Cuando el año empieza con silencio… y con latidos
El año nuevo suele llegar envuelto en promesas. Brindamos, abrazamos, hacemos planes. Creemos quizá por necesidad que al cambiar el calendario algo dentro y fuera de nosotros también se ordenará. Pero este año, como tantos otros, comenzó con una herida abierta.
Las noticias de personas fallecidas en los Alpes, la de quienes no lograron ver amanecer el primer día del año en una habitación de hospital, de accidentes que apagaron vidas de forma repentina, nos recuerdan una verdad incómoda: no todos empiezan el año celebrando. Mientras unos cuentan segundos para las campanadas, otros cuentan respiraciones. Mientras hay fuegos artificiales, hay pasillos en silencio.
Cada una de esas personas tenía un nombre, una historia, alguien esperándola/e. No eran cifras ni titulares pasajeros. Eran risas habituales en alguna mesa, mensajes pendientes en un teléfono, proyectos que no sabremos cómo habrían terminado. Y, sin embargo, el mundo sigue girando con una prisa que a veces duele.
Pero, al mismo tiempo, en otras habitaciones ocurrió algo igual de poderoso y casi invisible para las noticias: nacieron vidas nuevas. Hubo primeros llantos, manos diminutas aferrándose al aire, miradas cansadas y emocionadas descubriendo un rostro por primera vez. Mientras algunos se despedían, otros llegaban.
Esa convivencia entre la pérdida y el comienzo nos recuerda que la vida no entiende de calendarios ni de titulares. Que el mismo día puede ser el último para unos y el primero para otros. Que el dolor y la esperanza no se contradicen: caminan juntos.
Quizá ahí esté la lección más profunda de este inicio de año. Honrar a quienes se fueron sin olvidar celebrar a quienes llegan. Aprender a vivir con más conciencia de nuestra fragilidad, pero también de nuestra capacidad de amar, cuidar y empezar de nuevo.
Recordar a los que faltan no entristece el año que empieza; le da profundidad. Celebrar a los que llegan no borra el dolor; lo ilumina. Que este año nuevo no sea solo una fecha, sino un compromiso: vivir con más presencia, más empatía y más humanidad, para que cada despedida y cada bienvenida tengan sentido.
Pedro Lorenzo Rodríguez Reyes.





























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