Microrrelatos. Un árbol… para siempre

Un relato sobre la memoria, el duelo y los vínculos que perduran más allá de la ausencia.

Olga Valiente Miércoles, 07 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

El árbol de la abuela llevaba quince años en el mismo rincón del salón.

 

No era grande ni especialmente bonito. De hecho, algunas ramas estaban ya dobladas, y las luces funcionaban solo a veces, aunque nadie las tocara. Pero yo nunca permití que lo desmontaran.

 

—¿Ni siquiera en verano? —me preguntaban siempre.

 

—Ni siquiera en verano —respondía yo, atajando cualquier discusión.

 

El árbol estaba allí cuando mi hijo aprendió a caminar, cuando mi padre todavía silbaba al entrar en casa, cuando la risa de la familia llenaba los domingos y el café sabía distinto. Y siguió en su lugar cuando el silencio empezó a ocupar espacio.

 

La primera Navidad sin él, no tuve fuerzas para añadirle decoración. Solo me senté en el sofá, envuelta en una manta, mirando las bolas apagadas durante varios minutos.

 

Aquella noche, a las tres y trece de la madrugada, las luces se encendieron solas.

 

No todas. Solo una fila, la que él había comprado el año que discutió conmigo y luego se disculpó en la cocina, riéndose entre lágrimas. No me levanté. No grité. No lloré. No tenía miedo. Me limité a decirle que sabía que era él intentando hablarme y que yo también le echaba de menos.

 

Desde entonces, cada diciembre el árbol cambia. Es su forma de saludarme.

 

Una bola aparece donde no había nada. Un adorno antiguo, roto, que yo juraba haber tirado, regresaba a su rama. Y algunas noches, al pasar cerca, el árbol olía a colonia masculina, a madera, a hogar.

 

El día que mi hermano anunció que se iba a vivir fuera, el árbol dejó caer una bola al suelo. No se rompió. Solo rodó despacio hasta sus pies.

 

—No pasa nada —le dije—. Déjalo ir.

 

Las luces parpadearon una sola vez. Como un asentimiento.

 

Aquella fue la primera Navidad en la que pensé, por primera vez, en desmontarlo.

 

No porque ya no lo necesitara. Sino porque había entendido el mensaje.

 

Esta Navidad, coloqué en él un último adorno: una estrella pequeña, discreta, hecha de madera. La apoyé en la rama más alta.

 

—Gracias por cuidar de nosotros —dije—. Pero ya está bien. Es hora de que te vayas con la abuela.

 

A la mañana siguiente, el árbol estaba apagado. Inerte. Como cualquier otro árbol del mundo.

 

Lo desmonté sin tristeza y guardé cada pieza con cuidado, como quien guarda cartas antiguas. Cuando terminé, el rincón del salón parecía más grande. Más vacío. Más libre. Pero, al apagar la luz, una última luz brilló alumbrando el salón por un segundo.

 

No venía del árbol, sino del cielo.

 

Porque hay amores que solo necesitan un lugar donde despedirse. Y a veces, ese lugar tiene forma de árbol de Navidad.

 

Olga Valiente

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