Imperios

Javier Estévez

[Img #35753]Creo que fue Santa Teresa quien aseguró que la imaginación es “la loca de la casa”. Con esa advertencia en mente, resulta tentador imaginar una escena en el verano de 1483, en el Alcázar de Córdoba. Allí podrían haber coincidido Fernando Guanarteme, último rey de Gran Canaria, recientemente bautizado, y Boabdil, sultán de Granada, prisionero tras la batalla de Lucena. Ambos aguardaban audiencia con los Reyes Católicos. Ambos representaban el final de civilizaciones condenadas a desaparecer. Y ambos enfrentaban un dilema recurrente en la historia del poder: rendición, resistencia o aniquilación.

 

No sabemos si ese encuentro ocurrió realmente. Tampoco importa demasiado. Lo relevante es lo que simboliza: la lógica de la expansión imperial, que no desaparece con el paso de los siglos, sino que se transforma y adopta nuevos lenguajes.

 

A finales del siglo XV, la monarquía castellana avanzaba sobre Granada y Canarias en nombre de la fe, la unificación territorial y una misión providencial que pronto se proyectaría hacia América. Cinco siglos después, las justificaciones son distintas, pero ciertas dinámicas persisten. En 2025, el interés estratégico por territorios como Groenlandia o la presión sobre países como Venezuela se articulan en términos de seguridad, economía o “intereses nacionales”. La retórica ha cambiado; los mecanismos de presión —militar, económica o diplomática— no siempre tanto.

 

Fernando Guanarteme optó por negociar. Aceptó el bautismo, cambió su nombre y colaboró con la Corona castellana. Su decisión permitió preservar vidas, pero aceleró la integración forzosa de las islas en un nuevo orden político y cultural. La historiografía sigue debatiendo si fue un traidor o un líder pragmático atrapado en una correlación de fuerzas imposible. La pregunta, lejos de cerrarse, sigue siendo incómoda.

 

Boabdil eligió un camino distinto. Tras aceptar condiciones de vasallaje, continuó resistiendo hasta que la derrota fue definitiva. En 1492 entregó las llaves de Granada y partió al exilio. Su figura ha oscilado entre la del gobernante débil y la del héroe trágico, aunque hoy sabemos que su margen de maniobra estuvo condicionado por profundas divisiones internas en el reino nazarí.

 

Salvando las distancias históricas, algunos dilemas reaparecen. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha tenido que responder a presiones sobre Groenlandia procedentes de un aliado formal. Venezuela, sometida a sanciones y amenazas externas, enfrenta un escenario en el que cada decisión —resistir, negociar o ceder— implica costes políticos internos y externos. No se trata de equiparar contextos, sino de observar cómo el desequilibrio de poder vuelve a colocar a determinados actores ante elecciones sin salida limpia.

 

La paradoja es evidente: en nombre del progreso y la legítima defensa, las democracias contemporáneas recurren a estrategias que recuerdan a prácticas imperiales que dicen haber superado. El colonialismo ya no se presenta como misión divina, sino como necesidad geopolítica. El resultado, sin embargo, sigue siendo la imposición de decisiones desde una posición de fuerza.

 

Plantear estos paralelismos no es un ejercicio de nostalgia histórica, sino una forma de interrogar el presente. La historia no ofrece respuestas cerradas, pero sí patrones reconocibles. Cuando el poder concentra la capacidad de decidir sobre el destino de otros, la pregunta no es solo qué se conquista, sino qué se sacrifica en el proceso: legitimidad, memoria, identidad o vidas humanas.

 

Los imperios no son eternos. Las decisiones que toman quienes los enfrentan —o los administran— sí dejan huellas duraderas. Y esa es, quizás, la lección más incómoda que el pasado sigue proyectando sobre nuestro presente.

 

Javier Estévez

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