Empeñados en negar la evidencia
España ha dejado de ser considerado un país libre de la transmisión endémica del sarampión para la Organización Mundial de la Salud, una valoración que tenía desde 2016. No ocurre esto por mala suerte o casualidad, al contrario, ocurre “gracias” a la irresponsabilidad de quienes quieren ganar adeptos o seguidores argumentando conspiraciones paranoicas sin que se les exija explicaciones ni responsabilidades.
La historia nos deja la experiencia de la viruela, un ejemplo del éxito de la vacunación a nivel mundial. España fue parte activa y responsable directa ello cuando, en 1803, Carlos IV puso en marcha la considerada primera expedición filantrópica de la historia que llevaría la vacuna a América y a Asia, la Expedición Balmis.
A principios del siglo XIX, y gracias a una estrategia coordinada y masiva, esta enfermedad devastadora fue erradicada, y una enfermedad que solo en Europa había matado a 60 millones de personas, se consideró erradicada.
Dos siglos después, sin embargo, este mismo país está siendo testigo de un aumento de casos de viruela por culpa de la “moda” de negar la vacunación como método para parar enfermedades altamente contagiosas y que deriva en una baja cobertura vacunal y la falsa sensación de seguridad frente a enfermedades que se creían controladas.
Aunque la viruela clásica ya no existe, el repunte de la viruela símica o viruela del mono, al igual que el sarampión, demuestra que los virus no desaparecen sin más. La interrupción de la vacunación sistemática contra enfermedades que pueden ser combatidas, unida a la desinformación y a la desconfianza creciente hacia las vacunas, ha dejado a una gran parte de la población sin protección y los virus se aprovechan de ello, dejando una sociedad más vulnerable ante brotes que, con una cobertura vacunal adecuada, podrían haberse contenido con mayor rapidez.
No vacunarse no es solo una decisión personal. En el caso de enfermedades infecciosas, cada persona no inmunizada se convierte en un posible eslabón de transmisión, especialmente entre personas con las que se tiene más contacto y, por su inconsciencia o desconocimiento, suponen un peligro para cuantos sean próximos.
Esto facilita la propagación del virus y complica el trabajo de rastreo y control por parte de las autoridades sanitarias. En España, el incremento de enfermedades víricas ha puesto de manifiesto cómo la falta de inmunidad colectiva puede reabrir la puerta a problemas de salud pública que se creían superados.
Hay que añadir el impacto directo que esta situación supone en el sistema sanitario: consultas saturadas, recursos desviados y profesionales obligados a responder con urgencia a situaciones evitables, por ejemplo. Situaciones que podrían mitigarse con campañas de vacunación eficaces y una mayor concienciación social sobre la importancia de la prevención y, sobre todo, si dejamos de creer cualquier cosa que se publique en redes sociales sin fundamento científico, solo porque nos es más fácil pensar en intrincadas conspiraciones para acabar con la civilización que en científicos que dedican su vida a buscar soluciones reales a enfermedades que suponen miles de muertes cada año.
Los mensajes alarmistas o negacionistas han calado en parte de la población, debilitando la confianza en la ciencia y en las instituciones sanitarias. Esta pérdida de confianza no solo afecta a una enfermedad concreta, compromete la capacidad de respuesta ante futuras amenazas sanitarias.
El aumento de la viruela del mono y el sarampión en España debería servir como advertencia. La vacunación no es solo una herramienta del pasado, es una necesidad presente. Renunciar a ella implica aceptar un mayor riesgo colectivo y asumir consecuencias que van mucho más allá de la decisión individual.
El papel del farmacéutico en general, y el comunitario en particular, ha de ser fundamental e ir más allá del consejo o la recogida de datos, y deberían ser integrados institucionalmente en el sistema sanitario para colaborar en la eliminación de los obstáculos que impiden alcanzar altas coberturas vacunales, especialmente en los grupos poblacionales de difícil acceso y alto riesgo.
En Dinamarca, Francia, Grecia, Irlanda, Italia, Noruega, Portugal, Suiza y Reino Unido, los farmacéuticos pueden administrar otras vacunas y medicamentos como neumococo, vacunas de viaje, herpes zóster (HZ), cólera, difteria, tétanos y tos ferina, inyección de suero antitetánico, meningococo, encefalitis transmitida por garrapatas, fiebre tifoidea y hepatitis A, encefalitis japonesa, hepatitis A, hepatitis B, virus del papiloma humano (VPH), rabia, rotavirus humano y varicela, además de la gripe y la COVID-19.
Portugal lleva ya 15 años; Dinamarca, 10; Francia, 5; Suiza, 11... y los índices de satisfacción, en todos los casos, son abrumadoramente positivos.
España, por contra, sigue pensando. Mientras, en nuestro país, los contagios siguen creciendo.
María Loreto Gómez Guedes
Presidenta del COFLP


























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.111