Árbol de navidad del barrio guiense de BecerrilHoy vengo peleona, con ganas de reivindicar y de que todos los lectores conozcan una realidad que afecta a toda una comunidad.
Como saben, nuestra isla está dividida en municipios y estos a su vez en barrios. Me van a permitir que haga esta reivindicación como si fuera una historia, la de una familia en la que el padre, quien tiene que cuidar, proteger y beneficiar a todos sus hijos por igual, no lo hace.
Santa María de Guía es esa familia de la que hablo, una familia muy numerosa, con muchísimos barrios que son hijos. Como en todas las familias los hay más grandes, más pequeños, más ruidosos, más tranquilos. Y todos tienen un padre común, una institución que debería velar por todos por igual, pero ¿ustedes creen que lo hace?
Pues no. Escribo como hija del barrio de Becerril, uno de esos hijos de Guía, uno que durante muchos años ha permanecido dormido, sin hacer ruido, pasando desapercibido hasta que un día, sus hijos quisieron hacerle despertar, volver a la vida. Y entonces los problemas empezaron y nos dimos cuenta que a nosotros papá no nos quiere.
Me gustaría dejar constancia de que este artículo no va contra nuestros hermanos de otros barrios, sino sobre la discriminación más que evidente que, nuestro padre común, tiene hacia su hijo Becerril.
Estamos en unas fechas muy bonitas. Basta con darse una vuelta por “la casa” en la que vive esta enorme familia que es Santa María de Guía para ver lo bonito que está todo. Las luces en las calles, los árboles de navidad brillando… en Becerril no, tenemos luces en las calles, sí y hasta un oso luminoso, pero nuestro árbol de navidad está encerrado porque papá dice que para nosotros no hay dinero.
Lo sabemos, porque, como en todas las familias, los hermanos hablan entre ellos. Primero fueron las fiestas patronales, que salieron adelante gracias al empuje y la colaboración de los vecinos, y ahora hemos vuelto a ver como todos nuestros hermanos reciben el aguinaldo de papá menos nosotros.
El ejemplo más claro y evidente es el de nuestro hermano más cercano: la inauguración del árbol de navidad de La Atalaya, hecho por las vecinas del barrio y colocado en plena plaza, a bombo y platillo, en todos los medios locales e insulares, mercadillo navideño, música…
¿Y el nuestro? Uno elaborado también por las manos de nuestras vecinas más veteranas, con ilusión. Pues el nuestro está encerrado dentro de la asociación de vecinos porque, para colocarlo en nuestra plaza, papá dice que no hay dinero.
No pierdan la oportunidad de pasaros a ver nuestro árbol que, aunque escondido, brilla y luce hermoso y tiene detrás muchas horas de trabajo y el entusiasmo de un grupo de guerreras lideradas por una mujer increíble, que, aunque sea a base de golpes, demuestran que, a pesar de ser ignorado por su padre, Becerril tiene un montón de madres dispuestas a luchar por sacarlo adelante.
Repito, estas letras no van contra nuestros barrios hermanos y sus vecinos, todo lo contrario, quien no haya ido a ver el árbol de ganchillo de La Atalaya que corran a verlo, porque es hermoso y muy digno de ver.
Desde Becerril miramos a nuestro alrededor y nos sentimos desamparados por quien tiene que cuidarnos y ayudarnos a crecer. Vemos como todos nuestros hermanos crecen y prosperan de la mano de papá y nosotros, no nos quedamos atrás, pero tenemos que avanzar solos. A veces, incluso teniendo a nuestro padre en contra, que ni rema ni deja remar y si puede pone icebergs en nuestra travesía, pero nosotros, al contrario que el Titanic, los esquivamos y seguimos adelante.
Porque en este barrio no falta el calor de la pequeña familia que somos. A veces hay algún hijo descarriado que entorpece más que ayudar, pero por suerte somos muchos más los hijos de Becerril que queremos salir a flote, nos unimos y conseguimos grandes cosas, sin la ayuda ni el respaldo de papá. Porqué, ya hemos aceptado, aunque no sepamos el motivo, que papá no nos quiere.
Zeneida Miranda Suárez































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