...y llegaron las lluvias avisadas y esperadas. Buena fecha para tan deseoso acontecimiento en el que el invierno no lo sería tanto sin ellas. Las calles se ven anegadas de correntías en las que los lujosos adornos navideños lucen mustios por el agua, la gente ataviada de abrigos y chubasqueros, poco usados desde el último invierno que apenas llovió, transitan con sus desplegados paraguas de mil colores y diseños, buscando quizá un regalo para Reyes, viandas para el comistraje navideño o una taza de chocolate con churros en el primer establecimiento que se encuentre.
A pesar de la lluvia, la gente no se cansa de comentar este fenómeno natural tan esperado: que si el Teide está nevado, que si los barrancos del centro están corriendo y entrando en las presas, que si esta buena lluvia va a hacer que baje el precio de las papas...
Muchos se quedan en casa , en el sofá con la mantita hasta el cuello y oyendo llover que es una delicia, mientras piden por el móvil la consabida pizza, para qué salir, si toda la información de este inusual acontecer, se lo sirven por la tele con todo lujo de detalles. A un lado de la acogedora estancia, un lujoso árbol de Navidad con muchas luces y un minúsculo Misterio de Belén en una mesita para guardar las formas tradicionales.
Pero qué distinto cómo se pasaba el invierno hace muuuchas décadas, pues el invierno era más crudo, la gente no tenía electricidad como ahora si no que dependía de la “planta de la luz” con más apagones que encendidos, en las calles apenas había luminarias, la mayoría de ellas dotadas con callaos entre los que discurrían barranqueras todo el invierno. La gente pasaba apresurada hacia sus casas bajo unos negros paraguas, los que los tenían, otros con sacos de arpilleras como gabardinas. Las calles no eran muy apetecibles para entretenerse en ellas, todos a casita, al calor del hogar y en algunos de estos hogares era para achicar agua de las inmensas goteras que no cesaban, aún así, había algún aparato de radio para oír noticias, novelas o música, mientras se tomaba chocolate con galletas María y en El Portal, los niños adelantábamos un poco, como todos los días, los camellos con los Reyes, deseosos que llegara el Día ansiado.
Era todo una aventura acercarse a ver correr el barranco que, desde lejos, ya se oía su bramar y no nos importaba mojarnos y llegar a casa como pollos porque mamá siempre tenía a mano agüita guisá de poleo, y la alpargata, que también daba calorcito .
¡Cuánto recuerdo aquellos inviernos donde los chicos éramos protagonistas de todos nuestros juegos y la lectura uno de nuestros entretenimientos favoritos! También éramos artífices de nuestros belenes, buscando musgo y helechos por el barranco, guardando la platina de los chocolates y caramelos para los ríos y lagos, y pensando en lo que nos traerían los Reyes que, a pesar de la extensa carta petitoria, nunca se cumplían nuestras expectativas. Pero aquel misterio de ver en nuestros zapatos cosas nos llenaban de alegre sorpresa.
En fin, los tiempos cambian...
Texto e ilustración: Juana Moreno Molina
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