Trump es la consecuencia, no la causa

Xavier Aparici Gisbert

[Img #29225]Las acciones de gobierno realizadas por Donald Trump, desde que accedió al segundo mandato de presidente de Estados Unidos, tienen a las instituciones de gobernanza internacional y a las de los gobiernos occidentales noqueadas. Y así, en los mentideros oficiales y mediáticos, voceros autorizados siguen intentando desentrañar los aspectos psicológicos del mandatario, su influencia en las estrategias disruptivas que está llevando a cabo y el sentido último de los objetivos que afirma haberse marcado. Pareciera que se toman en serio que la personalidad de este líder imperial es lo que, de hecho, explica que esté dando puñetazos al consenso internacional de décadas y a las normas que lo sostienen.

 

Sin embargo, tras el narcisismo histriónico y paleto del que hace gala, sin el menor pudor, el magnate inmobiliario-financiero, en sus objetivos y prácticas no está haciendo más que ahondar en la ya normalizada fusión entre el capital especulativo y la política, en remarcar un capitalismo a beneficio exclusivo de las élites: en aumentar con sus reformas fiscales e incentivos la desgravación de cargas a los poderosos y sus corporaciones, mientras amplía la precarización de los servicios de cuidado públicos.

 

Como es hoy más notorio que nunca, Trump también combina la persistente desregulación económica a favor de las élites con un nacionalismo imperial excluyente y con ataques a las instituciones democráticas y a las normas de derecho internacional. Así mismo, forman parte de su credo, el negacionismo ecológico -demostrado en el desmantelamiento de protecciones ambientales y la promoción de las energías fósiles- y la guerra cultural manipuladoramente identitaria. Al fin y al cabo, “nada nuevo bajo el Sol”.

 

Y es que nadie parece querer mirar atrás, ir al inicio, al triunfo de la pretendida “Revolución Neoliberal” a finales de los años 70 del pasado siglo y a su “Némesis”, la Gran crisis de 2008, para explicar cómo hemos llegado hasta aquí. Cómo, si, tras el hundimiento del Bloque soviético con el enlace del capitalismo y la democracia liberales, se había llegado al “Fin de la historia”; si con la Globalización se tenían todas herramientas para un crecimiento generalizado, venturoso y perpetuo, cómo es que hoy tenemos “a las puertas” el mayor riesgo imaginable de colapso político, económico y medioambiental.

 

Ello es debido a que, a pesar de la pretensión de que “No hay alternativa” con la que se ufanaban los dirigentes neoliberales de toda laya mientras desmantelaban, por razón de “la competitividad”, los sectores económicos estatales occidentales y desindustrializaban sus territorios, para transformar a China en la fábrica del mundo, irrumpió la “Gran crisis” para poner las cosas en su sitio.

 

El mayor hundimiento financiero sistémico contemporáneo reveló las patologías profundas del sistema neoliberal. La más notoria que la transformación de deudas en activos especulativos había pretendido ser la solución a las crisis de rentabilidad desde los 1970, pero lo que hizo fue generar una economía desentendida de la producción real que terminó estallando estrepitosamente. Y que, con el rescate masivo orquestado inmediatamente, se evidenció que, junto con los beneficios, también se había “privatizado la regulación”: que los Estados, lejos de "retirarse", se habían transformado en garantes de los oligopolios financieros.

 

Los rescates fueron, nada menos que un acto de redistribución “de abajo hacia arriba” por el que se puso de manifiesto que, mientras el neoliberalismo predicaba el libre mercado, utilizaba al Estado para socializar riesgos. Pues la férrea austeridad impuesta a continuación se utilizó, mediante la desposesión acelerada de servicios públicos, la precarización laboral estructural, para restaurar la rentabilidad capitalista y la transferencia de riqueza continua al 1% de los megarricos.

 

En lugar de una refundación del capitalismo en verde y social se procedió a profundizar en el extractivismo, en una mayor dependencia de combustibles fósiles y en la especulación bursátil. Mientras, la crisis de legitimidad generada por los rescates y la austeridad impuesta por las élites políticas subalternas “democráticamente” abrió una ventana de oportunidad para proyectos neofascistas y nacionalistas excluyentes. Movimientos que, de hecho, apuntalan el núcleo económico neoliberal, pues aplican políticas regresivas mientras profundizan en el autoritarismo y desvían la ira popular hacia chivos expiatorios.

 

Donal Trump representa una cristalización paradigmática de estas dinámicas. Pero, con todo, es más un síntoma que una causa que muestra cómo la última mutación del sistema de explotación y opresión aun imperante, al agotar sus mecanismos de consenso, para continuar con la acumulación y sus privilegios, está recurriendo a su rostro más cruento: el populismo reaccionario y beligerante. Es decir, que se ha pasado, como en tantas otras ocasiones en el pasado, de la hipocresía más descarada a la insolencia más brutal.

 

Xavier Aparici Gisbert, filósofo y experto en gobernanza y participación.

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