¡50 años de libertades!

Juan Ramón Hernández Valerón.

[Img #32956]Aquel día, 20 de noviembre de 1975, tenía yo 22 años. Reunida la familia frente al televisor, oíamos las palabras pronunciadas por Arias Navarro que, con voz quejumbrosa y semblante lloroso, manifestó: “Españoles, Franco ha muerto”. Esta fue la forma de anunciar oficialmente la muerte del dictador Francisco Franco y, por ende, la Dictadura. La noticia fue recibida de manera bien diferente por unos y por otros. Hubo quienes lloraron a lágrima viva la desaparición de “El Caudillo de España”, “El Generalísimo”, y otros que celebraron la muerte “de uno de los dictadores más longevos de Europa”. Otros muchos temieron un nuevo levantamiento militar, cosa que, afortunadamente, no pasó, aunque algunos nostálgicos lo echaron de menos.
 
En septiembre había terminado mis estudios de Magisterio. Tenía que haberlo hecho en junio, pero la asignatura de música se me atragantó y tuve que pasar el verano con la angustia manifiesta de saber si podría empezar a trabajar a partir de octubre, pues se daba la circunstancia de que era el mantenedor económico de la familia. Superado el escollo, pude incorporarme al mundo laboral. 
 
En 1975 terminó oficialmente la dictadura, aunque dicho régimen llevaba años dando síntomas de estar llegando a su fin. Desde principios de los 70 se palpaba en la sociedad que la dictadura estaba moribunda.
 
Fue con dieciséis y diecisiete años, mientras cursaba Quinto y Sexto Curso de Bachillerato, cuando empecé a tomar cierta conciencia  política, a interesarme por los problemas sociales, a reunirme en pequeños grupos a escondidas, siempre con el miedo metido en el cuerpo cuando íbamos o salíamos de las reuniones, sabedores de que algunos ojos nos estarían observando, dispuestos en cualquier momento a delatarnos. 
 
El mundo estudiantil era un hervidero de “revolucionarios teóricos” que comenzaban a levantar la voz contra una dictadura que no aflojaba un ápice en su control de la sociedad. Franco, el Dictador, era uno solo, pero en cada familia, en cada calle, en cada barrio y en cada pueblo había muchos Francos, muchos dictadorcillos que te estaban continuamente amenazando y vigilando, dispuestos a hacerte la vida imposible. 
 
Cualquier reunión que pasara de tres individuos era considerada ilegal a sus ojos. Ellos, juntos con el cura del pueblo, que vigilaba la moral de los ciudadanos, marcaban los límites de nuestro estrecho mundo, por lo que casi todo era pecado o ilegal. Vivíamos en un mundo gris, oscuro, de cartón piedra, que no quería o no podía incorporarse a Europa para disfrutar los aires de derechos y libertades. 
 
Algunos de nosotros, constreñidos en un ambiente cerril donde abundaban los adulones de las autoridades locales dispuestos a levantar el brazo y saludar con el gesto fascista y a cantar el “Cara al sol” a la menor ocasión, esperábamos como agua de mayo la llegada de los compañeros  que cursaban estudios en la Universidad de La Laguna para que nos pusieran al día en libros, canciones, poesías e ideas que acogíamos como seres hambrientos de derechos y ansiosos de libertades, porque los que frecuentaban los pasillos universitarios, los que tuvieron la suerte de asistir a la Universidad, disfrutaban de un ambiente mucho más abierto y contribuyeron con sus gestos, acciones y opiniones a ensayar formas democráticas. 
 
Todos soñábamos con su llegada, en la que la libertad, igualdad y fraternidad fueran el santo y seña de cada día. Y aunque nunca fuimos revolucionarios de pura cepa, al menos algunos, a pesar de llevar el pelo largo (“todos maricones”, nos calificaban nuestros varones mayores) y vestir con pantalones vaqueros y camisa a cuadros, sí comenzábamos a tener algunas ideas muy claras sobre la modernidad, la cual pasaba por acabar con la dictadura, que era sinónimo de lo obsoleto e inamovible. 
 
Nosotros queríamos avanzar, dejar de ser pueblerinos, convencer a nuestras chicas de que no fueran unas mojigatas (ellas también nos proponían que no fuéramos tan machistas ), que se pusieran al día, que estuvieran a la moda, que saliéramos de la oscuridad de aquella España rancia y vengativa y que nos incorporáramos cuanto antes a la vida democrática. 
 
