La Plaza de Arucas, aquella mañana luminosa de octubre, seguía tan viva como siempre y mantenía su misterio acompañado.
El cielo azul, los caminantes, y la gente que se fotografiaba al hilo del cartel ubicado en el lugar parecía que todos ellos, junto a los que sentados estaban viendo pasar el día, obedecían a sus pretensiones, a sus deseos más íntimos en los que dar valor al momento: el marco elegido no solo simbolizaba otro fruto del azar, sino que desde sus más variadas ensoñaciones arribaba al mejor puerto desde donde la calma y la tranquilidad hablaban. No solo para cuestionar, sino para confirmar que siempre vale la pena lo que hacemos.
De ahí surge la obsesión: el eterno deseo de atrapar el tiempo.
Juan FERRERA GIL






























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