
Me enamoré de la Luna antes incluso de entender qué era el amor.
No de su luz —eso vino después—, sino de su constancia. De esa manera tan especial de irse sin llegar a desaparecer del todo. De su costumbre de cambiar sin dejar de ser ella.
Mientras otros se enamoraban de personas, yo me pasaba los días mirando hacia arriba.
Aprendí pronto que había noches en las que la Luna no se veía, pero allí seguía, como las personas que se aman en silencio, como yo misma, cuando fingía estar bien delante de los demás.
Las estrellas llegaron después. Una a una. Me hablaron en un idioma antiguo que no se aprende en libros: intuición, ciclos, memoria. Me enseñaron que no todo es inmediato, que hay procesos que duran vidas enteras, que algunas almas no se reconocen en una sola existencia y que otras, sin embargo, se sienten aún a kilómetros de distancia.
En mi casa dicen que soy demasiado sensible y la verdad es que tienen razón. Lo soy. Nací con el corazón mirando al cielo y el alma atada a su lugar de procedencia.
Pero lo que ocurre es que, en el fondo, sé que mi verdadero amor no es la Luna, sino lo que ella representa: la promesa de que todo vuelve, de que incluso lo que se pierde encuentra otra forma de mostrarse, otro momento, otro cuerpo…
He amado demasiado a personas con eclipses en la mirada y soles demasiado lejanos; personas que llegaron cuando los planetas estaban alineados y se fueron cuando dejaron de estarlo y dejándome puro caos… y no los culpo. Cada uno cumplió su objetivo, cumplió su tránsito. Y yo… también lo hago.
Cuando duele, busco mi carta astral como quien abre una vieja carta de amor escrita por el universo y miro cuáles son mis heridas, mis talentos, mis karmas pendientes y entonces entiendo quién soy y que no soy errática, sino cíclica. Como ella.
Hay noches en las que me siento incomprendida, incluso sola. Entonces salgo al balcón, dejo que la Luna me mire sin juzgar y le hablo.
—Hoy me cuesta —le digo.
Ella no responde con palabras, pero se queda. Y eso basta. Porque amar a la Luna no es esperar a que baje, es aprender a brillar como ella. Y amar a las estrellas no es creer que deciden por ti, sino que te acompañan mientras tomas decisiones.
Sé que algún día amaré a alguien que entienda mis mareas, que no me pida ser llena cuando estoy menguante y que no huya cuando me oscurezco. Hasta entonces, seguiré aquí: enamorada del cielo, fiel a mis ciclos y con el alma escrita en las estrellas.
Olga Valiente





























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