Manuela Ramírez Romero, Lela, que ahora tiene 91 años, aún recuerda cada detalle. Recuerda cuando su padre, Don Manuel Ramírez López, también calaba en los ratos muertos entre faena y faena. "Lo veía raro, pero a él no le importaba. Decía que las manos sabias no tienen sexo", rememora. En aquella época, esas manos, las de su madre, las de su padre, las de todo el pueblo levantaron familias enteras. Hoy las caladoras que quedan venden sus piezas por internet a precio de saldo. La isla cambió de piel. El hilo sigue siendo el mismo.
En cualquier pueblo de Gran Canaria, si uno aguza el oído al atardecer, todavía puede captar, muy bajito, el chasquido casi imperceptible de unas tijeras de punta fina y el roce de un hilo que se desliza como quien no quiere hacer ruido. Es el último eco de un oficio que durante más de un siglo fue mucho más que artesanía: fue salario, fue escuela, fue resistencia silenciosa y fue, sobre todo, la manera en que miles de mujeres canarias sostuvieron literalmente sus casas cuando la isla entera parecía tambalearse.
Donde había miseria, aparecía un bastidor
Porque el calado no nació en Ingenio ni en Carrizal, aunque allí alcanzó su mayor densidad y su mayor fama. Nació donde había miseria y manos hábiles: en los altos de Valsequillo, en las medianías de San Mateo, en las casas de piedra y barro de Guía y Gáldar, en los patios umbríos de Teror, en los barrios de Vegueta y Triana cuando aún olían a mar y a carbón. Dondequiera que una mujer tuviera una mesa, una ventana con luz y una necesidad urgente de dinero contante y sonante, allí aparecía un bastidor.
En los años de la posguerra y el hambre negra, y luego durante el desarrollismo cutre de los sesenta y setenta, el calado fue el gran complemento invisible de la economía canaria. Los hombres trabajaban en los tomateros o en las plátaneras, se mataban en las obras o faenaban en el puerto de La Luz; las mujeres criaban, guisaban, lavaban y, entre puchero y puchero, sacaban hebras y rehacían el tejido del mundo. A veces a la luz de un quinqué, a veces con la radio puesta en Simplemente María o Ama Rosa, siempre con una urgencia que no cabía en palabras.
Números que decidían si el niño iba descalzo a la comunión
Una caladora de Firgas podía ganar en un mes lo que su marido no veía en tres jornales malos. En el sureste, donde la tierra era más seca y el turismo tardó más en llegar, el calado llegó a suponer hasta el treinta por ciento de los ingresos de una casa. Doscientas, trescientas pesetas al mes que decidían si se compraba aceite o si el niño iba descalzo a la comunión.
Con esas pesetas se levantaron paredes, se pagaron letras de pisos en muchos pueblos, se mandaron hijos a la Península o Tenerife a estudiar magisterio. El calado no era romanticismo: era supervivencia con puntada de orgullo.
Sororidad pura: la escuela del patio
Y era sororidad pura. Las niñas aprendían mirando, ayudando a sacar hebras, equivocándose, rompiendo tela, volviendo a empezar. No había academias ni títulos; la maestra era la madre, la tía, la vecina de al lado con la puerta siempre abierta. En Carrizal, en Ingenio, en El Caracol, en Hoya de Pineda, los patios se llenaban de bastidores y de voces.
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Cleofé Ramírez subía desde Carrizal con sus hijas cargadas de piezas; también en Carrizal, las hermanas Castellano despachaban encargos para la capital; en Agaete, las mujeres de La Aldea enviaban colchas a Cuba a través de los exportadores de Telde. Franceses que querían colores fuertes, alemanes que solo aceptaban el blanco nuclear, daneses que se enamoraban del lila pálido. Cada mercado tenía su capricho y cada caladora su especialidad.
El alba papal que nadie firmó
En 1970, una de esas piezas anónimas viajó hasta el Vaticano: un alba papal bordada íntegramente a mano en Gran Canaria y enviada por el Museo de Piedras de Ingenio. Pablo VI la llevó puesta. Nadie sabe hoy el nombre de la mujer o las mujeres que la hicieron. Como casi siempre.
Porque esa es la gran paradoja del calado canario: fue omnipresente y, al mismo tiempo, invisible. Las listas de premiadas son cortas: Segunda Gil Espino, María Artiles Ramírez, unas pocas más, pero las manos reales fueron decenas de miles.
Antoñita Morales, 98 años y contando, sigue sentándose cada tarde en su patio de Carrizal porque, dice, "si no calo, me falta algo".
De levantar familias a vender por Wallapop
Hoy, en 2025, mientras Gran Canaria se llena de hoteles de lujo y de turistas que pagan 300 euros por una camiseta "handmade" en un mercadillo hippie, muchas de las mujeres que aún calan en sus casas siguen cobrando entre 30 y 80 euros por una pieza que tarda semanas en hacerse.
Las mismas manos que en los años sesenta levantaron familias enteras con siete pesetas ahora malviven con una pensión no contributiva y venden por Wallapop lo que antes enviaban a Cuba o al Vaticano. La isla cambió de piel, pero el hilo sigue siendo el mismo: el de siempre, el de las que nunca salen en las fotos.
La resistencia sigue viva
Aun así, el calado no ha muerto. En la Asociación de Caladoras de Ingenio, en Telde, en las ferias de artesanía todavía hay dedos que saben sacar una hebra sin romper la tela y rehacer el dibujo como quien recompone una vida rota.
Porque cada puntada lleva dentro una historia que no cabe en ningún museo: la de las mujeres que, sin hacer ruido, bordaron la economía y la dignidad de toda una isla cuando nadie más lo hacía por ellas.
Y mientras quede una sola mano dispuesta a coger aguja e hilo, esa historia seguirá viva. Porque, como dice Antoñita con la voz temblorosa pero firme: "Yo seguiré calando mientras pueda… porque el calado fue lo que nos dio de comer. Y eso no se olvida".
Nunca se olvidará.
Este reportaje se basa en testimonios orales recogidos directamente y en la observación de una realidad que aún pervive en los pueblos de Gran Canaria. Los datos económicos corresponden a la memoria transmitida por las propias caladoras y sus familias.
Juan Vega Romero
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