La foto es de finales de abril de 1953. Yo tenía seis meses entonces y empuño, bien apretado, un sonajero en la mano. Supongo, por la expresión de mi cara, que lo estaba haciendo sonar. El retrato original, que no sé quién lo sacó pero sí sé que fue solicitado por mi madre, amante acérrima de la fotografía, es en blanco y negro, pero un amigo mío lo retocó y el pelo, casi rubio de natural, se me quedó con tintes rojizos.
Mis padres, que se habían casado a los veinticuatro años, en 1940, después de que él volviera de la guerra entre hermanos, alegando que se fue a la península siendo un niño y que, al cabo de más de tres años, volvió siendo un viejo, contaban treinta y seis años y ya tenían seis hijos, cinco varones y una hembra. Un buen parto de cochina, se decía entonces porque los cerditos machos valían el doble que las hembras, pues había que caparlos a los quince días y se vendían como lechales.
Entre mis primeros recuerdos, aparte de la muerte de mi abuela materna y del nacimiento de mi hermano pequeño, cuando yo contaba cuatro años y medio, está ver correr a los lechones por el Llano de la Cruz, el barrio de Ingenio donde teníamos los chiqueros, berreando desesperados y “enterregándose” los fondillos tras la intervención y después de ponerles salmuera como único lenitivo.
Mi familia no pasó el hambre que asoló al resto de la población porque, después de acabada la guerra, militarizado en Gando hasta el año 1943, mi padre conducía una camioneta militar con la que podía salir del acuartelamiento, y, de paisano, se marchaba a los pueblos del sur de la isla, a Mogán especialmente, donde se hacía con fruta que luego vendía entre Ingenio, Agüimes y Carrizal, como ya he dicho en otro artículo.
No obstante, como mi madre nos tuvo a todos, salvo al último, con un intervalo de dos años y había tantas bocas que alimentar, mis hermanos mayores y mi hermana no pasaron hambre pero sí desconsuelos, los mismos que pasé yo con seis o siete años, cuando mi padre empeñó hasta la camisa en un negocio del que no salió bien parado. La primera consecuencia fue que mi hermana, que cursaba bachillerato elemental en Los Salesianos de Agüimes, tuvo que dejar los estudios.
Recuerdo, y repito, que merendábamos gofio y azúcar, con un tomate a mano para no asfixiarnos, decía mi madre, y que el hijo del farmacéutico, que decía que era amigo mío, venía con su bicicleta comiéndose un bocadillo de jamón y queso y que me decía que si quería dar una vuelta en la bici, que la diera alrededor de ella. Nunca se me olvidarán esas palabras, aunque, por supuesto, ya no me duelen en absoluto.
Después vinieron tiempos más difíciles, sobre todo para mi hermana, que tuvo que apencar con la ropa de seis hermanos, el padre y la madre, cuando la única forma de lavarla era en la acequia o en el barranco, cuando corría. Lavar, planchar, zurcir, remendar, doblar, fregar la loza, barrer, limpiar los pisos… esa era la retahíla diaria de mi pobre hermana hasta que se fue a trabajar de telefonista al sur, lo cual le pareció a mi padre cosa de mujeres ruines.
Mi hermana puso entonces el grito en el cielo, defendiéndose por primera vez, dejándole callado como un tuno, al decir que ella era muy formal, y sensata, y, sin la más mínima duda, la esclava de la casa. Añadió, para rabia de su interlocutor, que, en el sur, de telefonista, ella ganaba el doble de lo que ganaba él con su camioneta, como transportista.
No hubo réplica alguna. Y ahora, visto desde lejos, sobre todo por el tiempo que ha transcurrido, miro hacia atrás sin que medie otra cosa que la pena por el hecho de que tanto mis hermanos como yo, mi padre, e incluso mi madre, no hayamos valorado lo suficiente, en su momento, el papel que jugó mi hermana en nuestras vidas, pues sacrificó por nosotros los mejores años de la suya.
El sonajero que sostengo en la mano, que, según me han contado, era una especie de flor cuyos pétalos sonaban como maracas, me lo regaló mi querida hermana cuando ella era una niña de ocho años. También me han dicho que lo rompí insistiendo en hacerlo sonar.
Quico Espino
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