Herencia

Javier Estévez

[Img #6052]Ocurrió que mi abuela materna estudió y ejerció el magisterio durante la Segunda República. Y en la posguerra. Hasta que falleció. Que su marido, antes de que ella muriera, le prometió que sus hijos tendrían estudios. Que él fue perito agrícola. Que tras volver a casarse cambió su profesión por la de Maestro Nacional. Y ejerció hasta que murió. Que su mujer se empeñó en cumplir su promesa y todos sus hijos estudiaron. Y fueron maestros.

 

Que mi madre trabajó y disfrutó de la enseñanza pública. Hasta que murió. Que fue de esas mujeres capaces de cambiar el mundo. Que educar para ella era lo que para nosotros es respirar. Que tenía la capacidad de transformar lo anecdótico en instructivo. Porque la vida, para ella, era una enseñanza permanente. Un continuo aprendizaje.

 

Que mi padre no protegía: empujaba. No cobijaba: forjaba. Que sabía algo de la vida, lo suficiente para enseñarnos el valor de las derrotas, aceptar los fracasos y volver a empezar sin que la dignidad se viese afectada.

 

Que junto a mis amigos de la infancia, en aquel grupo scout inolvidable, exploré y descubrí lo ilimitada que es la felicidad. Y el compromiso con los demás. Que en La Gomera, donde la familia Giráldez, comenzó mi fascinación por la naturaleza. Por los árboles. Que allí intuí por primera vez que el bosque guarda todas las respuestas a todas las preguntas. Todos los colores, todas las formas, melodías y poemas.

 

Que con un amigo de juventud crucé esta isla caminando cuando aún no podía votar. Que juntos aprendimos a perdernos, a sentirnos pequeños en lo inmenso, y a compartir la emoción por las puestas de sol y las noches estrelladas.

 

Que en la universidad estudié Geografía. Que supe entonces que el paisaje, más que paisaje, es un espejo. Que aprendí didáctica, pedagogía y algunos fundamentos de educación ambiental. Que al terminar, cofundé y trabajé en Maresía, donde nos divertimos soñando y diseñando actividades educativas en el litoral.

 

Que hace trece años comencé a guiar a un grupo fascinante e irrepetible por los senderos de este archipiélago y de más allá.

 

Que tendemos a repetir lo que hicieron bien quienes amamos. Que lo vivido forja nuestro carácter. Que somos la suma de todo lo que ocurrió en nuestro pasado y en el de nuestros ancestros. Y que renunciar a ser uno mismo es la peor de las traiciones.

 

Dicho esto, ¿aún crees que cuando, en nuestras caminatas, nos detenemos y trato de explicar lo que ven mis ojos, lo que brota en mi mente y enardece mi corazón, lo hago solo por afán de protagonismo?¿De verdad?

 

Javier Estévez

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