Paren el mundo, que me quiero bajar: África (4)

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]En este recorrido por el mundo a vista de pájaro desearía hoy posar la mirada sobre el continente africano, porque es posible que ningún otro continente haya sufrido tanto las consecuencias del colonialismo europeo.

 

La historia reciente de Europa no es precisamente para echar voladores ni para sentirnos orgullosos de ella, al menos en lo que respecta a su política colonialista en África, pues la invadieron, la cargaron de cadenas, la sometieron y esclavizaron, la expoliaron, le robaron el presente y le condenaron el futuro para siempre. 

 

Cuando Europa, la vieja Europa, marcaba el ritmo de vida del mundo, todos los países vivían bajo su influencia política, cultural y económica, hasta que, después de la Segunda Guerra Mundial, fue desplazada por Estados Unidos, que la hizo su aliada y que en los últimos años del primer cuarto del siglo XXI trata de ningunearla con parecidas medidas coercitivas, aunque más sofisticadas, porque ha pasado un siglo de cambios económicos, científicos y culturales y hoy el neocolonialismo tiene otro estilo y actúa de otra forma, pero las consecuencias para las poblaciones son parecidas.

 

Y es que, según nos cuentan los libros de Historia, después de la Segunda Revolución Industrial, los grandes países europeos se lanzaron en una frenética carrera a la búsqueda de nuevos mercados y materias primas con que seguir impulsando su poder económico. Y para ello entraron a sangre y fuego sin importarles la suerte que iba a depararles a los nativos del continente africano, pues eran unos salvajes desarrapados y muertos de hambre que no creían en Dios y que profesaban creencias animistas que había que erradicar a la mayor celeridad, inculcándoles por la fuerza la fe verdadera al tiempo que se apropiaban de sus materias primas y explotaban sus recursos naturales.

 

Los utilizaron durante muchas décadas hasta que los inevitables y desgarradores gritos de independencia se fueron imponiendo en todo el continente, no sin antes sufrir los castigos, las masacres, las deportaciones y los genocidios, haciendo que hoy los europeos no nos sintamos, repito, muy orgullosos de nuestro pasado.

 

Ocurrió que todos los países europeos querían tener su propio imperio colonial, estaba de moda. Necesitaban surtir a sus metrópolis de aquellas materias esenciales para aumentar sus industrias y así conseguir el mayor desarrollo económico y el poder político que no habían conocido en siglos.
Y se lanzaron al interior del continente africano sin importarles la suerte de aquellos salvajes. Así, en una continua y demencial competencia, se lanzaron a través del rio Congo y penetraron hasta “el corazón de las tinieblas”.
Francia y Gran Bretaña fueron los países europeos que más colonias llegaron a poseer, pero también Bélgica, Alemania, Italia e, incluso, España, establecieron colonias en suelo africano. 

 

Por la fuerza de la sinrazón, diezmados, separados de sus etnias, mutilados, esclavizados, empobrecidos hasta límites insospechados, tuvieron que esperar hasta la  segunda mitad del siglo XX para conseguir la independencia de los países explotadores que, en la mayoría de los casos, les volvió a sumir en nuevas luchas fratricidas que continúan en algunos países africanos hasta hoy día, debido principalmente al reparto de fronteras artificiales llevado a cabo en la Conferencia de Berlín. No hay sino que mirar el mapa de África para darnos cuenta de cómo sus fronteras están trazadas “a escuadra y cartabón”. 

 

Y así se ha construido la historia de la Humanidad a través de los siglos: a base de amenazas, torturas, matanzas, expolios, desplazamientos masivos de personas… Lo de Trump y Netanyahu no es nada nuevo.

 

Hay que ser tremendamente hipócritas hoy para entender el comportamiento de los países europeos con la inmigración procedente del continente africano.

 

Muchos europeos de buena fe, tal vez ignorantes de la historia colonial de sus países, se quejan de forma airada de la llegada de pateras a sus playas europeas, sin pensar que los inmigrantes lo único que desean es ser acogidos para intentar sobrevivir en el continente que un día les robó sus riquezas, que los expoliaron durante tantas décadas, que eliminaron sus señas de identidad y que los condenaron a no tener futuro, sufriendo, además, las mayores atrocidades que un ser humano puede soportar. 

 

Ahora ponen el grito en el cielo exclamando que nos están invadiendo, que están violando a nuestras mujeres, robando y matando a nuestros ciudadanos, que están haciendo más inseguras nuestras hermosas calles y ciudades… En definitiva: que reina el caos en nuestra sociedad por su culpa, por lo que hay que encerrarlos para deportarlos de nuevo a sus países de origen. Olvidan que los europeos somos los únicos responsables hoy día de esta situación.

 

No quieren recordar que los africanos sufrieron muchos y grandes episodios de abuso y opresión de los países colonizadores europeos que vieron una extraordinaria oportunidad de expandir su economía. Con la miseria de los pueblos invadidos y sometidos por la fuerza construyeron y levantaron sus grandes imperios económicos, políticos y tecnológicos. 

 

Nada nuevo bajo el sol. Un episodio más para engrosar las páginas de la Historia de la Humanidad de la cual muchos ciudadanos se sienten hoy tan orgullosos. Lo terrible es caer en la cuenta de que despertar el odio hacia los inmigrantes hoy día da muchos votos. 

 

No debemos seguir ignorando algunas evidencias. No podemos seguir alimentando el odio hacia el extranjero. No debemos seguir dejándonos engañar por los mismos de siempre, porque la Historia está ahí, al alcance de cualquier lector curioso. Ignorarla es querer cerrar los ojos. 

 

Solo hace falta tener un gesto de decencia, de reconocer los errores cometidos en aquel continente. No podemos seguir caminando hacia el futuro de manera tan insolidaria e indecente. No podemos olvidar que, haciendo mías las palabras de Ignacio Escolar, director de El Diario.es, “España fue durante más de un siglo un país que expulsaba a los suyos. Hoy recibe a quienes buscan lo mismo que anhelaban nuestros abuelos: trabajo, seguridad, futuro”.

 

Hay algo profundamente indecente en haber sido emigrantes y olvidarlo en tan pocas generaciones.
No me digan que, ante esta exposición de hechos, no dan ganas de decir  aquello de “Paren el mundo que me quiero bajar”, aunque solo sea para aliviar nuestra conciencia.

 

Juan Ramón Hernández Valerón.

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