Gentes e Historia

El vaquero de Guayadeque: la leyenda de James Ronald Grant y su burro Safari

El canadiense revolucionó el turismo en Guayadeque con safaris de burros y una visión pionera, dejando huella en la comunidad local y en quienes trabajaron a su lado.

Juan Vega Romero Sábado, 07 de Febrero de 2026 Tiempo de lectura:

Felipe, Bartolo, Diego y Manolo, más de cincuenta años después, hablan de James Ronald Grant, el canadiense que llegó a Guayadeque a finales de los sesenta huyendo de la competencia de Torremolinos con ciento diez burros y una idea probada. El hombre que entraba a caballo en los bares para invitar rondas. El pionero que convirtió un barranco impresionante pero poco visitado en un destino turístico masivo. Esta es su historia, contada por quienes trabajaron a su lado cuando eran chavales de catorce años. 
 
Cueva Bermeja, verano de 1971, mediodía 
 
Setenta burros suben por el camino del cauce levantando una nube de polvo que se ve desde kilómetros. Al frente, montado en un caballo enorme, va un hombre con sombrero vaquero y pañuelo rojo al cuello. James Ronald Grant (conocido como Ronald). Canadiense, ex piloto de la segunda guerra mundial, ex acróbata aéreo, ex empresario de Torremolinos. Ahora el hombre que está poniendo Guayadeque en el mapa turístico. 
 
Detrás, cerrando la caravana, van sus empleados: Felipe Rodríguez Perdomo,
 
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…hombre de confianza desde el principio; los hermanos Manuel,
 
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Bartolo y Diego Cazorla, de catorce y doce años; su primo Manolo,
 
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… que entra y sale según haga falta. Todos cobrando quinientas pesetas al día. 
 
En Cueva Bermeja ya humea la leña. Una señora del Barranco de la Sierra, Josefa Romero, cocina paellas para setenta personas. Setenta platos de paella, ensalada, vino, refresco. Ronald baja del caballo, se quita el sombrero, mira la caravana que acaba de llegar y sonríe. Porque esto, contra todo pronóstico, vuelve a funcionar. Como funcionó en Torremolinos antes de que la competencia lo echara. 
 
De Torremolinos a Guayadeque: huyendo de la competencia 
 
Antes de Guayadeque, Ronald ya había hecho esto en Torremolinos. Costa del Sol. Burro safari para turistas.
 
Funcionaba tan bien que pronto aparecieron uno, dos, tres competidores.
 
Demasiados. El negocio se diluía. 
 
Ronald mira el mapa. Canarias. Turismo creciendo pero todavía virgen.
 
Menos competencia. Más oportunidades. 
 
Nos vamos, le dice a Carmen, su mujer holandesa. 
 
Y llegan a Gran Canaria a finales de los años sesenta. Ronald estudia el territorio y encuentra Guayadeque. El barranco es impresionante, el camino del cauce perfecto para burros, hay cuevas, historia, paisaje. Y lo mejor: no hay nadie haciendo esto. 
 
Felipe Rodríguez Perdomo es uno de los primeros en unirse. “Empecé con él desde el principio”, recuerda décadas después. “Trabajé hasta que me fui a hacer el servicio militar. Y cuando volví, volví con Ronald”. Eso dice mucho: cuando terminas la mili y vuelves al mismo trabajo, es porque ese jefe vale la pena. 
 
Una operación masiva con infraestructura profesional 
 
Lo que Ronald montó en Guayadeque no era una operación improvisada. Era una atracción turística con infraestructura seria. Ciento diez burros en total. En cada safari subían hasta setenta. Tres rutas diarias: mañana, mediodía y tarde, a veces terminando de noche. Más de doscientos turistas al día en temporada alta. 
 
Pero Ronald había aprendido algo crucial en Torremolinos: los turistas quieren recuerdos. Así que contrató a un estudio fotográfico de Doctoral, “Foto Las Vegas”, propiedad de D. Miguel Peña Suárez, más conocido como Lito Peña. Él sacaba las fotos que los turistas se llevaban a casa: la familia alemana con el barranco de fondo, los ingleses montados en los burros, los españoles bromeando en los animales. 
 
