Trump cabalga de nuevo (sin levantarse del sofá)
Juan Ramón Hernández Valerón.
¡Qué manera de empezar el año! ¡Se le quitan a uno las ganas de todo! ¡Y mira que yo no tenía malditas ganas de comer las uvas para recibir al nuevo año! Sí, ya sé. Hubo señales a lo largo de todo el 2025. El nacimiento del nuevo Mesías en el portal de Washington en el 2024 era una de ellas, pero le restamos importancia porque perdimos el rumbo a la estrella que anunciaba su nacimiento.
¡Qué manera de empezar el año! ¡Se le quitan a uno las ganas de todo! ¡Y mira que yo no tenía malditas ganas de comer las uvas para recibir al nuevo año! Sí, ya sé. Hubo señales a lo largo de todo el 2025. El nacimiento del nuevo Mesías en el portal de Washington en el 2024 era una de ellas, pero le restamos importancia porque perdimos el rumbo a la estrella que anunciaba su nacimiento. En su primer año de vida el niño Trump ha provocado ruido, mucho ruido. Es inquieto y revoltoso y tiende a subirse por las paredes. Tiene a la Virgen y a San José perdidos de los nervios. Sus pobres y virtuosos padres no saben, o no pueden controlarlo. Le cuesta mucho al matrimonio ponerse de acuerdo. Hay que comprenderlos: no tienen experiencia, este es su primer hijo.
Ahora hablemos en serio:
No ha sido este un año tranquilo y sosegado. La vida se está poniendo muy difícil para todos. No hay un solo día en que no nos levantemos preocupados y temerosos por las actuaciones de algunos dirigentes políticos a nivel nacional e internacional. Se diría que, más que intentar solucionar los problemas de sus ciudadanos facilitándoles su día a día, legislar para que tengan una vida mejor, lo que hacen es tenernos en un continuo sobresalto. Se dedican, algunos, a recortar derechos esenciales sin atender a ninguna ley, sino en función de sus intereses o por simple capricho, para hacernos ver que son ellos los que disponen de nuestro presente y tienen en sus manos nuestro futuro.
Los libros que habíamos leído hace años sobre un futuro deshumanizado, totalitario, opresivo y alienante, de repente se han presentado ante nosotros como una realidad tangible que nos deja llenos de angustia y desolación, pues no vislumbramos un futuro tranquilizador. Lo malo, lo terrible de todo esto es que esta gente que nos tiene cada día más encorsetados han sido elegidos democráticamente (en la mayoría de los casos). Y uno no deja de preguntarse cómo es posible que haya ocurrido semejante barbaridad, cómo es posible que hayamos llegado a esto, cómo es posible que haya gente que lo celebre.
Ayer mismo, el presidente del país más poderoso del mundo, este niño grande, zafio y abusón, dio el visto bueno para atacar a otro país (mientras él veía por la tele su propio reality show) bajo la excusa de detener al jefe de ese Estado soberano, acusándolo de narcotráfico e invadiendo su territorio sin importarle el Derecho Internacional. Y todo ello ante la mirada atónita y pasiva del resto del mundo, saltándose todas las leyes, ninguneándolos a todos. Porque sí, porque me da la gana, porque puedo hacerlo. Chitón.
El mundo se tambalea. Estamos desconcertados, no tenemos respuestas, porque todos parecen estar mirando para otro lado. Nadie ha visto el atropello y el que lo ha visto no le da ninguna importancia. Incluso una parte importante de los ciudadanos del país invadido ha salido a la calle para celebrar la intervención, la injerencia de un país extranjero en su propio territorio, sin ser demasiado conscientes de que el país invasor les impondrá un jefe, un títere, que actuará en su nombre, que gobernará en función de sus intereses (de los invasores), que los esquilmarán, que atropellarán a sus ciudadanos, que se quedarán con sus materias primas, que no les dejarán expresarse libremente. Y que no van a vivir mejor, pues sufrirán una continua y permanente inestabilidad política, social y económica. Lo lamentarán profundamente, porque es lo que ha pasado a lo largo de la historia.
