Tarde invernal
Las campanas de la cercana iglesia, al dar las siete, rompen el silencio de la invernal tarde. Las mujeres que en ese momento se encuentran en el viejo templo forman un grupo compacto y abigarrado. Por lo bajo se oyen los susurros de sus rezos monótonos, acordes y constantes, solo interrumpidos de vez en cuando por el chirrido de la puerta, al abrirse para dar paso a una nueva devota.
En el frío de las tardes invernales me gusta acudir al sagrado recinto y permito que me invada la atmósfera de la cálida estancia;la suave luz de los cirios, el perfume de las flores, la penumbra y el silencio.
En algunos momentos, unos tímidos y tenues rayos de sol penetran, como pidiendo permiso, a través de las vidrieras de vivos colores, y los rojos se tornan más brillantes, los amarillos más dorados, los verdes más luminosos y los azules más intensos.
Cierro los ojos y me dejo llevar por las diversas sensaciones que experimento. De pronto todo el malestar desaparece. La calle queda lejos, las preocupaciones están fuera y una consoladora y reconfortante paz me embargan por completo.
Todo aquí dentro cobra sentido y las preguntas obtienen respuestas. Los vanos afanes, los falsos amores, las mezquindades cotidianas quedan lejos y fuera.
Algunas tardes del frío invierno me gusta acercarme al viejo templo y escuchar los sonidos del silencio.
Carmen María Ferrera Gil






























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