Nacional. 
 
El San Fernando era un cabo suelto en aquella atadura que Franco iba atando y bien atando para cuando muriese. Dentro del centro de alojamiento, los colegiales, todos hombres hasta mucho después de la transición, mantenían un régimen democrático en plena dictadura. Organizaban asambleas y dirigían el Colegio votando. Los estudiantes de izquierda, que eran la mayoría, se sentaban delante y los de derecha se sentaban detrás. En las calles esa minoría conservadora se pavoneaba más, pero en el Colegio mantenía un perfil bajo, pues allí nadie era más que nadie. 
 
El propio Gerónimo Saavedra fue Director del San Fernando, una experiencia que él mismo definiría como “sus primeras andanzas políticas”. De eso precisamente va esta historia, de todos aquellos estudiantes que no pudieron dar sus primeros pasos como ciudadanos libres o como motor de cambio en la realidad española de los setenta.
 
“Agropecuarios” era el término usado para denominar a aquellos estudiantes que se dedicaban únicamente a estudiar. La etimología se debe a que eran personas que solían venir de zonas rurales. Sin embargo, no tenía una función denigrante, simplemente definía a la persona que iba a lo suyo y no interactuaba. Lo que hoy sería un NPC (Non Playing Character).
 
El hecho de que estos estudiantes no quisiesen participar en la política, los movimientos estudiantiles y mucho menos en huelgas o revueltas, no era voluntario. Al depender de ayudas o un sustento familiar limitado no podían permitirse suspender, tener notas bajas o ser detenido. Ellos eran los que depositaban las esperanzas de su futuro en aquellos compañeros que sí podían dedicar tiempo a organizar la soñada democracia, algo así como los revolucionarios profesionales de la teoría de Lenin. Ser ese estudiante activo era un privilegio que una mayoría de jóvenes no podía permitirse.
 
Me pregunto qué pensarían todos aquellos estudiantes y todas aquellas personas, en general, que no pudieron participar en la vida ciudadana y política del momento, si viesen ahora cómo son menos los y las jóvenes que se involucran en las luchas sociales y los movimientos estudiantiles. Aun teniendo el tiempo, los derechos y los recursos, mucho estudiantado se comporta pasivamente por voluntariedad. ¿Es desgana o desconocimiento? ¿Habrán de volver los recortes, la censura y todas las oscuras golondrinas para que el estudiantado deje el móvil y se movilice?
 
Fabián Cubas Ávila
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