-El mundo se queda aquí. Para allá no nos llevamos nada. Si pudiera, yo me llevaría un cielo de colores, un crepúsculo, para irme junto con el sol – dijo la abuela, sentándose en la cama, después de mirar la puesta de sol en el balcón de su casa, que daba al mar, para hacerle un hueco a su nieto y se acomodara a su lado.
A él no le llamó la atención que estuviera viendo las Olimpiadas, pues sabía de su afición. Nunca se había perdido una edición de los Juegos, y ahora, recién cumplidos los cien años, rogaba a Dios que la dejara vivir, como mínimo, hasta que se acabaran, que la tenían encantada.
–¡Me chifla la gimnasia rítmica! Me imagino a mí misma haciendo esas maravillas –añadió, sonriente, mirando la tele, y luego le gritó a su hija Juana que trajera un cafecito para ella y otro para el nieto.
-¡Mamá, por favor!, que ya te has tomado dos.
-¡Qué más da dos que tres! A mi años ya poco importa cuántos cafés me tome.
-Pues debes cuidarte a pesar de todo. ¿Tú no dices que quieres vivir más?
-Sí, pero no creo que un café más o menos me vaya a matar, mi niña. ¡Tráeme un café, y otro para tu sobrino! Y te sientas un rato con nosotros a ver las filigranas que hacen estas jovencitas. ¡Qué maravilla! La vida está llena tanto de cosas extraordinarias como horrorosas, y lo que hacen estas niñas es una maravilla, tan lindo como una hermosa puesta de sol.
Mirándola con ternura, emocionado, viéndola allí sentada, con su cuerpito de pajarillo flaco, y admirado por su fortaleza de ánimo, el nieto la miró y le dijo:
-¡Ay, abuela! De mayor, quisiera ser como tú.
Quico Espino
Ilustración: Antonio Juan Valencia Moreno.





























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