Educación infantil

Soltar: el verdadero acto de amor

Acompañar el crecimiento de los hijos implica aprender a soltar, favoreciendo su autonomía y resiliencia desde la infancia hasta la adolescencia.

Haridian Suárez Vega Miércoles, 05 de Noviembre de 2025 Tiempo de lectura:

Sostienes por primera vez a tu hijo (ese reciente ser humano de 50 cm). Y con él llega también una nueva versión de ti, una versión que incluye la tentación poderosa de convertirnos en una burbuja de cristal que los proteja de todo mal.

 

Los primeros meses (incluso años) su necesidad de sostén absoluto nos coloca en un rol vital: somos su refugio, su alimento, su seguridad, su todo. Nos necesitan las 24 horas, y eso es lo que toca. No hay exceso de brazos, ni dependencia “mal creada”. Hay supervivencia, vínculo y amor.

 

Pero mientras lo sostenemos, conviene recordar algo importante: nuestra función no es mantenerlos ahí para siempre.

 

Sostener no es retener

 

Los primeros años nos exigen un sostén físico y total. Es la base segura que necesitan. Pero, poco a poco, ese sostén debe transformarse.

 

Criar también es un proceso de desapego progresivo: sostener, acompañar y luego dejar espacio.

 

El arte de soltar es, en realidad, el arte de cambiar nuestro agarre: pasar de tenerlos sujetos de la mano a ser el colchón firme que saben que siempre estará ahí si caen.

 

Es un cambio de rol silencioso, pero vital.

 

Cada etapa nos pide un papel distinto

 

A medida que crecen, la naturaleza se encarga de mostrarnos el camino.

 

El bebé que necesitaba nuestros brazos todo el día empieza a gatear, a explorar, a querer hacerlo solo.

 

Y ahí empieza el primer acto de soltar: dejar que se caiga cuando intenta dar sus primeros pasos sin correr a sujetarlo al primer tambaleo.

 

Más adelante, cuando dice “yo solo” mientras se pone los zapatos al revés o derrama medio vaso de agua intentando servirlo, otra vez toca soltar.

 

Y este soltar nos exige una paciencia sobrenatural. Toca respirar hondo, tragar el impulso de hacerlo "más rápido y mejor" y permitir que practiquen.

 

Porque cada intento fallido, cada vaso derramado, es una pequeña clase maestra de autonomía y resiliencia.

 

Nuestra función no es sobreproteger, sino dar alas y raíces.

 

Raíces para que sepan de dónde vienen y a donde volver siempre que lo necesiten.

 

Alas para que aprendan a volar por sí mismos., a explorar, a descubrir sin miedo pero con consciencia.

 

Las raíces no son cadenas; son un anclaje de amor incondicional y pertenencia.
Y las alas no son para que se vayan, sino para que elijan dónde quieren estar y cómo quieren volar.

 

Nuestros hijos no son nuestros.

 

Nos son prestados por un tiempo para enseñarles las habilidades necesarias para la vida: amar, respetar, resolver, elegir, caer y levantarse.

 

La adolescencia: soltar sin desaparecer

 

Cuando llega la adolescencia, “soltar” cobra un nuevo significado.

 

Es la etapa donde nuestro miedo se dispara. Ya no necesitan tanto nuestros brazos, pero siguen necesitando nuestra presencia.

 

Nos necesitan cerca, aunque parezcan rechazarnos.

 

Nos necesitan disponibles, aunque no lo digan.

 

Soltar, en esta etapa, puede ser dejar que se equivoque con una amistad o permitirle tomar una decisión con la que no estás del todo de acuerdo, sabiendo que aprenderá más de esa experiencia que de cien advertencias tuyas.

 

El rol cambia: pasamos de ser sostén físico a referente emocional. De dirigir, a acompañar.

 

De decidir por ellos, a confiar en que podrán decidir.

 

Si en la infancia hemos ido soltando poco a poco, esta etapa no duele tanto. Porque ya hemos aprendido a confiar, y ellos han aprendido a hacerlo también.

 

Soltar no es opcional: es la base del bienestar psicológico

 

Y si todavía te preguntas por qué soltar es tan importante, la ciencia también tiene su respuesta.

 

La psicología del desarrollo nos confirma que fomentar la autonomía no es un lujo, sino el cimiento sobre el que se construye el bienestar integral de nuestros hijos.

 

Cuando permitimos que practiquen el "yo solo" y tomen decisiones acordes a su edad, estamos potenciando los siguientes pilares:

 

• Autoestima y confianza: Cada pequeña tarea que logran por sí mismos (vestirse, decidir, resolver un conflicto simple) actúa como un refuerzo. Les enseña que son competentes y capaces, fortaleciendo su autoconcepto y seguridad en sí mismos.

• Capacidad de afrontamiento y resiliencia: Soltar es permitir el error. Los estudios señalan que los niños que experimentan autonomía aprenden a ver los fallos no como un fracaso definitivo, sino como una oportunidad de aprendizaje. Esto les permite lidiar mejor con la frustración y adaptarse a situaciones nuevas con mayor flexibilidad.

• Desarrollo del pensamiento crítico y la regulación emocional: Al tener que tomar decisiones y resolver problemas (aunque sea elegir qué camiseta ponerse), entrenan la reflexión.
A nivel emocional, este proceso les ayuda a desarrollar la autorregulación, una habilidad esencial para manejar sus emociones sin depender constantemente del adulto.

• El riesgo de no soltar: En contraste, la sobreprotección excesiva ha sido correlacionada con una menor confianza en las propias capacidades, baja autoestima y una dificultad para tomar decisiones de forma autónoma en la vida adulta.

 

Soltar es, por lo tanto, un acto de prevención y salud mental.

 

Soltar para formar adultos funcionales

 

Soltar no significa desentenderse. Significa preparar el terreno para que, poco a poco, nos hagamos prescindibles y sepan caminar sin nuestra mano.

 

Un adulto funciona es el que confía en sí mismo, asume las consecuencias de sus decisiones y sabe pedir ayuda cuando lo necesita.

 

Y eso se entrena cuando dejamos que elijan qué camiseta ponerse aunque no combine, cuando les dejamos llevar la mochila aunque pese, o cuando les damos un euro para comprar el pan y dejamos que vayan a por el.

 

En resumen

 

Educar también es aprender a soltar. Soltar el control, las expectativas, el miedo. Confiar en el proceso, en ellos y en nosotros.

 

Porque el verdadero amor no retiene.

 

El verdadero acto de amor es la confianza de que tienen todo lo que necesitan para ser felices, incluso si no es bajo nuestro techo o siguiendo nuestro mapa.

 

Educar es amar sin poseer.

 

Es confiar en que pueden volar, sabiendo que el nido siempre estará ahí.

 

Haridian Suárez

Trabajadora social y Educadora de Disciplina Positiva (@criarconemocion)

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