Árboles

Javier Estévez

[Img #35753]Hay edades que uno cruza como quien atraviesa un umbral del que no se vuelve. Mi amigo me llama y dice: ayer superé la edad que tenía mi padre cuando murió. Lo dice así, de golpe, como si revelarlo fuera una forma de quitarle peso. Yo me sorprendo. Le cuento que ayer, sin saber nada de su efeméride, planté un barbusano. No digo que fue casual. Tampoco que fue un ritual. Fue algo más silencioso que eso: una necesidad sin nombre, un gesto que el cuerpo hizo antes que la conciencia. Plantar árboles no es devolver nada: es reconocer que la tierra sigue y nosotros somos apenas un parpadeo en su calendario.

 

Hoy me escribe otra vez. Dice que tenemos que plantar un árbol juntos. Ha vuelto a leer Días de paso y quiere hacer lo que hacen los protagonistas de la novela: plantar un drago. Un árbol hermoso, de crecimiento tan lento que podría ser una metáfora de la amistad, aunque no lo dice. No hace falta.

 

Me pregunta dónde. Le respondo que seguro encontramos el lugar. Pero ya sé cuál es. Un rincón que yo había guardado para otra cosa: para el día en el que superara los cuarenta y cuatro años y trescientos cincuenta y seis días que vivió mi madre. Está junto a un viejo alpendre, visible desde la carretera pero solitario, siempre bañado por la última luz de la tarde. Ese espacio que había reservado para mi propia supervivencia ahora será testigo de algo más: de nuestra amistad, de ese Rubicón que los dos cruzamos, de seguir viviendo donde otros no pudieron.

 

Hace años conocí a un hombre que estaba plantando setenta y siete árboles. Uno por cada año que vivió su hermano. Cuando terminara, dijo, plantaría otros tantos por un amigo recién fallecido. Setenta y siete actos que no necesitan explicación. Setenta y siete formas de decir: estuviste aquí, importaste, algo crece después de ti.

 

Leo que quien planta un árbol está del lado de la eternidad. Es un acto tan poco egoísta que casi no se entiende. Plantas sabiendo que no verás su plenitud, que regalas sombra a gente que aún no ha nacido. Un árbol no devuelve nada inmediato. No aplaude ni agradece. Solo crece, si tiene suerte. Si llueve. Si la tierra es buena. Es puro acto de fe, como casi todo lo que vale la pena.

 

La gente pasará por esa carretera y verá el drago sin entender nada. Sin saber las edades que superamos, los padres que perdimos, la amistad que celebramos. Pero ahí estará. Creciendo despacio bajo el sol de la tarde. Visible y solitario. Como esta vida que ganamos día a día desde que cruzamos esas fechas marcadas a fuego. La belleza, muchas veces, reside en esos actos silenciosos que honran lo humano sin aspavientos: plantar un árbol es decir aquí estuve, aquí amé, algo sigue después de mí.

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