El aire olía a incienso del campo, a poleo, a higos dulces de otoño. Pedaleando plácidamente por Cueva Oscura, camino de la Presa de los Pérez, abstraído por el armonioso sonido de las cencerras, el ciclista vio pasar de repente una aguililla que planeaba entre las montañas. Admirado por el vuelo parsimonioso del ave, pretendiendo seguir su rumbo, aceleró la máquina sin dejar de mirar al cielo y, en un despiste producido por la abstracción, perdió el equilibrio y se dio de bruces contra el asfalto.
Gajes del oficio, se dijo al levantarse, sacudiéndose, y, un tanto desconcertado por la caída, se topó de frente con la casa que aparece en la imagen, al borde del precipicio, mirando al valle y al mar. ¡Qué gozada!, pensó, contemplando la estampa. Luego se echó la bici al hombro e, impulsado por una sana curiosidad, se introdujo en el pasillo ajardinado, repleto de macetas con plantas.
-¡Buenos días, joven! Parece que eres madrugador –dijo, de pronto, una señora mayor asomada a la ventana, sorprendiendo al visitante.
-Perdone, señora, que me haya metido en su jardín. Es que este sitio me dejó maravillado. Espero no causar molestia.
-¡Para nada, mi niño! Bienvenido seas, que a mí me gustan las visitas. Entra padentro, que te invito a un agüita de toronjil, que la tengo reposando.
Encantado, el invitado se maravilló más aún con el patio tupido de plantas en flor que tuvo que cruzar para llegar a la cocina.
-Si tanto te gusta mi casa, querío, no tienes más que pedirme en matrimonio, que yo soy viuda y libre –dijo ella con sonrisa picarona antes de soltar una sonora carcajada.
¿Vive usted sola aquí? –preguntó él, riendo con total naturalidad y mirando afectuosamente a la anfitriona.
-Sí, mi niño. Mis hijos me quieren llevar para sus casas pero yo no cambio esto por nada del mundo. Si me sacan de Cueva Oscura, me muero de pena en tres días. Y no me importa vivir sola. Solita y con Dios. Y aquí me quiero morir cuando me llegue la hora.
Gratamente sorprendido, el ciclista dijo a la señora que ojalá llegara él a la edad de ella con aquella entereza de ánimo, algo envidiable, y le dio dos besos cariñosos al despedirse. Y luego dos carcajadas sonaron por el barranco, perdiéndose en el eco de las cencerras, cuando ella añadió:
-Y piénsate lo de la boda, querío.
Quico Espino
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