Vidal Bolaños BetancortEn Gáldar, donde los guanches pintaron sueños en las cuevas, don Esteban guardaba desde 1952 una máscara de carnaval que nadie quería ponerse.
Decían que era de barro rojo del barranco, modelada por manos que conocían secretos antiguos. Cada año, cuando las murgas llenaban la plaza de Santiago, la máscara permanecía en su estante, mirando con ojos vacíos el desfile de reinas y comparsas.
Hasta que llegó la niña.
Tenía ocho años y no conocía el miedo a lo viejo. "¿Me la prestas, abuelo?", preguntó. Don Esteban dudó, recordando la leyenda: quien la llevara bailaría con los espíritus de los antiguos canarios.
Esa noche, en la plaza, la niña danzó con una gracia imposible. Sus pies descalzos marcaban ritmos que nadie había enseñado, su cuerpo se movía como el viento del norte. Los músicos no reconocían la melodía que seguía, pero sus instrumentos la tocaban solos.
Al amanecer, la máscara volvió al estante.
"¿Qué sentiste?", preguntó el abuelo.
"Que Gáldar nunca olvida", susurró ella, sonriendo.
Y don Esteban supo entonces que el verdadero carnaval no estaba en las calles, sino en esa memoria de barro que conectaba el presente con las raíces más profundas de la tierra.
En Gáldar, el carnaval es así: un puente entre volcanes y ancestros, donde cada máscara cuenta la historia de quienes bailaron antes que nosotros.
Vidal Bolaños




























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