Y así, para sentirnos que estábamos haciendo algo provechoso, formamos un grupo de música y otro de teatro para cantar canciones “protestas”, muchas de ellas sudamericanas, o poníamos música a poemas de García Lorca y otros poetas. Al mismo tiempo, dramatizábamos obras que, aunque algunas de ellas no pudieron pasar la censura, ayudaron a reflexionar, a tener nuevos planteamientos del mundo y de la vida, donde la libertad había que defenderla contra viento y marea. 
 
Años más tarde nos enteramos que estuvimos señalados, estigmatizados con los adjetivos de “rojos” y “comunistas” entre la gente bien pensante por nuestra manera de hacer y de estar en el mundo. 
 
Cuarenta años después, cuando gozábamos de plena vida democrática, un redomado franquista de aquellos de mi juventud, se atrevió a decirme algo que me heló la sangre.  Mi respuesta a su bárbaro comentario no fue otra que la de hacerle ver que mientras él ahora podía decir en voz alta las cosas que pensaba sin miedo a ser señalado o detenido, muchos no podíamos manifestar nuestra opinión en aquellos terribles tiempos de la dictadura. 
 
No fueron agradables esos años vividos en la primera juventud. Nos sentíamos amedrentados, vigilados, controlados en todo momento por el sistema. Sin embargo, sentíamos la necesidad de gritar a los cuatro vientos que la vida era mucho más que aquel pequeño pueblo de gente machista e inculta, que tenía como única diversión el ambiente de los bares y los bailes semanales en el casino. Hubo momentos en que parecía que nos asfixiábamos. Pero llegó, tras la muerte del dictador, la Democracia y todo cambió. Todos juntos fuimos a celebrarlo y comenzamos a participar activamente en la política, apoyando a partidos con claros objetivos democráticos.
 
Del tiempo de la dictadura guardo un recuerdo de la infancia que se quedó en mi retina para siempre. Siendo un niño de siete u ocho años acompañaba a mi padre a cobrar una especie de subvención (tiempo después supe que se trataba del Sindicato vertical). Mi padre, de pie junto a otros hombres, guardaba la fila para cobrar una mísera cantidad de la que, encima, estaba obligado a dejar una propina. Pero lo más que recuerdo, lo que se me ha quedado indeleble hasta el día de hoy, fue la actitud tan sumisa de mi progenitor y la de todos aquellos que guardaban su turno. Esa imagen nunca se ha podido borrar de mi memoria. Me sigue impactando cada vez que la recuerdo porque era la viva imagen de la sociedad que querían prolongar hasta el fin de los días: la sumisión como forma de vida.
 
La gente que no ha vivido una dictadura, ojalá nunca se vean en esa situación, no sabe el verdadero valor de la libertad. Si lo supiera no harían lo que hoy día hacen, dicen y cantan. Cuando veo a gente joven con el brazo levantado cantando el “Cara al sol” me pregunto qué cosas hemos hecho mal para que unos jóvenes que no sufrieron una dictadura, que no saben lo que es vivir sin libertades, canten alegremente invitando, además, a otros a que los imiten. Dirán algunos que no vale con decir que no la vivieron, pero el comentario de una parte de la gente joven diciendo que no le importaría vivir en una dictadura si tuviesen mayor calidad de vida, nos preocupa. 
 
Imagino que se sienten frustrados con el sistema democrático porque no les ha garantizado un derecho tan fundamental como es el acceso a una vivienda digna, por ejemplo. Ignoran, por no haberla vivido, que en la dictadura había mucha pobreza económica y mucha pobreza moral; que fue una época muy dura, de mucha represión; de muchos presos políticos solo por pensar diferente; que había otros muchos perseguidos que fueron apresados por ser diferentes, como los homosexuales; que las mujeres carecían de derechos; que…
 
 
Hay materias que no pueden ser dejadas de la mano de Dios (la frase no puede reflejar mejor lo que quiero decir). La enseñanza de nuestros valores democráticos debería ser asignatura obligatoria desde la Escuela Primaria hasta la llegada a la Universidad. A lo mejor se conseguiría que la sociedad que tenemos comience a valorarla en su justa medida y a defenderla con uñas y dientes cuando se encuentre amenazada. Porque un sistema democrático, por muy imperfecto que sea, por muchas carencias que tenga, siempre será preferible a una dictadura.
 
Juan Ramón Hernández Valerón.
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