
La Pardela Cenicienta Atlántica (Calonectris borealis) es, sin duda, la especie de ave marina más emblemática del Archipiélago Canario. Las islas albergan la mayor parte de la población mundial de esta ave, convirtiéndose en su principal santuario de cría después de pasar meses en las inmensidades del océano.
La relevancia de la pardela en Canarias trasciende lo biológico; está profundamente arraigada en el acervo cultural y la vida tradicional de sus habitantes.
El Retorno y el Eco de la Noche
La vida de la pardela es un testimonio de fidelidad migratoria. Tras viajar por el Atlántico hasta latitudes sudafricanas y sudamericanas, los adultos regresan a las costas canarias a partir de febrero para iniciar el ciclo reproductivo, anidando en cuevas y huras de acantilados y roques.
El Canto Folclórico: El elemento más distintivo es su vocalización nocturna. Al llegar a las colonias de cría, la pardela emite un canto gutural, melancólico y potente que resuena en los barrancos. Este sonido, inconfundible, es lo que le ha valido el nombre popular de "Güiña güiña" en las islas. Históricamente, este lamento nocturno fue interpretado como un sonido misterioso y se asociaba con leyendas de ánimas o fenómenos inexplicables del mar, convirtiéndose en parte de la banda sonora tradicional de la costa canaria.
Señal para el Marino: En la tradición pesquera, las grandes agrupaciones de pardelas flotando en el agua, conocidas como "balsas", eran un valioso indicador. Su presencia masiva en un punto alertaba a los pescadores sobre la existencia de bancos de peces o cefalópodos, sirviendo de guía natural para la faena diaria.
De Recurso a Especie Protegida
La pardela formó parte de la economía de subsistencia en Canarias durante siglos:
La Grasa y el Alimento: Los pollos, especialmente cargados de grasa antes de su primer vuelo, eran objeto de captura. El aceite extraído de estos pollos (el "aceite de pardela") era un recurso tradicionalmente empleado para tratar afecciones respiratorias, además de utilizarse la carne para consumo. Esta práctica, hoy ilegalizada, subraya la estrecha pero difícil relación histórica entre el ave y la población isleña.
La Increíble Fidelidad al Hogar
Si bien la pardela es famosa por sus largos viajes, lo más asombroso de su vida es su fidelidad inquebrantable a su lugar de nacimiento:
Una vez que el polluelo de pardela abandona el nido y emprende su primer vuelo hacia el mar (entre octubre y noviembre), pasará los siguientes cinco a siete años de su vida sin tocar tierra firme. Durante este extenso periodo, el joven ave vive exclusivamente sobre las aguas del Atlántico. Al alcanzar la madurez, y de forma casi milagrosa, la pardela adulta regresará a la colonia de cría y, en muchos casos, al mismo nido o cavidad donde nació para comenzar su propio ciclo reproductivo.
Esta filopatría extrema es el mayor símbolo de conexión y arraigo con el territorio canario.
El Desafío de la Luz: Un Compromiso Ciudadano
Actualmente, la mayor amenaza que afronta la pardela en Canarias no es la caza, sino la contaminación lumínica.
Cada año, entre mediados de octubre y finales de noviembre, los jóvenes pollos inician su primer vuelo nocturno hacia el mar. Las luces potentes y artificiales de las zonas costeras y urbanas los desorientan, confundiéndolas con el reflejo lunar sobre el mar. El resultado es la caída al suelo, donde quedan desamparados y son vulnerables a atropellos o depredación.
Ante esta situación, la sociedad canaria ha generado una respuesta ejemplar: las Campañas de Rescate de la Pardela Cenicienta. Estas campañas, impulsadas por cabildos, organizaciones ecologistas y, crucialmente, por miles de voluntarios ciudadanos, se activan cada otoño. El rescate de los pollos deslumbrados para su posterior liberación segura en el mar se ha convertido en una poderosa manifestación de la conciencia ambiental y el compromiso colectivo de las Islas con la protección de su patrimonio natural.
Las Amenazas Invisibles: Más Allá de las Luces
La pardela cenicienta se enfrenta a otras amenazas silenciosas y graves en el Atlántico y en las propias colonias:
Escasez de Alimento por Sobrepesca: La dieta principal de la pardela se basa en pequeños peces pelágicos (como sardinas y boquerones) y cefalópodos. El consumo humano desmesurado de estas especies, impulsado por la sobreexplotación pesquera, está provocando una dramática reducción de sus presas naturales. Esta escasez alimentaria impacta directamente en la capacidad de los padres para nutrir a su único polluelo, mermando su éxito reproductivo y, a largo plazo, el tamaño de la población.
Depredación en el Nido: Las colonias de cría en acantilados e islotes son vulnerables a especies introducidas por el ser humano, principalmente gatos asilvestrados y ratas. Estos depredadores tienen un alto impacto en la supervivencia de los huevos y los pollos que están indefensos en las huras.
Contaminación Marina y Plásticos: Como aves pelágicas, las pardelas están expuestas a la contaminación. Se ha documentado la contaminación por plástico en los polluelos, que puede ser ingerido por los adultos durante la alimentación o incorporado a los nidos, lo que conlleva graves riesgos para su salud.
Pesca Accidental (Bycatch): En alta mar, los ejemplares adultos pueden morir accidentalmente al quedar enganchados en aparejos de pesca, especialmente en el palangre, una causa de mortalidad que impacta directamente en la población reproductora y compromete la supervivencia de la especie.
Alteración de su Hábitat: El desarrollo urbanístico y turístico en el litoral puede degradar o reducir la disponibilidad de costas rocosas bien conservadas, un factor que históricamente ha afectado a la dispersión de las colonias de cría.
La pardela cenicienta es, en resumen, el ave que mejor encarna el vínculo entre la geografía volcánica de Canarias y el vasto océano que la rodea, merecedora de todo el esfuerzo en su conservación para que su ancestral canto siga resonando en las noches isleñas.





























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