Microrrelatos. Manuel y su guitarra

La música, los bailes populares y un amor imposible marcan la vida de Manuel en los pueblos del interior.

Juana Moreno Molina Lunes, 19 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:
Ilustración de Juana Moreno MolinaIlustración de Juana Moreno Molina

Manuel era un miembro de los tocadores que cada sábado amenizaba los bailes en locales habilitados. Tocaba la guitarra desde que era chiquito y se incorporó al conjunto de la bandurria y el timple cuando tendría 20 años. Este conjunto de tocadores era muy solicitado en aquellos tiempos que no había tocadiscos ni gramófonos. En los pueblos de los campos y más concretamente en las cálidas cuevas, amenizaba tanto un baile de parida, como una boda. Eran los llamados Bailes de Taifas. 
 
Los tres tocadores eran: Teodoro, con la bandurria, taxista de profesión, un hombre de pocas palabras; Luís María, agricultor, al timple con su alegre entusiasmo, y por último el joven Manuel, panadero, que hacía virguerías con la guitarra a la vez que cantaba con su bonita voz de tenor. A veces acompañaba al grupo con el pandero, un viejito, padre de Luis María. El repertorio de estos tocadores era muy variado: boleros, pasodobles, habaneras y nunca faltaban los aires de la tierra. Ellos se trasladaban de un sitio a otro en el taxi de Teodoro cuando los solicitaban: un viejo Ford de ventanas enceradas que sobrevivía de milagro. Le llamaban el fotingo de Teodorito. 
 
Un día, Manuel se desplazó con su grupo a tocar a un pueblo del interior y paseando por el mismo descubrió a una linda muchacha en una ventana. Sus ojos se encontraron, quedando prendado de ella, impresionado por la blanca belleza de su rostro, en el que destacaban unos ojos negros muy tristes. 
 
Por su cuenta volvía los martes, una y otra vez a ese pueblo montado en la yegua, con su guitarra a la espalda. Ya entrada la tardecita paraba cerca de la ventana de su pretendida y comenzaba a rasguear su guitarra dedicándole canciones de enamorado, canciones que, al parecer, a ella agradaba, pues pronto se abría su ventana y aparecía en el marco su rostro reflejando ilusión y desapareciendo por momentos el halo de tristeza que siempre le acompañaba. Nunca cruzaron palabra y Manuel se la ingenió para descubrir que se llamaba Margarita. 
 
Después de madurar bien sus intenciones, un día se decidió a llegar hasta aquel pueblecito y presentarse a los padres de la muchacha con la esperanza de lograr su permiso para cortejarla. Dicho y hecho: aquel martes marchó con su guitarra a lomos de su cabalgadura, lleno de ilusión, llegó a la casa de su amada, observando con extrañeza la ventana cerrada. Con valentía y decisión tocó a la puerta y le abrió una mujer enlutada que lo miró con tristeza y le dijo: Hace tres días que la enterramos. Mi pobre niña padecía del mal del pecho. 
 
Esa noche Manuel se emborrachó y, entre lágrimas de dolor, hizo trizas la guitarra.
 
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina 
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