La lluvia no solo limpia la atmósfera, sino que ofrece a los ciudadanos la oportunidad de contemplar el paisaje de otro modo. Y eso es más que un sencillo logro. Es decir, que la lluvia fija, limpia y da esplendor.
Es tan importante que, además de dejarnos con el paso cambiado, el paraguas entonces se convierte en pieza imprescindible que a nuestro lado camina. Por eso es bueno sacarlo de paseo de vez en cuando, aunque no llueva. Más que nada para sentir que las estaciones del año siguen estando ahí, como cuando éramos chicos. Por cierto, recuerdo que le preguntaba a mi padre si los barros que se habían depositado en la calle del Terrero, en Arucas, indicaban el final del invierno en una mañana soleada. Seguramente que mi candor de entonces habría sucumbido antes las impertinentes preguntas de la primerísima infancia. No recuerdo lo que mi padre me contestó, sobre todo, porque yo era muy chico y seguramente saldría del asunto como buenamente pudo.
Sin embargo, eso no fue lo relevante. Antes tenía uno más conciencia de las estaciones del año; pero ahora que se han reducido a dos solamente sobreviven en las publicidades de ciertos grandes comercios en las que nos intentan vender lo que por aquí apenas se usa. Tiempos, que diría aquel niño que fui. Pero yo lo que realmente pretendía era hablar de la lluvia, que este invierno se ha prodigado por las islas. No solo a las diversas cuencas existentes les ha entrado agua, sino que según previsiones servirá para que al menos en un año sirva para el riego necesario de los agricultores. Sin contar que despeja todo lo que abarca, que también.
En fin, un detalle que viene a incidir en una manera de ser y actuar. Y de sobrevivir en este mundo tan alocado, donde el cambio climático es tan real como la vida misma. Y ha venido para quedarse. Lamentablemente.
Juan FERRERA GIL





























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