La lengua española y ciertas “flaquezas” humanas

Nicolás Guerra Aguiar

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Dentro de los imprescindibles principios éticos rectores de la actividad humana, estimado lector, uno de ellos sufre diarios atentados por parte de quienes recurren a bulos, mentiras o engaños con tal de alcanzar sus pretensiones de poder o, simplemente, jeringar al prójimo, tan sanaca él.

 

No es necesario citar nombres, apellidos o titulares así de miserables: muchos de ellos son conocidos y haylos en aceleradas correntías. Sí, muy arraigado está en el ser humano este vil recurso a falsas noticias que afectan a integridades e incluso tumban decencias y rectitudes de quienes se comportan como honrados. Tanto que, incluso, tal innoble conducta viene recogida por el refranero popular: “Entre el honor ajeno y el dinero, lo segundo es lo primero”.

 

Sucede, por ejemplo, cuando la Justicia cita a alguien para diligencias: el simple trámite lleva a muchos “doctores en leyes” a dictar sentencia condenatoria. Y en otras ocasiones se presentan denuncias sin fundamento alguno. Valga un solo caso (‘El País’, titular y subtítulo, abril/25): “El Supremo entierra una denuncia conspiranoica contra el Gobierno amplificada por el PP”; “El Senado, controlado por los populares, remitió estas acusaciones al alto tribunal, que las considera infundadas”.

 

Tales inculpación y amplificación resultaron ser flagrantes agresiones al Estado de derecho donde prima una máxima: cualquier detenido o acusado es inocente hasta que se demuestre su culpabilidad. Así dictan la Constitución Española (artículo 24), la Declaración Universal de los Derechos Humanos (11.1) y la Constitución Europea, Título VI. (Desde tiempos atrás, sin embargo, se aceleran las denuncias cuya fiabilidad no solo está apoyada en recortes de periódicos: carecen del más elemental principio jurídico, derecho a la libre opinión...)

 

Sentada, pues, esta sentencia definidora para culturas civilizadas y respetuosas con la dignidad e inviolables derechos humanos, paso al protagonista de este artículo: el amplio y remoto campo léxico acumulado por nuestra lengua ante variados comportamientos delictivos.

 

Recordemos que el milenario castellano se inició por tierras riojano-burgalesas y registra sus hipotéticas primeras palabras (léxico popular) en las Glosas Emilianenses (monasterios de Yuso y Suso), donde los monjes las reprodujeron “en román paladino”, al decir de Berceo. Sumemos las Silenses (monasterio de Santo Domingo de Silos). No tratan estas anotaciones marginales en documentos latinos sobre discursos. Muy al contrario, su misión es aclarar o “traducir” a la futura (pero incipiente) lengua castellana palabras escritas que el lector desconoce: los especialistas hablan de ella como “romance ibérico”.

 

Pero como el latín del cual derivan las lenguas románicas o romances aportó al español casi el sesenta por ciento de su vocabulario -incluido, por supuesto, mucho relacionado con la cosa judicial-, su influencia es muy importante en el mundo de las leyes, el derecho. (Recuerdo que en mi etapa lagunera una de las asignaturas obligatorias en el primer curso de las hoy llamadas Ciencias Jurídicas era, precisamente, el Derecho Romano, impartida por el sabio doctor Miquel, Juan.)

 

El español goza hoy de una riqueza envidiable en lo que se refiere a vocabulario (desde varios siglos anteriores) relacionado con supuestos delitos a causa de “flaquezas” humanas. Así, decimos que alguien ha sido sobornado (corrompido, untado…) si recibió dinero o regalos para que otro consiga de él algo no siempre legal. Pero si el soborno se realiza con un servidor público la lengua tiene otro término, cohecho…). Y en caso de necesidad podría ser sustituido por corrupción... Esta palabra comparte raíz con corruptela (tan denunciada por el “Viejo Profesor” Tierno Galván), es decir, malas costumbres o abusos, especialmente los introducidos contra la ley.

 

Si se pretende la directa sugerencia de que las cosas no se están haciendo como Dios manda y hay sospecha sobre cierta irregularidad en los funcionamientos podemos elegir entre hedor, descomposición, mal olor, e incluso putrefacción, gangrena. Aunque el pueblo, en su sabiduría, es más creador de locuciones quizás menos elegantes pero sí más directas y contundentes: tapar la boca, untar el carro, comprar voluntades... Podríamos añadir otras: maquinación para alterar los precios, tráfico de influencias, falsificación de documentos públicos

 

Así tendríamos un espacioso catálogo de flaquezas humanas nada recomendables: pueden conducir, inexorablemente, a despachos judiciales o a centros de retenciones provisionales -las antiguas cárceles-, llamadas también prisiones, presidios, penitenciarías, penales, correccionales, chironas (voz documentada ya desde 1799), trenas, trullos, jaulas, gayolas, buchacas, tambos, guandocas, capachas, chiris, chinchas, chirondas, talego, churra... (¿Tal impresionante riqueza léxica desde siglos atrás haría sospechar de nuestros antepasados? ¡Menuda tradición, cuánta riqueza!)

 

Por lo que se refiere no ya a las acciones sino a los sujetos de las mismas, también posee la lengua un surtido muestrario de términos que van desde delincuente a malhechor, reo. Y aunque el segundo se refiere a quienes se oponen al buen orden de la sociedad, no es extraño que se identifique con el primero, delincuente (quien comete delitos). Así, transgresor, infractor, criminal, agresor, ladrón, bandido, forajido, antisocial, preso, recluso, lunfardo, lunfa, malandro (¡de 1634!), malero... (¿No le parece, estimado lector, que tan pródigo terreno lingüístico no traduce, precisamente, una España relajada, respetuosa, civilizada..., sino más bien absolutamente lo contrario?)

 

Todas las aquí apuntadas, no obstante, pueden aparecer como sinónimas o afines en sus respectivos campos: no perdamos de vista que no siempre hay coincidencias absolutas. Sin embargo, para una primera aproximación lingüística podemos dejar de lado las matizaciones y aceptarlas como idénticas pues ahora, en este momento, lo importante es destacar la extraordinaria variedad registrada por el Diccionario RAE en aspectos relacionados con el ámbito de los imprudentes desvíos a causa del poderoso caballero, don Dinero, que así llamó el poeta del siglo XVII.

 

Y en lo literario, nuestro paisano. Víctor, personaje galdosiano de Miau, dice:

 

“¿No hemos de ponernos a cubierto de la ingratitud del Estado agradeciéndonos a nosotros mismos nuestros leales servicios? La recompensa es el principio de la moralidad [...] Yo doy al Estado con una mano seis millones y alargo la otra para que me suelten mi comisión. Pero Estado, ¿qué querías? ¿Mamarte los millones y después dejarme? [...] Pero te juro que, por listo que tú seas, más lo soy yo. Vamos de pillo a pillo. Y tú, contribuyente, ¿por qué me pones ese hocico? ¿No ves que te defiendo? Pero para que tú respires es preciso que respire yo también”.

 

Por más que lo parezca, Pérez Galdós no habla de hoy, sino de la España que le tocó vivir (1843-1920). Y la novela picaresca española, desde Lazarillo de Tormes, Guzmán de Alfarache... (siglo XVI), identifica al pícaro (normalmente sin moral o decencia) con la delincuencia. Y según la crítica, es novela realista. Así, ¿se justifica el espacioso campo semántico relacionado con transgresiones?

 

Nicolás Guerra Aguiar

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