Lo que va de antier a hoy: ¿de qué nos asombramos?

Nicolás Guerra Aguiar

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Concluido el primer cuarto del siglo XXI, uno de los elementales puntos de partida para coincidir con nuestra realidad de país europeo consiste en observar el entorno a través de la actividad política. Eso sí: los análisis han de ser rigurosos, racionales, desapasionados. Y deben fundamentarse en los efectos prácticos, no en planteamientos teóricos.

 

Lo digo porque las organizaciones que aspiran al poder prometen conseguir el bienestar de la colectividad. Todas coinciden en hipotéticos fines: una sociedad más justa, equilibrada, un país respetuoso con la voluntad popular (minúscula)... Pero otra cosa es el mantenimiento de sus compromisos tras la legítima llegada a la cima: adaptación a las “circunstancias” se impone en algunas sin trastornos éticos o estéticos. (Por cierto: alcanzado el poder, otras muestran sus rostros ayer teatralizados, se desenmascaran.)

 

A la vista está: cuando las estructuras políticas ejercen el mando por mayorías absolutas o lo comparten a través de alianzas las realidades difieren, y se diferencian como la noche y el día. Dos ejemplos del primer caso desde 1982: los absolutismos psocialista y ppopular de los señores González y Aznar, respectivamente, actuaron algunas veces con manifiestos comportamientos ilícitos.

 

Así, durante los años 1982-1996 (gobierno del primero) hubo asesinatos, barbaries, secuestros, corrupciones, hermanísimo, delictivas actuaciones y futuras cárceles para altos cargos del Ministerio de Interior... El caso GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) fue demencial: significó la vuelta al “Ojo por ojo, diente por diente”, ley del talión... El Estado de derecho retrocedió tres mil quinientos años, tres milenios y medio, para ponerse a la altura del sanguinario Código de Hammurabi (antigua Babilonia).

 

Y fue aquí, España, donde el pueblo había depositado su confianza en un partido político presentado bajo el lema “Por el cambio”. Mayorías absolutas en el Congreso, Senado; diez millones de votos, casi la mitad de las papeletas depositadas en las urnas… terminaron ennegrecidos por ilegales reacciones contra asesinos etarras. Pero esta vez a manos de un gobierno elegido democráticamente, el psocialista, cuyo triunfo mantuvo la esperanza de millones de ciudadanos. (Después... frustraciones, desengaños, soledades.)

 

El Partido Popular del señor Aznar, también el de la mayoría absoluta lograda en el año 2000, había llevado a cabo una brillante estrategia para lograr la victoria. Quizás forzado por su minoría, durante el gobierno anterior (1996-2000) actuó con prudencia y fuertes amarres de bridas para contener la euforia y el desenfreno de los suyos, muchos con añoranzas, a fin de cuentas una reacción puramente genética.

 

Llegó a parecer que el PP rompía con familiares vínculos anteriores. Estos lo unían a nostálgicos de la dictadura y a su nacimiento con el nombre de Alianza Popular, a fin de cuentas ex ministros franquistas. Todos bajo la dirección del represor Manuel Fraga Iribarne, todopoderoso desde el Ministerio de Información y Turismo y padre de la engañosa Ley de Prensa e Imprenta (1966), aparente eliminación de la censura previa impuesta a los medios de comunicación... y peligrosísima trampa: cerró periódicos, sancionó económicamente a directores... y dio al traste con la revista canaria ‘Sansofé’ (1972).

 

Así, el giro al centro que tanto éxito le había dado al señor Suárez en las elecciones generales (1977 y 1979) fue imitado por Aznar desde su primer gobierno (1996) tras sufrir un atentado de ETA el año anterior. Cuatrienio, en efecto, con apariencia de evolución ideológica hacia planteamientos rigurosamente constitucionales y de libertades plenas. Ahora bien: ¿por qué desbancó al señor González? Elemental: miles de españoles, muy concienciados políticamente tras cuarenta años de dictadura oficial, se sintieron traicionados. Paralelamente vieron en el PP su exteriorización de prudencia, sensatez y política de Estado (pactos con la anterior Convergència i Unió, hoy Junts; con el PNV...) y reaccionaron: le concedieron la mayoría absoluta en el 2000. Ahí comenzó el verdadero aznarismo.

 

“De Matas a Zaplana: los ministros de Aznar que han terminado en la cárcel” es un titular del periódico ABC (25/5/18). Incluye a Rodrigo Rato, condenado en varias causas judiciales. Ángel Acebes (ex ministro de Justicia) y otros muchos pasaron por el banquillo. Y fue en 2007 cuando Aznar afirmó “Tengo el problema de no haber sido tan listo de saberlo antes”. Se refería a su intervención en el Congreso de los Diputados, año 2003: “Créanme si les digo que Irak tiene armas de destrucción masiva”. (Armas letales, por cierto, jamás encontradas. Pero él apoyó la invasión de tan rico país organizada por el gobierno norteamericano y la participación directa o consentidora de países europeos. Se impusieron, como ayer con otros y hoy con Trump, exclusivamente intereses económicos.)

 

Pues bien: tales comportamientos de ambos partidos tuvieron consecuencias en las urnas. Así, el PSOE perdió tres millones de votos (año 2000). Y el PP abandonó La Moncloa (2004): “El PP pierde más de 30 escaños y Rajoy cosecha unos pésimos resultados. En la sede de Génova Rajoy estuvo acompañado por un cariacontecido Aznar” (‘El Mundo’). A partir de ahí gobiernos en minoría y fortalecimiento de los nacionalistas. El señor Zapatero fue apoyado por distintos partidos (Coalición Canaria...) para su elección como presidente (2004 y 2008). El señor Rajoy necesitó cuatro meses para obtener en el Congreso la aprobación como presidente (2011).

 

Ante esta realidad (alternancia PSOE - PP en el poder), dos nuevos partidos irrumpen con grandes perspectivas. Uno, Ciudadanos (2005): “El mismo discurso que empleábamos para combatir el nacionalismo en Cataluña podía servir para promover la regeneración y defender la misma idea de España” (eldebate.com). El otro, Podemos. Pero ambos, quizás desgajados de los dos dominantes, se convirtieron a la vez en proyecciones de los mismos cuando no en directísimos colaboradores. Así les fue: los votantes que los llevaron a la cima los tumbaron, esperanzas frustradas para el centro y la izquierda.

 

¿Y ahora? Ya ve, estimado lector: sin Vox y el cumplimiento de sus exigencias no habrá mayorías absolutas para el PP. Cuando descubrió que su directa participación en gobiernos autonómicos o municipales le creaba problemas (gobernar debilita), astutamente abandonó el poder directo. Decisión muy exitosa: no deja de subir. Y a la vez va consiguiendo la “voxificación” ideológica del PP mientras pacientemente espera su turno. Confía en decepcionados y apoyos juveniles, sector social este que no cree en las instituciones (“perdió la confianza en ellas”, concluye el reciente barómetro de Tamaimos).

 

Mientras, Podemos y Sumar se enrabiscan mutuamente. Dos exministros, Montoro (con Aznar y Rajoy, por “trama corrupta”) y Ábalos (con Sánchez, “organización criminal”), a la espera de sus juicios. Y les seguirán el señor Fernández Díaz, ex ministro del Interior de Rajoy, y quizás algunos machos ibéricos psocialistas, y... ¡Para “perder la confianza”, claro!

 

Nicolás Guerra Aguiar

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