
Tu hijo está intentando construir una torre de bloques. Al llegar al quinto piso, la estructura se tambalea y cae. En un segundo, la habitación se llena de gritos, el niño lanza una pieza contra la pared y se desploma en el suelo como si el mundo se hubiera acabado.
Ahí es donde solemos aparecer nosotros (con nuestra mejor intención): “Venga, yo te ayudo”, “Déjalo, es difícil” o “No pasa nada, hacemos otra cosa”.
Queremos restaurar la paz. La intención es buena pero la estrategia no lo es tanto. Porque ese pequeño momento de crisis es, en realidad, una de las oportunidades educativas más valiosas que tendrás hoy.
El error del "Padre/madre Quitanieves"
El "padre quitanieves" es aquel que va por delante de su hijo despejando cualquier obstáculo, conflicto o decepción antes de que el niño llegue a ellos. Lo hacemos por amor, pero el resultado es contraproducente.
Si nunca experimenta el "no", el error o la espera, llegará a la vida adulta sin herramientas para gestionar los reveses inevitables del mundo.
Y es que la tolerancia a la frustración no es algo con lo que se nace; es una habilidad que se entrena. Y no se puede entrenar evitándola, sino atravesándola.
Cuando apagamos sistemáticamente su malestar, el mensaje implícito que recibe el cerebro del niño es:“Esto es demasiado para ti. No puedes solo.”
Y eso no fortalece. Debilita.
La frustración como aprendizaje sináptico
Desde el punto de vista neurológico, la frustración es una señal de que el cerebro está enfrentándose a un límite. Cuando un niño siente esa tensión y, en lugar de abandonar, busca una solución alternativa, está creando nuevas conexiones neuronales.
En este ciclo, el paso del "error" a la "superación" requiere transitar por la incomodidad.
El cerebro infantil se desarrolla y se entrena a través de la experiencia.
Cada vez que un niño se enfrenta a una dificultad, se activan redes neuronales relacionadas con la resolución de problemas, la regulación emocional, la persistencia y la flexibilidad cognitiva.
Si intervenimos demasiado pronto, cortamos ese proceso y el niño aprende que solo es capaz de tener éxito si alguien externo le soluciona el problema.
Frases como: “Veo que estás enfadado,”“Esto es difícil,”“Te acompaño, “ no levantan de nuevo la torre, pero sí ayudan el sistema nervioso. Y cuando la emoción baja, el cerebro vuelve a estar disponible para aprender.
Ese es el entrenamiento real de la tolerancia a la frustración.
Estrategias para entrenar la tolerancia
¿Cómo podemos ayudarles sin hacer el trabajo por ellos?
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1. No anticiparte al fallo
Evita frases como “eso es muy difícil para ti”. Deja que lo intente antes de decidir si necesita ayuda.2. Acompaña sin invadir
Estar presente mientras lo vuelve a intentar. Sin más.3. Pon palabras a la emoción, no soluciones
Nombrar lo que siente organiza el cerebro. Resolverle el problema lo desconecta del aprendizaje.4. Dosifica la dificultad
Si la frustración es desbordante, ajusta el reto, pero no lo elimines.5. Confía en su capacidad
Tu mirada es clave. Si tú dudas, él duda. Si tú confías, él lo intenta.6. Validar la emoción, no la conducta: Puedes decir: "Entiendo que estés muy enfadado porque la torre se cayó, es normal sentirse así". Pero ojo: validar la emoción no significa permitir que tire los juguetes. "Estás enfadado, pero no podemos tirar las piezas".
7. Modelar la propia frustración: Los niños nos observan. La próxima vez que se te queme la cena o no encuentres las llaves, no ocultes tu frustración. Di en voz alta: "Estoy muy frustrada porque no encuentro las llaves, voy a respirar hondo y a pensar dónde las vi por última vez". Les estás enseñando un guion de gestión emocional en vivo.
Conclusión: Un cambio de perspectiva
Nuestro objetivo como padres/madres y educadores no debe ser criar niños felices a corto plazo a base de eliminar sus problemas, sino criar adultos capaces de gestionar su propia frustración cuando las cosas no salen como esperaban.
Porque un niño que ha entrenado la tolerancia a la frustración persevera, acepta el error, regula mejor su enfado y no se derrumba ante el primer “no”.
Sin embargo, un niño al que siempre le evitamos el malestar no se vuelve más feliz:
se vuelve más frágil.
Te propongo que la próxima vez que veas a tu hijo luchar con un zapato que no entra o un dibujo que no le sale, respires y pienses “No es un momento de sufrimiento, es un entrenamiento de vida”.
Déjale que lo intente. Déjale que falle. Déjale que entrene.
"No prepares el camino para el niño, prepara al niño para el camino".
Haridian Suárez
Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)































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