LA BRISA DE LA BAHÍA (266). Retablo ibérico, de Manuel Vicent

Manuel Vicent retrata con maestría una España marcada por la corrupción y los ecos de un pasado que aún resuena en el presente.

Juan Ferrera Gil Lunes, 19 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

Recientemente he leído de Manuel Vicent, Retablo ibérico, Alfaguara, Barcelona, 2025, trilogía que abarca las novelas ya publicadas en su momento Aguirre, el magnífico; El azar de la mujer rubia y Desfile de ciervos, en las que retrata el autor a toda una sociedad española que, a estas alturas de la película, resulta trasnochada y perdida en su mundo.

 

Este Retablo ibérico es una auténtica fotografía de aquellos años en los que con una prosa exquisita y perfectamente hilvanada dibuja Manuel Vicent de manera eficaz. No cabe duda de que nuestro querido escritor valenciano nunca defrauda ni deteriora su imagen de buen y excelente jugador con las palabras. Con unos términos escogidos según los casos realiza el autor todo un panorama de una España felizmente superada y que podríamos denominar rancia, como auténtico y fiel reflejo de charanga y pandereta. Aquellos comportamientos, llenos de engaños y mentiras, han traído estos lodos de ahora, donde las grandes siglas de los partidos se distribuyen el poder: a ratos tú, a ratos yo; como si estuviéramos en aquel tiempo que afortunadamente se ha quedado atrás. Ya para siempre. Hablamos del tiempo de treinta o cuarenta años atrás. Y eso no solo está bien, sino que se corresponde con el tiempo novelesco, tan arbitrario y caprichoso. Queremos decir que solo una voz del extrarradio se atreve a considerar ese mundo de corruptelas varias: políticos, curas pederastas, familias reales, asesinos mafiosos, agentes inmobiliarios surgidos al socaire de las grandes grúas de construcción…

 

Todo se distribuye en su justa medida, pues no en vano este escritor deja huellas imborrables de un tiempo de la historia de este país, donde casi todo hoy resulta no solo la repetición de una película mil veces vista, sino que, al mismo tiempo, saca a relucir unos comportamientos impropios de gentes variopintas. De todo hay. Para repartir y dar. Sus más de seiscientas páginas no pesan en la lectura: de lo que se infiere la maestría del escritor, donde la luz del Mediterráneo se dibuja siempre. Es algo que no sabríamos explicar. Es tal el amplio panorama descrito que no solo deja títere con cabeza, sino que sabe tratar y distribuir las historias contadas como reflejos rancios de una época, donde una manera de ser y actuar estaba consolidada. No sé si hoy en día es consecuencia de lo anterior, pero creemos que un poquito sí. No sabemos si la Historia se repite, pero sí que la corrupción siempre está presente: los dineros públicos siempre resultan apetecibles.

 

Lo cierto es que el repaso por la Historia más reciente que nos ha dado Manuel Vicent en estas novelas siempre viene bien, sobre todo, para saber que todo tiempo anterior se vivió más en “blanco y negro” que en “color”. Y eso es una visión que los escritores siempre llevan dentro. Y está bien, muy bien, el haber recuperado una lectura que consideramos casi casi imprescindible.

 

Al final viene a resultar que el aliento es el mismo. Solo hay que descubrirlo. Que no es poco.

 

Juan FERRERA GIL

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