Keops, Kefrén y Micerino

Quico Espino

Sigue siendo un placer enorme visitar Egipto, donde, sin salir de El Cairo, te encuentras con la civilización que fue hace siglos. Da la impresión de que se transporta uno a otra época, como si el tiempo se vistiera con otros tejidos, casi todos canelos claros, como la arena del desierto, y te trasladaran a la Edad Media o antes, en especial cuando se ven camellos caminando entre las preciosas pirámides,

 

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… lo cual se rompe, de buenas a primeras, al tropezar de repente con un puesto al lado de la pirámide de Keops, en el que un señor con chilaba oscura, pañuelo de colores y turbante blanco vende figuritas de esfinges relacionadas con los distintos faraones y, por supuesto, de las famosas pirámides, mientras los camellos están echados, esperando que algún visitante los alquile.

 

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También te da esa impresión atemporal al visitar el templo funerario de Hatshepsut, un santuario conocido como Djeser-Djeseru (el sublime de los sublimes), que está cerca del Valle de los Reyes y que fue edificado en honor de Amon Ra, el dios del sol.

 

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Me dijo el amigo que estuvo con su pareja en Egipto que la pobreza allí es mucha y a mí me recordó mi viaje, hace ya la friolera de treinta años, a Marruecos, donde lo primero que vi fue a niños descalzos pidiendo dírhams, la moneda marroquí. Entonces me acordé de mí mismo, con siete u ocho años, recién salido de la escuela, con el brazo estirado y la mano abierta para solicitar que me dieran una peseta a los primeros turistas que llegaban a Ingenio, atraídos por las mantelerías y los trabajos artesanales de Anita Segundina, que tenía un viaje de mujeres trabajando para ella. Con aquella peseta me compraba una docena de boliches de barro, tres trompos y un puñado de chufas, a las que entonces llamábamos chuflas.

Luego, antes de almorzar, nos poníamos a jugar en el callejón de Angelita Medina y yo recuerdo como si fuera hoy que me sacaba del bolsillo un trompo al que le había cambiado la punta roma por una tacha bien afilada y que rompía en dos el trompo que estaba girando, al que otro contendiente había lanzado, y que me ganaba todos los boliches que habíamos apostado. 

Tenía una lechera vieja llena de boliches y llegué a contar 499 piezas, algunas de cristal con colores. Una vez mi hermano pequeño me quitó uno y yo le pegué un rebencazo; después mi madre me llamó para resarcir al benjamín y me negué a obedecerle. Ella me persiguió hasta el molino de Lázaro, donde me agarró una vecina, algo bastante usual, y desde allí hasta mi casa, casi trescientos metros, estuvo pegándome en el culo con la alpargata que se había quitado. Tres días estuve sin poderme sentar.

No obstante, añadió mi amigo que viajó a Egipto, para los turistas tienen, en el corazón de El Cairo islámico, una zona amurallada con aire medieval, uno de los zocos más famosos de Oriente Medio, el bazar llamado Jan el Jalili, considerado el mejor de Egipto,

 

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… donde se puede comprar de todo, desde joyas, perfumes, lámparas de colores, especias, ropa de cuero, instrumentos musicales…, en las estrechas callejuelas que forman el mercado, con más de 900 puestos en los que se habla español y en los que ellos esperan que los visitantes regateen, pues si no lo hacen, dan la impresión de considerarse superiores y les ven como estirados. Entonces les cobran lo que quieren, cosa que no hacen con quienes regatean.

El café de los espejos, El Fishawi, está en el laberíntico zoco de Jan El Jalili (también llamado Khan El Khalili), donde se puede tomar un té con menta o un café con borras, mientras se ve cómo vibra una de las ciudades más viejas del mundo.

 

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En la capital de Egipto también tiene gran relevancia para los turistas la Mesquita de Mohammad Alí, la Mesquita de alabastro, en la parte alta de la ciudadela del sultán Saladino, que fue construida en memoria del hijo mayor de Mehmet Alí.

 

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Y para acabar, qué mejor que un paseo por el Nilo, el segundo río más largo del mundo después del Amazonas, a su paso por El Cairo, que recorre nada menos que once países, siendo Egipto uno de ellos.

 

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Por el Nilo fueron mi amigo y su pareja, en un crucero de tres días, desde Asuán hasta Luxor, y a orillas del mismo río, gracias a la proliferación de juncos, allá por el siglo III antes de Cristo, fundada por la dinastía ptolemaica, se creó la Biblioteca de Alejandría, que albergó cientos de miles de papiros de conocimiento universal, impulsando el estudio científico y literario bajo la dirección de grandes sabios, como recogió la escritora Irene Vallejo en su libro “El infinito en un junco”.

 

Texto: Quico Espino

Fotos: Doramas

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