Lluvia
Hoy llueve con intensidad. Llueve como llovía entonces, en aquella primera mitad del siglo pasado cuando el agua del cielo era una bendición y no un inconveniente del tráfico. Llueve con fundamento, como decían los viejos agricultores que conocían el valor exacto de cada gota.
Cada vez que llueve así, vuelve la imagen de mi abuelo subiendo a la azotea. Vestido. Para empaparse completamente bajo el aguacero. Luego bajaba feliz, se quitaba la ropa empapada, se secaba bien y se ponía ropa limpia y seca. Un ritual que repetía cada vez que el cielo se abría generoso sobre sus cultivos arrendados.
Entiendo su alegría. El agua regaba gratis los terrenos que él trabajaba. Era toda una bendición para quienes no tenían agua propia y dependían de los aguatenientes. El agua de lluvia no se compraba, no se negociaba, no tenía dueño. Caía libre del cielo y empapaba por igual la tierra del rico y la del pobre.
Mi abuelo nunca tuvo tierras en propiedad. Las arrendaba. Fue agricultor en Anzo, en Becerril, en Las Barreras. Un agricultor nómada que llevaba su esfuerzo de finca en finca, de subasta en subasta. Antes que él, su padre había hecho lo mismo. También agricultor. También arrendatario. También nómada.
Mi bisabuelo practicaba la lucha canaria. Dicen que fue el último romántico en ese deporte. El pollo Reina. Cuando vio que el dinero comenzaba a dominar las luchadas, lo dejó. Hay quienes aseguran que se entrenaba con las plataneras. En ellas practicaba sus burras, sus pardeleras. Con sus manos y su fuerza sorribó terrenos enteros, como El Zapatero.
Él también estuvo en Anzo y en Becerril. Aquí arrendaba mediante subasta pública la finca que aún es del Museo Canario: la Finca de la Falda. Tras él la arrendó su hijo, mi abuelo. Allí nació mi padre. Y sus dos hermanos menores.
Siempre me gustó oírle a mi padre hablar de ese lugar. Me mostraba el dedo gordo para indicarme el tamaño de las moras que recogían. La casa estaba rodeada de flores que plantaba mi abuela. Había plataneras, otros frutales, pero también había de todo lo que da una huerta generosa. Tenían vacas, cabras, gallinas y Turco, un perro de presa encargado de la vigilancia nocturna.
Allí vivieron durante la posguerra. Tiempos de escasez donde mi abuela ayudó muchísimo a la gente necesitada de Becerril. Tanto que los vecinos solicitaron al ayuntamiento que nombrara una calle del barrio con su nombre. Era su forma de manifestar su gratitud. El ayuntamiento nunca materializó ese deseo. Lo aprobaron en pleno. Pero acto seguido abandonaron el acuerdo en un cajón. Hasta hoy.
Sé que les dio mucha pena abandonar la Finca de la Falda. Pero perdieron la subasta. Mi abuelo advirtió a los ganadores que la finca no daba tanto como ellos habían pujado. El tiempo le dio la razón. A los pocos años fue abandonada por la nula rentabilidad que proporcionó a los nuevos arrendadores. La ambición había cegado a quienes no conocían la tierra como quien la había trabajado con sus propias manos.
De Becerril vinieron a San Roque. A la casa donde vivo yo hoy. Aquí mi abuelo continuó subiendo a la azotea cada vez que llovía con fundamento. El ritual siguió. La conexión con la tierra, con el agua, con lo que él era, permaneció intacta de finca en finca, de casa en casa.
Hoy llueve abundantemente sobre esta isla gracias a la vuelta de los frentes atlánticos que tan generosamente nos riegan. Llueve sobre la azotea donde mi abuelo subía a empaparse, feliz. Llueve sobre Becerril, sobre Anzo, sobre Las Barreras. Sobre El Zapatero. Llueve con fundamento sobre la memoria de quienes nunca tuvieron tierra propia pero la trabajaron como si fuera suya.
Y yo, en esta casa que fue suya, escucho la lluvia caer sobre la misma azotea y entiendo por qué subía. Entiendo su ritual. Entiendo su felicidad. El agua sigue sin tener dueño cuando cae del cielo.
Javier Estévez




























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