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A menudo los lectores nos apropiamos de frases que encierran ideas y pensamientos que descubrimos en las páginas de algunos libros de nuestros escritores preferidos y las hacemos nuestras, utilizándolas como una auténtica balsa de salvación para recorrer los senderos en nuestro diario deambular por la vida.
En esta ocasión me he apropiado del título de uno de los libros de un escritor que he citado en varias ocasiones en algunos de los escritos que he tenido la osadía de enviar a esta revista. Me refiero a “Todo lo que era sólido”, un ensayo publicado en el año 2013.
Recuerdo que cuando leí las primeras cincuenta páginas escribí mi primera impresión de lo que, tan brillantemente, expone Antonio Muñoz Molina en este libro que habla de nuestro ayer más cercano: la llegada de la Democracia a nuestro país, de sus ilusionantes primeros años y de las frustraciones y desencantos que poco a poco nos fueron haciendo mella.
Lo que me llamó la atención no fueron solo las ideas, tan honestamente expuestas, sino la claridad y valentía al tratar todos los temas sin importarle si serían bien o mal acogidas por tirios y troyanos.
Y es que cuando uno escribe no lo hace para recibir los aplausos de la gente que te conoce y de aquellos que podrían estar de acuerdo contigo. Tampoco se hace con la intención de molestar a los que no piensan como uno, ni de entrar en batallas que no llevan a ningún lado, sino que es una necesidad de echar para fuera todo lo que llevas dentro, soltar lastre para que la mochila de la vida no te pese hasta el punto de detener tu marcha por el sendero que has elegido transitar libremente.
Pienso que este libro de Antonio Muñoz Molina debería ser asignatura obligatoria en el último curso de Educación Secundaria y Bachillerato. Incluso me atrevería a decir que tampoco estaría mal que se tratara en la Universidad, porque habla sobre nuestra historia más reciente, la cual debería ser estudiada por nuestra gente más joven, gran desconocedora de la misma. Tal vez con ello se evitarían algunas cosas que están pasando hoy en nuestra polarizada sociedad española.
Lo que hace el autor no es sino una radiografía de nuestra historia democrática hasta la primera década del siglo XXI, analizando los hechos sin verse condicionado por nada ni por nadie, pero con el rigor y la seriedad que le caracterizan.
Lo que viene a decir, resumiéndolo en muy pocas palabras, es que todo nos parece a veces tan sólido que creemos que nunca se va a derrumbar, sin ser conscientes de que todo se puede venir abajo en cualquier momento, incluso la salud.
Viví los tiempos de los que habla el autor de este libro lleno de ilusión y esperanza en una sociedad más justa y solidaria. Millones de personas esperaban como yo la llegada de la Democracia a nuestro país. Queríamos abandonar cuanto antes la época gris de la Dictadura, la España en la que todos nos sentíamos observados y vigilados. Era la España represiva, la España del miedo, del atraso, de la censura. Queríamos desprendernos del yugo asfixiante en el que llevábamos más de cuarenta largos años.
La llegada de la Democracia supuso ver cumplido el sueño tan anhelado. Pensábamos que todo iba a ser mejor, incluso que íbamos a ser más cultos, inteligentes y más libres, con más derechos. El futuro se vislumbraba prometedor. Por fin España se incorporaba al tren del progreso con los vagones cargados de todo lo bueno que iba a traer, de lo bien que nos íbamos a encontrar; de lo maravilloso que sería el día a día, construyendo una sociedad moderna y tolerante en la que la libertad fuera su mayor estandarte.
Así pareció ser durante sus primeros años, pero con el paso del tiempo esta gran ilusión se trocó en decepción. No podíamos creer que tan larga espera pudiera terminar de aquella manera. La política se convirtió en una oportunidad para escalar puestos de la manera que fuese. Muchos se apoltronaron e hicieron mil acrobacias para mantenerse en el poder sin importarles el modo y la manera.
Todo era válido con tal de mantener el chiringuito seguro, por lo que muchos empezaron a no creer en ellos, decepcionados porque la llegada tan esperada e ilusionante no iba a mejorar nuestra forma de vida como creíamos, que los pobres seguiríamos siendo pobres, que el derecho a una vivienda digna, a una sanidad para todos y a una educación igualitaria solo estaba en nuestra mente, pertenecían al mundo de los sueños, eran pura quimera. Nuestra joven Democracia empezó a hacer aguas y nuestra frustración fue en aumento.
Muy pronto empezamos a sentir que estábamos siendo engañados, que se nos imponía una realidad que nunca hubiéramos imaginado. Y cuando esto ocurre se produce una oleada reaccionaria que es muy difícil de parar, pues los desengañados empiezan a despotricar de todo y eso es lo peor que nos puede pasar. El movimiento de frustración es tan fuerte que produce este rechazo frontal. El día a día se vuelve irrespirable, asfixiante, nos sentimos observados y vigilados como con el sistema que dejamos atrás, tan desencantados que todas las palabras que antes nos maravillaban ahora empiezan a resultarnos huecas, vacías. Ni tan siquiera les concedemos el beneficio de la duda.
Y entonces, todo lo que construimos con tanta ilusión, con tanto empeño y esfuerzo se ha quedado en nada, tirado en cualquier esquina, acumulado en los enormes almacenes que conserva la Democracia, esperando que algún día vuelvan a ser retirados tanto escombro y tanta basura. Que nueva savia con nuevas ideas ilusionen a la gente de las generaciones futuras, construyendo juntos un mundo más igualitario y más justo.
Sí, sé que puede sonar a utopía, que viva en el mundo de los sueños, pero permítanme decirles que es humano soñar con un mundo mejor. Ese es mi sueño, el mío y el de otros muchos.
Juan Ramón Hernández Valerón
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