LA BRISA DE LA BAHÍA (265). Otoño

La estación otoñal transforma el paisaje urbano y despierta una mirada contemplativa sobre la vida y sus pequeños misterios.

Juan Ferrera Gil Lunes, 12 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:
Otoño. Juan FERRERA GILOtoño. Juan FERRERA GIL

El otoño se disfraza de colores agradables y entrañables para hacernos sentir que la existencia es una sola. Ese momento único que descubrimos en algunas ciudades que guardan aún los resplandores estacionales sirven para lo que sirven: situarnos enfrente de la vida, como si realmente marcáramos el paso y fuéramos los verdaderos dueños de la pista de baile. Otros autores lo han dicho y escrito en su debido momento: la vida es sueño. Nosotros, ante tanta evidencia, no sabríamos aportar datos nuevos; como mucho, reiterar los existentes, que vienen a ser una confirmación clara de momentos vividos y únicos. En cualquier tiempo y lugar.

 

El otoño, árboles de hoja caduca que alfombran el suelo, significa tantas cosas variopintas que cuando llega el frío y hemos de abrigarnos, por ejemplo, nos resulta que llevamos a cabo una actividad rara y extraña. Solo la tranquila lectura nos levanta de los sitios hogareños y nos pone en disposición de admirar el entorno, que ha cambiado sin apenas ser conscientes de ello.

 

Es la magia del otoño que, por momentos, conserva la luz de la mirada lenta y auténtica. Por eso creemos que otoño y mirada son palabras sinónimas. Son tan parecidos dichos términos que no solo constituyen un misterio, sino que alongan la existencia hasta los límites que la vida proporciona. El otoño es más que una hilera de árboles verdes y amarillosos que en el invierno quedarán desnudos, descubriendo así otro tipo de belleza. Otra manera de observar el paisaje urbano.

 

La foto que acompaña este comentario fue hecha en Valencia, donde la Ciudad de las Artes y las Ciencias, que alguien muy acertadamente bautizara como las Nuevas Catedrales, en una esquina que saludaba siempre y que servía, a su modo y manera, para decir “hola y adiós”. Una tarde fría que invitaba al interior de los hogares, aunque, en esta ocasión, fuera la habitación de un hotel, que también tiene su encanto. Ver y disfrutar desde la hospedada ventana el tranvía y toda su parafernalia tiene su aquel.

 

Y si encima la calle luce mojada y en movimiento continuo de coches y personas mayormente abrigadas…

 

Juan FERRERA GIL

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