Cuando la solidaridad se desborda: la donación de sangre tras las catástrofes
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Las grandes catástrofes sacuden a la sociedad y despiertan una respuesta casi inmediata. Entre el dolor, la conmoción y la incertidumbre, miles de personas buscan la forma de ayudar. Donar sangre se convierte entonces en uno de los gestos solidarios más visibles y masivos.
Cada vez que ocurre una tragedia, los centros de transfusión lo confirman: las donaciones se disparan. Acuden donantes habituales, pero también muchas personas que nunca antes habían dado sangre. El impulso es claro: salvar vidas. La emoción colectiva y el sentimiento de urgencia empujan a actuar sin pensarlo demasiado.
En este sentido, los medios de comunicación y las redes sociales desempeñan un papel clave en la movilización ciudadana. La difusión continua de imágenes, testimonios y llamamientos a la solidaridad fomenta la participación social.
Esta reacción social, intensa y generosa, tiene un valor incuestionable. Sin embargo, no siempre coincide con las necesidades reales del sistema sanitario. La solidaridad llega de golpe, concentrada en pocos días, mientras que la demanda médica suele extenderse durante semanas.
Tras los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, la respuesta ciudadana fue inmediata. En las horas y días posteriores, miles de personas formaron largas colas frente a hospitales, centros de transfusión y unidades móviles. Las cifras de donación alcanzaron niveles muy por encima de lo habitual en un periodo de tiempo récord.
Gracias a esta movilización, los servicios sanitarios pudieron cubrir rápidamente las necesidades urgentes de los heridos. El suministro de sangre quedó garantizado y no fue necesario imponer restricciones. La respuesta fue calificada como ejemplar.
Pero, una vez pasada la emergencia, llegó la pregunta inevitable: ¿qué ocurrió con toda esa sangre donada? La realidad es que no toda se utilizó para las víctimas directas del atentado. El número de heridos que necesitaron transfusiones fue menor que el volumen de donaciones recibidas. Parte de esa sangre sirvió para reforzar las reservas estratégicas y para atender intervenciones quirúrgicas y tratamientos habituales en los días y semanas posteriores.
Ante el riesgo de acumulación y caducidad, las autoridades sanitarias pidieron a la población espaciar las donaciones, recordando que la sangre es un recurso perecedero que no puede almacenarse indefinidamente.
Escenas similares se han vivido en otras catástrofes. Tras el accidente ferroviario de Adamuz, el Centro de Transfusión de Sevilla volvió a lanzar un llamamiento urgente. La respuesta fue tan masiva que hubo que habilitar espacios adicionales para atender a todos los donantes. En pocas horas, las reservas quedaron aseguradas y, de nuevo, se recomendó repartir las donaciones a lo largo de la semana para garantizar el suministro futuro.
Los centros de transfusión, que trabajan en Andalucía en red, lograron gestionar la emergencia gracias a la rápida reacción ciudadana. Pero el patrón volvió a repetirse: mucha sangre al principio, menos donantes cuando la atención mediática disminuye.
Con el paso de los días, la ola de solidaridad pierde fuerza. El interés social desciende, las colas desaparecen y solo una parte de quienes donaron por primera vez repite la experiencia. En el caso del 11-M, tras el pico extraordinario de marzo, las donaciones bajaron progresivamente y, en los meses siguientes, regresaron a niveles similares a los de años anteriores.
Los especialistas lo resumen así: la sociedad responde con fuerza ante la emergencia, pero cuesta mantener ese compromiso en el tiempo. Y, sin embargo, la necesidad de sangre no desaparece cuando se apagan los focos, se necesita los 365 días del año.
Las tragedias muestran lo mejor de la sociedad: una capacidad de movilización rápida, masiva y solidaria. Pero también dejan una enseñanza clara. Donar sangre es un acto imprescindible no solo en los momentos de crisis, sino cada día.
La solidaridad que desborda hospitales tras una catástrofe resulta vital, pero lo es aún más la donación regular, planificada y constante, la que garantiza que la sangre esté disponible cuando ya no hay titulares ni cámaras, pero sí pacientes que la necesitan.
Francisco Javier Rodríguez Sosa
Director general de Hemodonación y Hemoterapia del Servicio Canario de la Salud




























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