Era marketing avant la lettre. Experiencia de cliente antes de que ese término existiera. 
 
“James”, al que los nativos llamaban Bartolo, incapaces de pronunciar el nombre en inglés. “Ronaldo”, le decían Diego, Manolo y Felipe. A Ronald no parecía importarle. “Era muy, muy, muy buena persona”, repiten los Cazorla. “Te ayudaba, te daba lo que fuera”. “Muy serio y muy buena persona”, añade Manolo. “Buen pagador”. Felipe, que lo conoció mejor que ninguno, confirma: “Era una gran persona”. 
 
Todos mencionan con cuidado que Ronald tenía sus propias batallas personales. Tenía sus cosas, admiten. Pero aun así, era muy buena persona. Eso no cambiaba. Nunca fue violento ni injusto. 
 
El vaquero que entró a caballo en el bar 
 
Manolo Cazorla guarda un recuerdo que todavía lo hace sonreír cincuenta años después. De vez en cuando, Ronald se presentaba en el bar de Bartolito montado en su caballo. Y no se quedaba fuera. Entraba. Con el caballo. Dentro del bar. 
 
—¡Poquito, poquito! –gritaba desde la montura. 
 
Quería decir que invitaba a una ronda a todos los presentes. Un vino abocado para cada uno, cortesía del vaquero canadiense que acababa de entrar a caballo como si estuviera en un saloon. Ronald desde arriba, sonriendo, pagando rondas, viviendo su particular película del Oeste. 
 
“Era muy sociable”, recuerdan todos. “Invitaba a mucha gente a comer a su casa” en el chalet de Lomo Hospital, donde vivía con Carmen. Las comidas eran un espectáculo: trabajadores del safari, vecinos del pueblo, turistas que habían hecho el safari, conversaciones en varios idiomas, risas, vino, comida abundante. 
 
Carmen y los camellos de Fátaga 
 
Los Cazorla conocían a Carmen de vista, pero no tenían trato cercano con ella. Felipe sí. Y recuerda lo que pasó: en algún momento, Carmen decidió que los burros ya no eran lo suyo. Dejó el Burro Safari de Guayadeque y se fue a la carretera de Fátaga. Y allí montó su propio safari. Pero no de burros. De camellos. 
 
Otra idea adelantada a su tiempo. Otra apuesta por el turismo alternativo en Canarias. Carmen, la holandesa práctica, vio la oportunidad y la tomó. No era solo la esposa del vaquero espectacular. Tuvo su propio negocio, su propia apuesta, su propia historia. 
 
El pionero que puso Guayadeque en el mapa 
 
Antes de Ronald, Guayadeque era un barranco impresionante pero poco visitado. Los bares existían, pero para la gente local. En realidad, a finales de los sesenta ya se notaba un incipiente flujo de turistas principalmente peninsulares y algunos extranjeros atraídos por las cuevas, la arqueología y los restaurantes trogloditas. Ronald, con su experiencia previa en Torremolinos, vio el potencial de ese interés emergente y decidió profesionalizarlo: convirtió esas visitas ocasionales en una atracción masiva y organizada. 
 
Felipe lo dice claro: “Ronald fue el que activó los bares que había en aquellos años en Guayadeque. Él fue el que trajo los turistas. Los turistas conocen Guayadeque gracias a él como pionero”. 
 
De repente, doscientos turistas al día pasaban por el barranco. Comían en Cueva Bermeja. Bebían en los bares. Los negocios locales se adaptaban. Guayadeque aparecía en las guías turísticas. 
 
Era turismo sostenible antes de que el concepto existiera. Promoción territorial antes de los departamentos de marketing. 
 
