Mirar dentro de nosotros

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]En este diálogo tranquilo y sereno que trato de mantener con ustedes, no pretendo otra cosa que reflexionar juntos sobre determinados asuntos que nos ocupan y preocupan. A veces versan sobre acontecimientos nacionales. Otras, sobre la actualidad internacional. En muchas ocasiones, sobre libros y escritores.
 
Hoy pretendo hablar de algo que no siempre es fácil, porque estamos tan pendientes de observar a los otros, ocurren tantas cosas a nuestro alrededor, estamos tan distraídos que no encontramos tiempo para analizar los estados de ánimo que condicionan nuestros comportamientos diarios. 
 
Cuando conseguimos volcar la mirada sobre nosotros, descubrimos personalidades tan ajenas que no nos reconocemos en ellas. Sin que te lo digan los más cercanos, descubres a alguien que un día fuiste y te llenas de angustia preguntándote cómo es posible que este seas tú, cómo es que aún no te queda otro remedio que reconocerte en aquel del que te habías alejado definitivamente, porque no era el que anhelabas ser. 
 
Cuando caes en la cuenta, con gesto de rabia y frustración tratas de quitártelo de encima, de ignorarlo, de enterrarlo para siempre, pero él vuelve, no te abandona nunca.  Es cierto que esto pasa cada vez con menos frecuencia, pero cuando lo hace te desestabiliza, te come la moral, te angustia porque no hay manera de que lo hagas desaparecer definitivamente.
 
Te da la impresión de que, a pesar de los muchos años que tienes, no has crecido, no has evolucionado, sigues siendo en el fondo aquel muchacho que fuiste. Aquel proyecto de hombre construido a trancas y barrancas que nunca terminó de gustarte, porque siempre echabas de menos algo que no lograbas atrapar, pues siempre se te resbalaba de las manos. 
 
Y cuando te das cuenta de que aún te cuesta reconocer los errores, de dar el brazo a torcer, de entonar el mea culpa, de decir lo siento, me equivoqué, no volverá a pasar, aunque seas consciente de que volverá a suceder, te enfadas contigo mismo al saberte incapaz de enterrar a ese otro yo. Y es que somos,  actuamos y nos comportamos en algunas ocasiones, más de la cuenta diría yo, como verdaderos energúmenos.
 
Y te da por pensar que eres como un edificio que se fue levantando poco a poco, con mucho esfuerzo y pocos medios, con materiales de poca calidad que lograste poner en pie y te fuiste a vivir dentro. Que aguantaste la primavera y el verano, pero que al llegar el invierno comenzaste a pasar frío porque los materiales que colocaste con tanto esfuerzo no resistieron los embates de las primeras tormentas.
 
Y llegó la lluvia y tuviste que soportar las goteras que cada invierno se abrían paso como un constante y paciente ejército que ha descubierto el modo de penetrar sigilosamente en la fortaleza que tú creías inexpugnable. Y consigue desarmarte hasta que ya no serás capaz de hacerle frente porque en cada acometida te ha ido debilitando, ha ido erosionando tus cimientos poco a poco. Y tu casa, aunque nadie repara en ella, parece ahora una ruina, pero no tienes ganas, o no te ves con las fuerzas suficientes para adecentarla.
 
Cuando llega el buen tiempo, porque también gozas de épocas de muy buen tiempo en tu vida, te dedicas a reparar las goteras, a impermeabilizar las zonas más deterioradas, aunque el agua siempre terminará por filtrarse. Tal vez aguante otro invierno, pero en el siguiente año encuentra un resquicio por el que colarse. Y te cansas porque te vas haciendo mayor y ya no cuentas con las mismas energías que antaño para recuperar la decrepitud del edificio.
 
Pero, a pesar de ello, tampoco lo quieres abandonar, porque le tienes cariño, has vivido en su interior tus mejores años. Has tenido experiencias únicas, inolvidables, te gusta el edificio a pesar de todos sus defectos y no te importaría que un día este se derrumbara y te sorprendiera debajo, que no te diera tiempo a salir o que no tuvieras ganas de salir corriendo porque te plantearás que para qué, para ir a dónde. 
 
Renunciarás a ponerte a salvo porque tú eres ese edificio que se ha venido abajo por estar tan deteriorado y tan desatendido.
 
Cuando las máquinas comiencen a retirar los escombros dejarán un solar vacío y habrá desaparecido todo vestigio de ti. No quedará nada de lo que fuiste. Tal vez alguien, de vez en cuando, les hablará a tus nietos del abuelo. Tal vez estos lo escucharán distraídos y seguirán  jugando como si tal cosa.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.6

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.