
Cada noche del 5 de enero, la ciudad de Gáldar se detiene para vivir la escenificación del Auto de los Reyes Magos, la representación dramática más emblemática de la Navidad en Gran Canaria y una de las más prestigiosas de todo el archipiélago. Esta tradición, que hunde sus raíces en la década de los años 20 y 30 del siglo pasado, es mucho más que un acto religioso; es un ejercicio de memoria colectiva que fue reconocido oficialmente como Bien de Interés Cultural (BIC) en el año 1988, un hito que blindó para siempre su protección, prestigio y valor antropológico.
La importancia de este acto en Canarias es capital, pues se erige como uno de los autos sacramentales más antiguos y mejor conservados de las islas. En un entorno donde muchas tradiciones se han desdibujado con el tiempo, Gáldar ha logrado mantener viva una joya del teatro popular que sirve de referente cultural para toda la comunidad autónoma. Su pervivencia es el testimonio de cómo el pueblo canario custodia su legado, convirtiendo esta noche en una cita ineludible para estudiosos del folclore y para miles de familias que se desplazan desde diversos puntos de la geografía insular.
Hablar del Auto es rendir homenaje a una historia de esfuerzo vecinal y pasión por las tablas. Esta pieza alcanzó su madurez y reconocimiento gracias al impulso de agrupaciones que marcaron época. Primero, con la labor fundamental del Grupo Ajódar, precursor de su recuperación tras años de silencio, y posteriormente con la Compañía Teatral Gáldar, que durante un largo periodo dotó a la obra de una solemnidad, una dirección artística y una factura escénica impecables.
En la actualidad, el Auto se ha adaptado a un formato más ágil e intenso de unos 30 minutos de duración, pero sin perder un ápice de su carga dramática. Un elemento crucial en esta evolución es la importancia del texto y la oralidad; a pesar del paso del tiempo, se ha mantenido un respeto escrupuloso por la rima y el lenguaje de los versos, cuya declamación pausada y rítmica constituye el alma de la obra. La palabra dicha, heredada del teatro clásico y los autos sacramentales, es la que verdaderamente guía la emoción del espectador que asiste admirado a esta representación.
En el corazón de este drama se alza la figura de los Reyes Magos, cuya importancia trasciende lo puramente escénico. Melchor, Gaspar y Baltasar representan la búsqueda universal de la luz y la esperanza. En Gáldar, su llegada no es solo el clímax de una noche mágica, sino el símbolo de la sabiduría y la humildad frente al poder terrenal. Sus Majestades personifican la unión de los pueblos y la custodia de la ilusión de miles de familias que ven en ellos el vínculo más puro entre la tradición y el presente.
El peso de esta historia lo late su elenco: cerca de medio centenar de actores y actrices, todos ellos vecinos del municipio, que se entregan con devoción a sus personajes. Lo que hace único a este cuadro de actores es el relevo generacional: en muchos casos, los jóvenes que hoy interpretan a pajes o soldados son hijos o nietos de aquellos que antaño daban vida a los Reyes o a Herodes. Es un teatro de pueblo donde la memoria de las frases y la forma de proyectar la voz se transmite de padres a hijos, manteniendo viva la entonación y la gravedad que el acto requiere.
En el plano interpretativo, la figura de Herodes sigue siendo el gran desafío; una figura que exige una gran fuerza escénica para encarnar la soberbia frente a la humildad de los Magos. Este rigor actoral se ve realzado por la vistosidad de un vestuario que ha ganado en riqueza con el paso de las décadas, diferenciando claramente la opulencia de la corte de la mística de los tres de Oriente, y por un cuidado diseño de iluminación y sonido que envuelve la plaza en una atmósfera irreal.
La fisonomía del espectáculo también guarda la memoria de sus cambios geográficos. Aunque hoy la representación se desarrolla en el lado de la Plaza de Santiago que linda con la Iglesia, es necesario recordar que, en otro tiempo, el escenario natural no era otro que el imponente frontis y la escalinata del Templo Matriz de Santiago. Aquella estampa de los Reyes Magos ante las puertas del templo, utilizando las gradas como espacio escénico, permanece como uno de los hitos visuales más potentes en la historia del municipio.
Durante la función, se produce un fenómeno conmovedor: el silencio absoluto y respetuoso de los miles de asistentes que abarrotan la plaza, permitiendo que la oralidad de los versos llegue nítida a cada rincón. Sin embargo, al finalizar la obra, la solemnidad se rompe con un gesto de profunda cercanía: los actores bajan del escenario para mezclarse con la gente, permitiendo que los niños y las familias se acerquen a los personajes, fundiendo así el teatro con la vida del pueblo. Gáldar no solo celebra una tradición; protege un Bien patrimonial vivo que, generación tras generación, sigue emocionando a quienes se reúnen a la sombra de la Iglesia de Santiago para ser testigos de este drama sagrado





























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