El traspaso y los últimos años 
 
No sabemos exactamente cuándo ni por qué Ronald decidió traspasar el negocio. Quizá la salud, quizá el cansancio de gestionar ciento diez burros y tres safaris diarios durante años. “Ronald traspasó el negocio”, confirma Felipe. Pero sin él al frente, el alma del negocio se había ido.
 
El Burro Safari continuó, pero ya no era el mismo. Y Ronald desapareció de la escena pública. El vaquero que había cabalgado por Ingenio con tanto estruendo se fue apagando en silencio. Sus últimos años los pasó como un nómada discreto, moviéndose por diferentes lugares del sureste de Gran Canaria. Ya no era el empresario al frente de muchisimos burros. Ya no era el tipo que entraba a caballo en los bares. 
 
Era simplemente un hombre mayor, moviéndose de un sitio a otro, sin establecerse definitivamente en ninguna parte. 
 
Lo que queda 
 
Felipe Rodríguez Perdomo, Bartolo, Diego y Manolo Cazorla López son ahora hombres mayores. Pero cuando hablan de aquellos años trabajando en el barranco, algo se ilumina en sus ojos. 
 
“James”, dice Bartolo, todavía incapaz de pronunciarlo correctamente después de cincuenta años. “Ronaldo”, dicen los demás. “Muy buena persona”, repiten todos. Como un mantra que el tiempo no ha erosionado. 
 
Felipe, el hombre de confianza, añade: “Él fue el pionero. El que trajo los turistas a Guayadeque”. Y es verdad. 
 
El Barranco de Guayadeque sigue ahí, recibiendo miles de visitantes cada año. La carretera está asfaltada. Hay señalización turística, restaurantes, guías. Todos hablan de turismo responsable, de experiencias auténticas, de conectar con lo local.
 
Pero ninguno sabe que todo empezó con un canadiense que venía huyendo de la competencia de Torremolinos. Ninguno mueve setenta burros tres veces al día. Ninguno gestiona ciento diez animales. Ninguno entra a caballo en los bares para invitar rondas. Ninguno tiene esa mezcla de visión empresarial, experiencia previa, intuición territorial y locura vitalista que tenía Ronald. 
 
James Ronald Grant ya no cabalga por las calles de Ingenio. Pasó sus últimos años moviéndose discretamente por el sureste de la isla, lejos de los focos que él mismo había encendido. Los ciento diez burros ya no existen. El camino del cauce está asfaltado. Carmen se fue a Fátaga con sus camellos. 
 
Pero algo permanece. En la memoria de Felipe, que volvió después de la mili porque ese trabajo valía la pena. En la memoria de Bartolo, que todavía dice “James” con ese acento imposible. En la de Diego y Manolo. En los bares de Guayadeque que él activó. En los miles de turistas que cada año recorren el barranco sin saber que están siguiendo las rutas que un canadiense con sombrero vaquero trazó hace más de cincuenta años.
 
Ronald cambió Torremolinos por Guayadeque. La Costa del Sol por Gran Canaria. La competencia por el monopolio temporal. Los cielos de guerra por el polvo del barranco. Y en el proceso, sin pretenderlo, se convirtió en el pionero del turismo en uno de los barrancos más emblemáticos de Canarias. 
 
Cincuenta años después, cuatro hombres mayores todavía lo recuerdan con cariño. Todavía sonríen. Todavía repiten: “Muy, muy buena persona”. “Buen pagador”. “El pionero”. 
 
Y eso es el mejor epitafio: no una tumba con fechas pomposas, sino la memoria agradecida de unos chavales a los que dio trabajo. Y un barranco entero que debe su fama turística a un canadiense con sombrero vaquero que llegó desde Torremolinos con muchos burros y una idea probada. 
 
Y funcionó. Otra vez. 
 
Este artículo se ha construido a partir de los testimonios de Felipe Rodríguez Perdomo, hombre de confianza de James Ronald Grant desde el inicio, y de Bartolo Cazorla López y su primo Manolo Cazorla López, quienes también trabajaron en el Burro Safari de Guayadeque a principios de los años setenta.
 
Juan Vega Romero
Fotografías del autor
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