La tregua

Javier Estévez

[Img #35753]La isla está irreconocible. Vestida con un verde contundente, vivo, de una potencia que casi provoca sobresalto. El paisaje parece una ofrenda.

 

Cuando la tierra se muestra así, exuberante, como restaurada, surge la necesidad de habitarla del modo en que se habita un edificio suntuoso que abre sus puertas una vez cada tantos años. Que revela sus maravillas durante unas horas y vuelve a recluirse. Que queda mudo y ausente durante décadas.

 

Pero habitar lo excepcional exige consciencia. Lo extraordinariamente hermoso mutará, se sabe, a lo habitualmente anodino. No es una maldición. Es el recordatorio de lo que se perdió.

 

Porque no siempre fue así.

 

Durante siglos esta isla fue un bosque prodigioso atravesado por corrientes permanentes de agua. Mil quinientos sesenta kilómetros cuadrados perpetuamente verdes. De sus entrañas brotaba agua sin descanso. Un gran pulmón húmedo que se extendía de la costa a la cumbre y del que hoy apenas quedan fragmentos aislados.

 

Quienes saben del tema aseguran que los bosques comenzaron a menguar con la llegada de los primeros humanos. La cultura aborigen manejaba el fuego. Cultivaba. Pastoreaba. Tenía capacidad de hacer daño irreversible a la arboleda. La conquista castellana produjo una deforestación insólita por los cultivos de exportación. Desde entonces la isla se concibió como recurso a explotar. No como ecosistema a preservar.

 

La isla funciona como metáfora del planeta entero: muestra la incapacidad humana de vivir dentro de unos límites. Se perdieron los bosques.Y se desmorona sin remedio el mundo rural, esa cultura sensata de enorme fuerza creativa.

 

A cambio, población. Cada vez más. Y más. Y más.

 

Somos la isla con mayor densidad del Atlántico, solo superada por Barbados. Un hormiguero construido sobre cristal. Casi un millón de personas apretadas en un espacio vulnerable. Delicado. Fragilísimo. Si España tuviese nuestra densidad, tendría trescientos millones de habitantes. Seis veces más que la población actual.

 

El verde que hoy sobrecoge debería ser la norma. No la excepción. El paraíso no es un regalo perdido para siempre. Es una tregua que se renueva cada vez que llueve. Cada vez que el agua vuelve a correr y cantar por los barrancos. Aunque las treguas, por definición, siempre terminan. El reto es convertirlas en algo permanente.

 

Javier Estévez

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