Las sesiones parlamentarias y su repercusión en la calle

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Pocas veces me detengo frente a la tele a observar las sesiones parlamentarias. Afortunadamente, me engancho poco a esta caja que ha dejado de ser tan tonta como pensábamos hace solo unos pocos años. Salvo el fútbol (algún partido los sábados y domingos) alguna película y, últimamente, algún capítulo de una serie, en los que la mayoría de las veces me quedo traspuesto para acabar dormido en el sofá como el amante repudiado sin saber bien el porqué, no veo más tele. Ello me ha salvado de ese embobecimiento colectivo que se está adueñando cada vez más de nuestros conciudadanos, que un día sí y otro también se acuestan con la cabeza llena de tantas banalidades y sinsentidos. 
 
Esas contadísimas veces en las que me detengo frente a la tele para ver una sesión parlamentara, termino abochornado, sintiendo vergüenza ajena por el espectáculo que se desarrolla en el Hemiciclo. Aguanto lo que puedo (y mira que hago verdaderos esfuerzos para no apagarla cuando apenas llevo cinco minutos), pero desde hace un tiempo no puedo estar viendo y escuchando a sus Señorías debatir en el Congreso más de media hora. Se me hace insoportable, lo confieso.
 
No puedo entender cómo es posible que estas sesiones se televisen. Me parece lamentable. Y es que (ahora me dirijo directamente a los señores diputados), Señorías, eso no puede seguir ocurriendo, deben poner fin a este culebrón que dura ya muchos años y que tanto daño está causando a la ciudadanía de este país. Sé que es pedirles la luna, pero estarán de acuerdo conmigo en que por este camino no vamos a ninguna parte, o no vamos a ninguna parte como país.
 
¿No podrían hacer el esfuerzo de bajar el tono? ¿Sería mucho pedirles que en cada intervención de unos y de otros no proliferaran los gritos y los insultos? ¿Sería mucho sacrificio para ustedes comportarse como personas sensatas y educadas? ¿Sería un excesivo esfuerzo respetar la intervención del otro para dejarle hablar? Recuerden que, según expresión popular, ustedes son los Padres de la Patria. Son lo más sobresaliente de la sociedad. Son los que nos representan. Algún ejemplo deberían dar, digo yo.
 
Sí, ya sé. Están haciendo teatro, pero ¿podrían, por favor, dejar de sobreactuar? Es que la obra pierde mucho y el público se aburre y echa de menos la naturalidad, el sosiego, la calma. Además, hay una parte del público que se cree todo lo que dicen ustedes y luego trata de imitarlos en plena calle gritando e insultándose en serio, haciendo que, en ocasiones, el ambiente sea irrespirable. Como unos y otros tienen sus actores y actrices preferidos imagínense el espectáculo callejero. Tal es así que incluso en las reuniones de amigos a las que somos muy aficionados está llegando esta influencia negativa por culpa de sus bochornosas actuaciones. Yo creo que es para pensárselo, porque va en detrimento de ustedes y puede ocurrir que la gente termine odiando el espectáculo teatral al que se les tiene acostumbrado hace ya más de cuarenta año. ¿No se dan cuenta de que sus actuaciones están haciendo un daño irreparable a la sociedad?
 
Me gustaría que se tomaran un día libre y salieran a la calle para que comprobaran el espectáculo que, por culpa de sus actuaciones, se está produciendo. Y es que la gente está confundiendo teatro con realidad. Cierta clase de público que ve sus actuaciones, después se comporta como lo hacíamos los niños hace sesenta o más años, cuando, después de haber visto una película de indios y vaqueros o cualquier otra de acción, salíamos del cine y nos poníamos a jugar, a representar lo que habíamos visto, a imitar a los protagonistas. Y nos peleábamos para conseguir los papeles principales. A unos les tocaba hacer de buenos, honestos y justicieros. Otros, los de siempre, hacían de malos. Tanto los unos como los otros terminábamos sobreactuando, como hacen ustedes. Y el campo de batalla se convertía en un paisaje desolador. 
 
Esperaba (llámenme ingenuo si les parece) mucho más de ustedes. Esperaba lealtad, respeto, tolerancia. Esperaba debates apasionados, pero al mismo tiempo sosegados, defendiendo cada cual su idea de país sin que el contrario se echara las manos a la cabeza o, peor, le insultara por expresar sus ideas en libertad. Esperaba que fueran ejemplo de casi todo, el espejo en donde nos pudiéramos mirar los demás. ¿Tan difícil se les hace, por ejemplo, escucharse con atención sin ser continuamente interrumpidos con una salvajada salida de ciertos voceros, de esos “hooligans” que nada tienen que ver con la idea de lo que debería ser la figura de un diputado?
 
Se los digo en serio. Ustedes están contribuyendo con sus actuaciones a crear un mal ambiente social. Están traspasando la frontera de todo lo permitido. A veces pienso que no son conscientes del papel que juegan en esta sociedad que tanto trabajo y esfuerzo ha costado levantar. Están tan enfrascados en sus enfrentamientos diarios que son incapaces de ver más allá. 
 
Les pasa como a ciertas cadenas de televisión, que en lo único que piensa es en la audiencia, sin importarles el contenido, que emiten programas basura encaminados al consumo puro y duro. Lo que realmente les interesa es que se dispare el número de consumidores. Ustedes tratan con sus actuaciones televisadas de conseguir un puñado de votos que les siga manteniendo en el poder al menos otros cuatro años. No les importa el paisaje de “tierra quemada” que van dejando atrás. Viven con tanta intensidad el presente que les importa un comino lo que nos depare el futuro.
 
Señorías: ¿Les parece mucho lo que les estoy pidiendo? ¿Realmente creen que es inalcanzable? Pues sepan que estas cosas que he tratado de exponer aquí las piensa mucha gente en este país. Seguramente expresadas mucho mejor, sin duda, o de otra manera. Pero todas esas personas lo único que queremos es vivir en una sociedad más tolerante, donde el bien común esté siempre por encima del bien particular o del bien partidista, donde podamos decirnos las cosas a la cara con total tranquilidad y transparencia sin tener que recurrir  a la violencia. Queremos vivir en paz. Y queremos seguir viviendo en democracia, a pesar de que hay muchas cosas que no nos gustan, pero que seguimos confiando en una sociedad libre y participativa. 
 
Me gustaría que pudiéramos seguir cultivando la amistad sin tener que ponernos tensos y nerviosos cuando nos citamos los amigos, sin tener que prohibirnos los temas a tratar, sin tener que decirnos al principio del encuentro que está prohibido hablar de política y de religión. Estoy harto de que nos autocensuremos, estoy cansado de esta polarización a la que nos está llevando, no solo la política nacional sino la internacional. Estoy harto de hablar todo el tiempo de fútbol, de pádel y de ecos de sociedad, de nimiedades y banalidades como temas esenciales en nuestros encuentros. Estoy harto de estar harto.
 
Y es que debemos recobrar la cordura, crear espacios para el diálogo sosegado y sereno en plena libertad. Es esencial para la convivencia, es primordial para seguir construyendo una sociedad en la que quepamos todos, en la que nos respetemos, en la que no seamos apartados o marginados por pensar diferente. Esa sociedad es posible, no pertenece al mundo de los sueños, pero para ello sería esencial que algunas cosas empiecen a cambiar, que todos analicemos nuestras actuaciones y obremos en consecuencia. Es urgente, porque nos estamos jugando el futuro. 
 
De nadie más que de nosotros depende.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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