Salí de mi casa alborozado por llegar antes de que amaneciera al sitio desde donde se ve el barranco de Lairaga en todo su esplendor y en el horizonte la Isleta. Sólo llevaba una mochila y unas pocas pesetas para pasar los días necesarios en la capital, en la casa de unos parientes y desde allí empezar a moverme y buscar la forma de cruzar el Charco, mi gran esperanza y necesaria meta. Era joven, apenas dieciséis años, pero las penurias en esta tierra mía hacían que saliera a buscar mejor porvenir, para mí y para mi familia, atados al yugo del amo de la tierra que trabajamos, sin esperanzas de porvenir y ni siquiera comer bien todos los días.
El día me saludó con sus cálidos rayos por la Cuesta Silva, bajando por el antiguo y estrecho sendero, de apenas el paso de una bestia cargada, que llega a San Felipe más concretamente a la playa Vagabundo. Siguiendo su orilla, por un camino entre pequeños huertos a la derecha y a mi izquierda el mar, hice un alto por la zona del Pagador sentándome en un muro bajo que encerraba un pequeño rebaño de cabras. Saqué de mi zurrón una pella gofio y un trozo de queso y me dispuse a darle buena cuenta cuando el pastor se acercó, un hombre de incierta edad, que me ofreció una escudilla de leche recién ordeñada.
Conversé un buen rato con él, surgiendo en la conversación mi proyecto de salir de la isla en busca de un porvenir mejor. Fue comprensivo conmigo diciendo que si no tuviera familia él también marcharía, pues las cosas en la isla se estaban poniendo muy difíciles para los pobres, con tanto estraperlo que beneficia al rico y la cartilla de racionamiento que apenas da para comer.
Seguí sin descanso por unos caminos y veredas para mí desconocidos, llegando a Arucas, bella ciudad, donde la suerte hizo que me uniera a una pareja de campesinos que llevaban un burro con sus angarillas repletas de hortalizas y unas jaulas en las que encerraban pájaros capirotes. Estaban acostumbrados a desplazarse cada cierto tiempo a la capital, llevando cuánto pudieran vender o cambiar.
Llegamos a las tres de la tarde a la zona de Triana, siguiendo a los campesinos hacia el Puente de Piedra, donde, si tenían suerte, llevarían a cabo su cambalache y yo al barrio de San Cristóbal, casa de mis parientes.
Fui acogido por mi tío, dueño de una barca de grandes dimensiones utilizada en la pesca del litoral, llegando incluso ir más allá, cerca del Moro. Los esforzados rocotes que componían la familia eran mi tío Julián, viudo, y sus dos hijos. Enseguida me sentí arropado por esta buena gente que me ofrecieron un catre en un rincón de su casa.
Por las tardes, después de la faena de pesca, me reunía con mis primos, jóvenes como yo, junto con otros no tan jóvenes y la conversación siempre giraba en torno a la idea de salir de la isla, pese a los riesgos que eso implicaba, teniendo siempre como meta la búsqueda de una vida mejor. Mi tío, socarrón, fumando su pipa, intervenía diciendo: si eres listo no hace falta salir de tu tierra.
Fue aquella noche 23 de octubre de 1944, cuando me despertaron dándome prisa en vestirme y salir a la marea, donde esperaba la falúa de mi tío. No cabía en mí de gozo. ¡Al fin íbamos a cruzar el mar! ¡Cuba La Bella me esperaba!
En oscuridad y en silencio se desplazaba la barca por la ensenada, llevando a bordo cestas y paquetes que supuse eran los víveres para la larga travesía y, pese a la negrura vislumbré las siluetas de otras barcas que iban en la misma dirección. Para mi sorpresa y desconcierto la barca se arrimó a un gran barco americano y en una mezcla de español e inglés incomprensible para mí, pronto empezó la tarea de tratar con los marineros de la misma: ¡mis parientes se dedicaban al cambullón!
Nunca crucé el Charco, me hice cambullonero… y no me fue mal.
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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