
La lluvia empezó sin avisar, como casi todo lo importante.
Pero yo no corrí. Me quedé quieta y dejé que me mojara.
Mientras otros corrían a esconderse, yo levanté la cara y entendí algo simple: no debemos estar siempre protegiéndonos. A veces es mejor, y más necesario, permitir que el agua caiga, nos limpie y se lleve lo que ya pesa demasiado.
Cuando paró de llover, no era el cielo el que estaba despejado.
Era yo.
Olga Valiente




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.50