Un mercadillo venido a menos
Tengo más que claro, que los mercadillos han provocado durante mucho tiempo atrás, un vivo interés pasional y emocional, en muchas comunidades de ámbito básicamente local. Áreas donde el vocerío, los colores y los aromas se mezclan para ofrecer una experiencia única. Sin embargo, no todos los mercadillos logran mantener su naturaleza con el paso del tiempo, y algunos, lamentablemente, parecen haber perdido el brillo que los hacía especiales.
En este caso, hablamos de un mercadillo, que antaño, era un referente en la zona norte de Gran Canaria. Sus puestos ofrecían productos frescos, artesanías únicas y una atmósfera que invitaba a pasear sin prisas. Pero hoy, al recorrer la plaza, lugar donde normalmente se ubica, se percibe un aire de decadencia. Los puestos que antes rebosaban de vida, ahora parecen repetitivos; con productos genéricos que se encuentran en cualquier tienda. La variedad ha dado paso a la monotonía, y la calidad, en muchos casos, ha quedado relegada.
¿Qué ha sucedido? Quizás la causa de la merma de su atractivo, tenga que ver con la competencia de los grandes centros comerciales y las compras online; o tal vez, por la falta de apoyo institucional; ¿y por qué no?; también podría tener que ver, con la escasa renovación de los comerciantes. Sea cual sea la causa o las causas, lo cierto es, que el mercadillo del que les hablo, a mi juicio, ya no tiene ningún parecido con el de sus orígenes.
Sin embargo, no todo está perdido. El mercadillo tiene un valor cultural y social que no puede ser reemplazado por ninguna pantalla ni escaparate. Con un esfuerzo conjunto entre comerciantes, vecinos y autoridades, creo que hay posibilidades de revitalizar este mercadillo. Apostar por productos locales, fomentar la creatividad y recuperar actividades que atraigan a las familias podría ser el primer paso para devolverle su alma.
Porque este mercadillo, no es solo un lugar de compras; es un punto de encuentro, un reflejo de la identidad de una comunidad, y merece ser preservado.
En nuestro país, la cultura de comercio al aire libre, cuenta con una gran tradición y arraigo social desde hace muchísimos años. Muchos de nuestros municipios, ciudades y pueblos cuentan todavía, al menos, con una oferta semanal de comercio ambulante que abastece a ciudadanos y visitantes, de productos locales, de cohesión social y de convivencia.
Sin embargo, en los últimos años, los mercadillos han sido relegados a un papel más secundario, posiblemente por todas las causas que antes mencionamos, y por la ausencia de medidas para profesionalizar y modernizar la forma de comercio más antigua del mundo.
El poder dinamizador de los mercadillos, siempre ha estado presente, pero es ahora, en un momento de debilidad, cuando las instituciones públicas pueden, y, a mi juicio, deben promover, a través de su gestión, un aumento de su público y una mejora de su imagen; imagen que representa y forma parte de la figura que proyecta la ciudad que lo acoge.
Muchas son las razones por las que se debe mejorar la gestión de nuestro mercado al aire libre, y ello es, porque lleva implícito un impulso a la economía local, fomentando la interacción social, el comercio sostenible y el crecimiento de la identidad cultural de la ciudad.
Los mercadillos en general, y por ende, el que protagoniza este escrito, son una plataforma perfecta para pequeños comerciantes y artesanos locales, porque les permite mostrar y vender sus productos, siendo una primera ventana para iniciar sus actividades económicas. Además, los hortelanos y agricultores locales encuentran en los mercados al aire libre una buena manera de obtener un margen de beneficios mayor, ofreciendo producto de proximidad a un precio más asequible para el usuario, alejado de las grandes cadenas que cuentan con un mayor número de intermediarios.
Al apoyar a estos negocios locales, los mercadillos contribuyen directamente al crecimiento económico de la ciudad, promoviendo un ciclo de consumo más sostenible y fortaleciendo la cadena de suministro local y la economía circular.
Además de ser un espacio comercial y económico, los mercadillos, como no podía ser de otra manera, son también espacios de encuentro donde la comunidad se reúne y comparte experiencias.
Estas interacciones no sólo fortalecen el tejido social de la ciudad. También generan un sentimiento de pertenencia, orgullo de los productos locales y los profesionales que trabajan para llevarlos a los mercadillos. En un mundo en el que la interacción social cada vez es menos habitual, como consecuencia de la digitalización, los mercadillos son un espacio en el que los vecinos pueden crear lazos sociales.
Otro de los elementos claves sin el que no se puede entender al comercio ambulante como clave dinamizadora, es el respeto hacia el medio ambiente y la sostenibilidad. El comercio ambulante es local, de proximidad y requiere de menor transporte, lo que facilita la reducción de emisión de dióxido de carbono. Además, en materia de alimentación, nos permite disfrutar de los productos de temporada, frutas y verduras que no precisan de largos viajes desde otros continentes.
Los mercadillos hablan de la ciudad y generan una identidad cultural fácilmente exportable. Por eso, la gestión y modernización de un mercadillo municipal, puede ser dinamizador, turístico y cultural, que atraiga a locales y visitantes.
Juan Reyes González




























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