El Papa viene; la migración se queda
La anunciada visita del Papa a Canarias es, sin duda, un acontecimiento de gran relevancia simbólica. Conviene recordar, ante todo, que esta venida es fruto directo del impulso personal del Papa Francisco, un pontífice que ha situado la defensa de las personas migrantes en el centro de su magisterio. No es casual: el propio Evangelio es explícito cuando afirma «fui forastero y me acogisteis» (Mateo 25,35). Canarias, hoy frontera sur de Europa, encarna como pocas ese mandato cristiano.
Sin embargo, más allá del gesto, cabe preguntarse con honestidad: ¿qué cambia realmente para la migración en Canarias con esta visita? ¿Resuelve algo? La respuesta, por dura que resulte, es no. La llegada del Papa no modifica las políticas migratorias, no descongestiona los centros de acogida ni garantiza condiciones dignas y estables para quienes arriesgan su vida en el Atlántico. Existe el peligro de que el gesto simbólico sustituya a la acción real, olvidando que «no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y de verdad» (1 Juan 3,18).
Da la sensación, además, de que tanto la Diócesis como buena parte de la clase política están más preocupados por los protocolos y la fotografía con el Papa que por la situación estructural de la migración. Abundan los discursos solemnes y los llamamientos genéricos a la solidaridad, mientras las soluciones siguen sin llegar. El Evangelio advierte claramente contra esta incoherencia: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mateo 15,8).
El contraste resulta aún más hiriente cuando se recuerdan episodios del pasado reciente, como las denuncias que señalaban irregularidades de trabajadores sin residencia ni contrato en dependencias vinculadas al obispado. Más allá del desenlace concreto de esos casos, el simple hecho de que se produjeran debería haber generado una profunda revisión interna. Porque no se puede proclamar la dignidad humana mientras se toleran situaciones que la vulneran. La Escritura es clara: «No explotarás al jornalero pobre y necesitado, sea hermano tuyo o extranjero» (Deuteronomio 24,14).
El Papa Francisco ha insistido una y otra vez en que la migración no se afronta con limosnas ni con gestos puntuales, sino con justicia social, derechos y estructuras que protejan al más débil. No es una idea moderna ni ideológica; es profundamente bíblica: «Aprended a hacer el bien, buscad la justicia, defended al oprimido» (Isaías 1,17). Por eso, utilizar su visita como una coartada moral sin cambios reales supone una grave distorsión del mensaje cristiano.
Canarias no necesita solo actos simbólicos ni visitas ilustres. Necesita recursos suficientes, coordinación entre administraciones, vías legales y seguras para migrar y un compromiso firme con los derechos humanos. Necesita menos solemnidad y más coherencia, recordando que «al que mucho se le dio, mucho se le exigirá» (Lucas 12,48).
Si la venida del Papa sirve para incomodar conciencias, exigir responsabilidades y provocar cambios reales, entonces será fiel al Evangelio que dice representar. Pero si se queda en una postal, en una agenda de actos y fotografías, será una oportunidad perdida más. Y las personas migrantes, cuando se apaguen los focos, seguirán esperando… como tantas veces antes.
Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.





























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