
El 31 de diciembre siempre olía distinto en el barrio de San Cristóbal. A salitre, a pescado recién limpio y a comida caliente saliendo por las ventanas. No hacía frío, nunca lo hacía, pero esa noche el aire tenía algo denso, casi solemne, como si el mar estuviera conteniendo la respiración.
Clara apoyó los codos en el alféizar y miró hacia la costa. Las luces del paseo marítimo se reflejaban en el agua negra y tranquila. Desde que su madre había muerto, el mar solía hablarle a ella más que a nadie. O quizá era ella la que había aprendido a escucharlo.
—¿Bajas o no? —gritó su tía Carmen desde la cocina—. Que se enfría el caldo.
Clara suspiró. Bajó las escaleras despacio, arrastrando las zapatillas. En la mesa había sopa de pollo, papas arrugadas, pan caliente y una silla vacía. Siempre la misma silla. Nadie decía nada, pero todos la miraban de reojo, como si en cualquier momento fuera a ocuparse sola.
—Falta el vino —dijo Clara, solo para romper el silencio.
—Está en la despensa —respondió su tía sin mirarla.
Cuando abrió la puerta de la despensa, la bombilla parpadeó. Clara sintió ese cosquilleo familiar en la nuca, esa presión leve en el pecho. No era miedo. Nunca lo era. Era algo parecido a un aviso.
Y entonces lo escuchó.
Clara.
No fue un sonido real. No atravesó el aire. Le atravesó a ella.
Se quedó quieta, con la botella en la mano y el corazón acelerado.
—Mamá… —susurró, sin pensarlo.
La bombilla se estabilizó. El cosquilleo desapareció.
Esa noche apenas habló durante la cena. Respondía con monosílabos, sonreía cuando tocaba, pero por dentro estaba inquieta. Hacía años que no sentía la presencia de su madre con tanta claridad. Desde el entierro, desde aquel día en que el mar había estado embravecido como si también estuviera de luto.
—Voy a dar un paseo —anunció al levantarse—. Ahora vuelvo.
—No tardes, que en breve dan las doce —dijo su tía—. Y ponte una chaqueta.
Clara no se la puso.
Caminó hasta la orilla desierta. La arena estaba fría bajo sus pies descalzos. El mar seguía tranquilo, pero las olas parecían acercarse con intención, rompiendo justo donde ella estaba.
—Ya estoy aquí —dijo en voz alta, sintiéndose un poco ridícula.
El viento se levantó de pronto. Las luces del paseo parpadearon. Y entonces, sin verla, pero sintiéndola con una certeza absoluta, Clara supo que no estaba sola.
—No quería que pasaras otra Navidad creyendo que me fui —dijo la voz, suave, conocida—. Nunca me fui.
Las lágrimas brotaron sin permiso.
—Te echo de menos —dijo Clara—. Cada día.
El mar rompió con más fuerza, salpicándole las piernas.
—Lo sé. Pero tienes que dejar de vivir a medias. No te quedes aquí por mí.
Clara cerró los ojos. Recordó todas las veces que había rechazado irse del barrio, aceptar un trabajo fuera, enamorarse sin miedo. Siempre anclada. Siempre esperando algo.
—¿Por qué ahora? —preguntó.
—Porque esta noche todo está más cerca —respondió la voz—. Porque el amor no entiende de despedidas. Y porque ya es hora.
Una ola más grande llegó hasta sus rodillas. Cuando retrocedió, algo quedó en la arena, brillando débilmente.
Clara se agachó. Era el anillo de su madre. El que había perdido el día que murió.
Lo tomó entre los dedos, temblando.
—Gracias —susurró.
El viento cesó. El mar volvió a su calma habitual. La presencia se disipó, dejando tras de sí una paz inesperada.
Cuando regresó a casa, con los ojos enrojecidos pero el rostro sereno, su tía Carmen la miró sin preguntar.
—¿Todo bien?
Clara asintió y dejó el anillo sobre la mesa.
—Sí. Creo que sí.
Esa noche, al brindar después de las uvas, la silla vacía ya no dolía tanto. Y por primera vez en mucho tiempo, Clara durmió profundamente, soñando con el mar en calma y una voz que le decía, sin palabras, que nunca había estado sola.
Porque a veces, en estas fechas, el amor encuentra la forma de volver. Incluso desde el otro lado del agua.
Olga Valiente





























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.34