Rojo con ojos en la hora bruja

Quico Espino

Foto: Quico EspinoFoto: Quico Espino

A esa hora de la tarde que ni es de día ni de noche, la hora bruja del cuatro de enero del recién nacido 2026, estaba leyendo apaciblemente, metido de lleno en la lectura: una novela de José Antonio Lucero, titulada “El alumno”, en la que el maestro enseña a los alumnos el calambur (juego de palabras que utilizó Francisco de Quevedo para decirle coja a la reina Isabel de Borbón, esposa de Felipe IV, cosa que a ella no le gustaba nada que le recordaran: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja”), cuando, de pronto, me hizo brincar el “tin” del whatsapp y, como tenía el móvil al lado, miré a ver de qué se trataba: dos imágenes extraordinarias del ocaso, que me dejaron asombrado, enviadas por mis amigas Milagros y Mary Carmen, aparecieron en la pantalla:

 

[Img #35780]

[Img #35779]

 

-Seguro que estás leyendo, pero asómate a la ventana –me dijeron ambas.

 

Me asomé y me quedé pasmado por los colores del cielo. Sobre la marcha cogí el móvil y bajé corriendo por las escaleras que van a dar a la playa para aprovechar lo que quedaba de luz y sacar fotos de lo que me pareció el mejor atardecer de todos los que jamás había visto. Y eso que no estábamos en otoño, que es la estación más propicia para esas puestas de sol, sino  en invierno.

 

Según llegué a la avenida, frente al bar restaurante La Cueva, me quedé mirando para la playa, boquiabierto por el cielo rojo almohadillado que se me ofrecía enfrente mismo, y saqué la primera foto:

 

[Img #35782]

 

Enseguida pensé en escribir un poema en el que realzar y ensalzar un ocaso tan inusitado como espectacular:   

 

¡Qué me gusta un crepúsculo de invierno
que tenga los colores del otoño!,
pues yo lo considero cual retoño
de un cuerpo que es tan grande como eterno.

 

Sus llamas me recuerdan al averno,
y desde que las vi, musité un ¡coño!
Yo soy silvestre como un buen madroño
que vive en una huerta y que aún es tierno.

 

El cielo está encendido de colores.
Se parece a una colcha salpicada
de encarnado, amarillo, gris oscuro, 

el verdor de esos ojos, sus fulgores,

 

[Img #35785]

 

la playa por el cosmos arropada

 

[Img #35783]

 

y el Teide, que prorrumpe erguido y duro.

 

[Img #35784]

 

Me pareció tan magnífico el ocaso que decidí escribir un estrambote para rematar el soneto ya escrito:

 

Quisiera contemplar de mil amores
una puesta de sol tan avivada
para que abra las puertas del futuro.

 

Texto: Quico Espino

Fotos: Milagros García Guillén, Mary Carmen Saavedra Pérez y Quico Espino

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