Este hecho tan terrible va a hacer saltar por los aires el Orden Internacional. La escala de violencia e inseguridad va a ser el pan de cada día. La razón de la fuerza se va a imponer a la fuerza de la razón y ya no habrá paz en el mundo. Rusia, China, e incluso Japón, miran de reojo y toman nota. No dicen nada, pero meditan. El abusón de la clase hace cosas muy ostentosas y les están dando alas. Mientras, los encargados de la vigilancia han ido a tomar café. Los niños campan a sus anchas en el recreo. Veremos de lo que son capaces.
Hoy ha sido Venezuela. Mañana le tocará el turno a Groenlandia. Seguidamente a Colombia, México, Cuba o a cualquier país latinoamericano. Tampoco estamos ya seguros aquí. La veda está abierta. Cualquier país puede ser atacado, invadido bajo cualquier excusa. Europa vuelve a estar de nuevo en peligro, pero se calla, mira para otro lado. Ni siquiera es capaz de condenar tamaño atropello. De pena. Al menos el Gobierno español lo ha hecho. Se ha alineado junto a México, Colombia, Brasil, Uruguay y Chile. Bien por ellos. Alguien debe protestar. La clase no puede permanecer pasiva ante el bruto de turno. Debemos afearle su conducta.
Recemos aunque no seamos creyentes. Preparémonos y refugiémonos donde sea, porque las tormentas que se avecinan pueden hacer saltar por los aires lo que hemos levantado con tanto esfuerzo. El tsunami que originará será devastador. No sabemos si seremos capaces de sobreponernos a esta catástrofe. En el mejor de los casos, la reconstrucción nos llevará mucho tiempo, aunque no estoy seguro de que tengamos las fuerzas y energías suficientes para hacerlo.
Lo triste, lo muy triste, es contemplar cómo toda una recién elegida Nobel de la Paz, la señora Corina, la líder de la Oposición venezolana, aplaude la intervención militar de unas fuerzas extranjeras en su propio país para salvarlo, según ella, de un dictador, con la vana esperanza de creer que va a ocupar su lugar, que el Mesías Redentor la aupará hasta la presidencia, pues esta mujer ha dado pruebas inequívocas de servirle en bandeja de plata el petróleo y todo lo que le pida este niño insaciable y caprichoso, este descendiente fiel de Monroe, este millonario que actúa en política en función de sus interese económicos, este amante del garrote y zanahoria para con todos los que se tropieza.
Y no puede ser. No puede ser que veamos a los Estados Unidos de América interviniendo en los demás países como si fuera El Séptimo de Caballería y que, encima, aplaudamos. Lo que estamos viendo con ojos aterrorizados no es una película, no es un asunto de buenos y malos. A ver cuando nos damos cuenta de ello. Es toda una injerencia, una acción ilegal, un saltarse el Derecho Internacional, es una violación de la soberanía nacional de un país. Es, en definitiva, una intromisión en los asuntos de otra nación.
Deben ser los ciudadanos de ese país los que decidan sobre su presente y su futuro. No se puede invadir a ningún país bajo ningún concepto, no se puede derrocar gobiernos bajo cualquier excusa, porque, de hacerlo, estaríamos favoreciendo la impunidad. Y ello sería entrar en otra dimensión de consecuencias inimaginables. La distopía ya ha llegado. Ya convivimos con ella.
Ojalá la hechicería convierta a todos estos modernos dictadores en perros, o mejor, en gacelas, que son más pacíficas, durante quince o veinte años, como les pasó a algunos personajes de los cuentos de “las mil y una noches”. Sería una manera fácil de quitárnoslos de encima.
También es verdad que yo no debería estar escribiendo estas cosas después de leer algunos maravillosos cuentos de “las mil y una noches”, pues me daría por hacer desparecer de un plumazo y por arte de magia a tanto ser malvado que habita en este mundo nuestro.
Juan Ramón Hernández Valerón


























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