
Históricamente, la crianza ha sido un oficio de repetición.
Durante décadas, el llamado “manual de instrucciones” no estaba en libros ni en estudios científicos, sino en la voz de nuestras madres y abuelas.
Se criaba como se había criado antes. Sin demasiadas preguntas.
Hoy, sin embargo, nos encontramos en una encrucijada inédita: nunca hemos tenido tanta información disponible y, al mismo tiempo, nunca tantas dudas.
La pregunta ya no es solo cómo criamos, sino desde dónde lo hacemos.
¿Desde la conciencia?
¿Desde un piloto automático heredado?
¿O desde una intuición que, en ocasiones, puede engañarnos?
El piloto automático: honrar el pasado sin calcarlo
Educar en automático es un mecanismo de supervivencia cultural.
Repetimos patrones porque funcionan como atajos mentales que nos facilitan el camino. Y estos patrones proceden de una generación que hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía.
Hace cuarenta años, llevar a un niño suelto en el asiento trasero del coche, no se hacía por falta de amor, sino por falta de información, de herramientas y de consciencia. Hoy, con la evidencia científica sobre los sistemas de retención infantil, con las herramientas que existen y con la conciencia, nadie cuestiona el uso de una silla homologada.
Con la crianza ocurre algo similar.
No se trata de juzgar a nuestros padres, sino de entender que su nivel de conciencia está delimitado por un contexto histórico.
Nuestra generación tiene el privilegio —y la responsabilidad— de completar ese legado: conservar lo que sí acompaña y funciona y desechar aquello que la ciencia actual nos muestra como perjudicial para la salud emocional infantil.
La intuición
En el discurso social sobre crianza aparece con frecuencia una consigna aparentemente incuestionable: “Sigue tu instinto, tú sabes lo que es mejor para tu hijo”.
Pero conviene detenerse y preguntar: ¿esa voz es realmente la tuya?
A ver, por un lado, existe una intuición genuina, una conexión profunda que nos impulsa a consolar a un bebé cuando todo alrededor insiste en que “hay que dejarlo llorar”.
Esa intuición nace del vínculo.
Pero también existe una intuición intoxicada. Un aprendizaje inconsciente disfrazado de corazonada. Son normas sociales, miedos culturales y creencias heredadas que se han integrado de forma tan profunda que se confunden con la propia voz interior.
Cuando alguien afirma que “su instinto” le dice que un cachete a tiempo es necesario, no está hablando de intuición. Está verbalizando un patrón cultural profundamente normalizado.
La diferencia es clave: la intuición genuina busca conexión y cuidado; la intuición intoxicada suele responder al miedo al juicio externo o a la necesidad de cumplir una norma social.
El aprendizaje disfrazado de intuición
Hay otro fenómeno que a menudo llamamos intuición y que, en realidad, es pura maestría por observación. Cuando una madre afirma saber que su hijo va a enfermar antes de que aparezcan síntomas, no estamos ante magia ni esoterismo. Es el resultado de miles de horas de atención sostenida. El cerebro ha detectado cambios sutiles en el tono de la piel, el brillo de los ojos o la conducta general antes de que la conciencia pueda ponerles nombre.
Este aprendizaje es valioso y merece ser validado. Pero no es intuición.
Criar con conciencia: el reto de la evidencia
Hoy contamos con un mapa que generaciones anteriores no tuvieron.
La neurociencia, la psicología del desarrollo y la teoría del apego nos permiten comprender qué ocurre en el cerebro infantil cuando, por ejemplo, se ignora una emoción y qué ocurre cuando se valida.
Criar con conciencia implica tres movimientos fundamentales:
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Cuestionar el piloto automático: preguntarse si se actúa por convicción o por repetición.
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Depurar la intuición: escuchar lo que se siente, pero contrastarlo con información fiable.
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Integrar la evidencia científica: no para criar desde la rigidez ni la perfección, sino para allanar el camino con herramientas que sí funcionan en el siglo XXI.
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El mayor peligro en la crianza actual no es la falta de información, sino no saber diferenciar entre intuición genuina, aprendizaje consciente y creencias heredadas disfrazadas de instinto.
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Criar desde la conciencia y la evidencia no implica desconectarse del vínculo ni de la emoción. Al contrario.
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Integrar conocimiento y emoción es una forma madura de responsabilidad adulta.
Empecemos por plantearnos desde dónde criamos
Porque no todo vale en nombre de la intuición.
No todo lo aprendido merece ser reproducido solo porque “así sobrevivimos nosotros”.
Criar es, queramos o no, una intervención directa en la salud emocional futura de nuestros hijos y de la sociedad.
¿Estamos criando desde el miedo al juicio externo?
¿Desde la repetición automática del pasado?
¿O desde un lugar alineado con las necesidades reales de la infancia y la responsabilidad adulta actual?
Un equilibrio necesario
Honrar a quienes nos criaron nos da raíces.
La intuición nos ofrece conexión.
La conciencia nos concede libertad de elección.
Y la evidencia científica nos aporta seguridad
Integrar estos cuatro pilares nos permite dejar de reaccionar para empezar a decidir. Solo desde ese equilibrio podemos ofrecer a nuestros hijos no solo amor, sino una crianza coherente con lo que hoy sabemos que necesitan para desarrollarse con salud emocional.
Ciencia, observación y vínculo no están reñidos, de hecho son, en su conjunto, una de las expresiones más sofisticadas del amor.
Haridian Suárez
Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion






























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