La regulación de migrantes y la credibilidad de la iglesia

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.

[Img #9373]El reciente proceso de regularización de inmigrantes en España ha dejado al descubierto no solo las tensiones políticas del país, sino también una grave fractura moral dentro de la Iglesia, cuando algunos obispos han alzado la voz no para defender al extranjero, sino para cuestionar o rechazar una medida que busca sacar de la clandestinidad a miles de personas que ya viven, trabajan y sostienen silenciosamente esta sociedad.

 

Resulta escandaloso que pastores de la Iglesia se muestren más preocupados por el discurso del miedo, el “efecto llamada” o la presión política que por la clara exigencia del Evangelio, que no admite interpretaciones cómodas: “Al extranjero que reside con ustedes, lo amarás como a ti mismo” (Levítico 19,34).

 

Regularizar no es premiar la ilegalidad, como algunos insinúan; es reconocer una realidad humana y evitar que la ley se convierta en instrumento de explotación, algo que clama al cielo y que la Doctrina Social de la Iglesia ha condenado reiteradamente. Cuando un obispo se opone a la regularización desde argumentos más cercanos a la retórica gubernamental o partidista que al Evangelio, olvida deliberadamente que Jesús fue migrante, perseguido por el poder, y que se identificó sin matices con el forastero: “Fui forastero y me acogisteis” (Mateo 25,35), no “fui forastero y me empujasteis a la economía sumergida”. Más grave aún es que estas voces críticas surjan mientras parroquias, Cáritas y comunidades cristianas sostienen en primera línea a los mismos migrantes que algunos prelados parecen dispuestos a sacrificar en nombre de una falsa prudencia. Jesús no fue prudente cuando se trató de la dignidad humana, y fue implacable con los líderes religiosos que usaban a Dios para justificar la injusticia: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas!” (Mateo 23,27).

 

Celebrar la Eucaristía, memorial de un ajusticiado por el sistema y al mismo tiempo cuestionar políticas que devuelven derechos básicos a los excluidos es una contradicción que mina la credibilidad de la Iglesia. La ley existe para el bien de las personas, no para perpetuar su marginación (cf. Romanos 13), y cuando mantener la irregularidad conviene más que corregirla, el pecado no está en la regularización, sino en el silencio o la oposición clerical. La Iglesia en España debe decidir si camina con el Evangelio o con el miedo, porque el migrante no es un problema que gestionar, sino un rostro concreto de Cristo que juzgará no nuestras declaraciones institucionales, sino si practicamos la justicia, amamos la misericordia y caminamos humildemente con nuestro Dios (cf. Miqueas 6,8). Todo lo demás es ruido piadoso.

 

Cristo mismo fue migrante, perseguido y expulsado, y murió fuera de la ciudad como un excluido.

 

Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.

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