LA BRISA DE LA BAHÍA (264). Contar historias

La narración como reflejo de nuestra sociabilidad y la importancia del humor en las historias cotidianas.

Juan Ferrera Gil Lunes, 05 de Enero de 2026 Tiempo de lectura:

El hecho de contar historias no solo es una característica humana, sino una necesidad más o menos perentoria que todos llevamos dentro: cada uno a su manera y modo.

 

Nos pasamos la vida, aunque no nos demos cuenta, contando historias en las que nosotros solemos ser los auténticos protagonistas. Más que nada para que el que nos escucha sepa de nuestra disposición permanente a la aventura real, si bien algo matizada en ese momento de narrar. Así que, convertidos en narradores omniscientes, cuando no en primera persona, que también, nos disponemos a decir y a contar con cierto estilo, cada uno con el suyo, hasta que adivinamos en el oyente su saturación y que ha llegado a su límite más o menos amplio según las ocasiones relatadas. Solo si uno se ha convertido en escritor, las historias pueden trascender y llegar a otros lugares. Por ejemplo, a La Laguna o a La Palma, por poner posibles ejemplos efectivamente comprobados. Luego está la disposición y generosidad del oyente, antes de convertirse en lector. Esa es otra historia que conforma una realidad que está más presente de la que creemos.

 

Cada vez que saludamos a alguien se convierte en protagonista de su propia historia, donde la risa bien pudiera ser un aliciente en la construcción de una vereda que nos enseña y debemos atravesar. Pero no todos utilizan el buen humor: algunos se muestran serios y circunspectos al recitarnos algún poema que no llegamos a entender del todo. El otro día fui al bar que está cerca de mi casa a comprar el almuerzo. Mientras esperaba por el pedido, Antonio me sugirió varias cosas: que debería tomar algo y, sobre todo, que “si no entrábamos en pequeños detalles, todo estaba bien”. Así que zanjó la cuestión en un par de frases que se sustanciaron con otras hasta que sus hermanos llegaron a la barra. Entonces, la historia se diversificó con otros puntos de vista con una característica común: el humor: por eso decía que cada cual cuenta a su modo.

 

Y, ahí, en esa ensoñación del mediodía de un sábado otoñal se verificó una vez más que necesitamos de las historias más de lo que pensamos y que el hecho de narrar es consustancial al ser humano. Somos, por naturaleza, seres sociables. Y necesitados estamos de ser escuchados, bien por una sencilla conversación, donde hablar del tiempo que hace es lo primordial, bien porque escribimos las historias que bullen por nuestras imaginaciones más variopintas. Algunos sostienen que los verdaderos hacedores de historias son los políticos: no lo sabemos, pero sí estamos en posición de confirmar que el lenguaje que ellos emplean se dedica a los otros políticos contrarios, considerados en este tiempo que nos ha tocado en suerte como verdaderos enemigos: ya nadie los llama adversarios.

 

En definitiva, necesitamos de las historias: escritas o contadas. Cada uno elige la suya. O las dos, que de todo hay. La persona con quien hablo del tiempo que hace, me lo dijo claramente el otro día: lo mío da para una novela.

 

Y la sonrisa, entonces, se materializó con socarronería sobrevenida.

 

Juan FERRERA GIL

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