Gentes e historia

El Rancho de Ánimas en Ingenio: cuando el silencio decide cantar

La tradición del Rancho de Ánimas de Ingenio, marcada por el rezo cantado y la memoria colectiva, lucha por ser reconocida como patrimonio cultural mientras sus últimos testigos preservan un legado que resiste al olvido.

Juan Vega Romero Miércoles, 03 de Septiembre de 2025 Tiempo de lectura:

El Rancho de Ánimas de Ingenio fue uno de los rituales más conmovedores de Canarias: un rezo cantado entre espadas y coplas para aliviar a los difuntos. Con testimonios gráficos rescatados, su memoria reclama hoy el reconocimiento patrimonial que aún no tiene.

 
El filo de las espadas corta la noche como si quisiera abrirle una herida al tiempo. En un portal cualquiera, un niño tiembla y la abuela, esa guardiana de misterios que nunca salen en los archivos parroquiales, le susurra: Son ellos, mi niño. No temas, rezan por los que ya no están.
 
De pronto, la calle que parecía dormida se despereza con un eco arcaico. No hay vítores ni palmas; la liturgia aquí se pronuncia en silencio. Es una oración con pies y con pulso, que avanza entre sombras y brasas como si el mismo aire estuviera en vela.
 
Y, como suele ocurrir en los rituales verdaderos, todo nos obliga a mirar atrás. Hay costumbres que no mueren: simplemente se esconden como brasas bajo la ceniza, esperando el soplo de alguien que aún cree en su calor. Tal es el Rancho de Ánimas de Ingenio: un rezo que camina de puntillas, que no interrumpe la vida diaria, pero que recuerda al pueblo que incluso la muerte presta oído a las súplicas.
 
En Teror, Valsequillo o La Aldea, sus Ranchos ya son Patrimonio Cultural Inmaterial. Ingenio, con toda su memoria a cuestas, todavía aguarda ese reconocimiento. ¿Qué esperamos? Declarar su valor no sería un capricho localista, sino un acto de justicia poética hacia lo que encarna: identidad, resistencia y cultura viva.
 
Imaginemos, por un instante, una noche de diciembre sin adornos de postal. Un viento alisio colándose por las rendijas, olor a leña húmeda, a gofio recién tostado, y ese silencio denso que sabe a escarcha. De pronto, un choque de espadas: metálico, seco, como si alguien marcase el compás del tiempo. Luego, las voces. No cantan: suplican. No actúan: imploran.
 
Corría 1937. En una cocina humilde de Ingenio, un niño mira cómo su padre afila la espada del Rancho. ¿Y por qué cantan si los muertos ya no escuchan? pregunta con ingenuidad. Porque las almas, responde el padre, sin levantar la vista, nunca terminan de irse si nadie las nombra.
 
Aquella respuesta es casi una definición de todo el ritual: un puente entre dos orillas. Las mujeres, invisibles en los libros pero imprescindibles en la realidad, encendían velas, dejaban limosnas, rezaban en voz baja. Sin ellas, el Rancho hubiera sido un cuerpo sin respiración.
 
Hoy, algunas de esas niñas que presenciaron los últimos ranchos conservan fragmentos de memoria como quien guarda cristales rotos de una ventana que ya no existe. Carmen, de 89 años, aún recuerda cómo los cantadores intercalaban el nombre del difunto en sus coplas: "José...", y seguía la letanía ancestral. Dolores, de 92, confirma ese mismo detalle: el nombre del muerto se tejía en el canto como si fuera el hilo que unía este mundo con el otro. Son testimonios frágiles, pero preciosos: la última respiración audible de una tradición que se apaga.
 
Cuando la comitiva pasaba por las calles de Ingenio, nadie osaba hablar: romper aquel silencio era como quebrar cristal. No era música, aunque tenía cadencia; no era teatro, aunque conmovía. Era una liturgia de la tierra: compasión humilde, nacida no para resucitar a los muertos sino para que no se sintieran tan lejanos.
 
LOS ROSTROS QUE RESISTEN EN LA MEMORIA 
 
Los rostros del Rancho de Ánimas en Ingenio no se guardan ya en la memoria de los vecinos: solo sobreviven en unas pocas fotografías de los años treinta. Estas imágenes, que logré recuperar tras un trabajo de campo paciente, buscando en archivos familiares y álbumes casi olvidado, son quizá el último testimonio visible de quienes caminaron las calles con espadas y coplas, dejando en el aire un rezo que todavía espera reconocimiento.
 
• Cantadores del Rancho de Ánimas de Ingenio en la década de 1930. Hoy nadie recuerda sus voces, pero sus espadas aún resuenan en la memoria colectiva. 
• Hombres de fe y de tierra. Labores de campo de día, rezos cantados de noche. 
• Un testimonio frágil, casi borrado por el tiempo, pero aún capaz de recordarnos que hubo un Ingenio que cantaba a los muertos para cuidar a los vivos. 
 
COPLAS PARA QUE LA MUERTE NO SE SIENTA SOLA
 
De Nochebuena a Reyes, pasando por Año Nuevo y Pascua, hombres curtidos en el campo recorrían pagos y veredas. No llevaban grandes orquestas, solo espadas, triángulos, panderetas y, a veces, una guitarra que más que sonar parecía quejarse. La melodía, monótona y ancestral, venía con ecos que quizá viajaron desde más allá del Atlántico.
 
El abecera guiaba con la voz y con la memoria. Los demás respondían en coro. Y el mochillero cargaba lo poco necesario: una función modesta, pero indispensable. Eran herreros, labradores, panaderos; gente que sabía más de surcos que de partituras, y que cantaba porque creía que había que hacerlo.
 
En los años treinta, aquellos hombres tenían nombre y rostro: Blas Hernández Hernández,
 
[Img #31680]
 
… Valeriano Torres Pérez,
 
[Img #31679]
 
… Francisco Afonso Vega
 
[Img #31681]
 
Francisco González Cabrera, Agustín Sánchez Pérez, José Pérez, Andrés Jiménez Romero, Manuel Sánchez Díaz y Juan Hernández Cabrera, entre otros. Caminaban con sus espadas, dejando coplas y silencios encendidos como brasas.
 
ENTRE MISTERIOS Y ÁNIMAS EN PENA
 
Los cantos, llamados misterios, relataban pasajes sagrados con una fuerza que hoy todavía pone la piel de gallina. Pero el centro gravitaba en el Purgatorio: no un infierno de castigos, sino un mar revuelto en el que las almas eran lanchas sin remo, aguardando socorro.
 
Las coplas suplicaban alivio para esas ánimas que clamaban desde la otra orilla. Y aunque la teología oficial hable de penitencia, aquí lo que había era ternura: un pueblo dispuesto a cantar para que nadie, ni siquiera en el más allá, se sintiera del todo solo.
 
ESTRIBILLO 
Una ley llamada Purificación,
 Siendo limpia y pura, 
la Virgen cumplió.
 
ESTROFA 
Cuando cumplió el plazo
 de cuarenta días, 
salen de la Cueva San José y María, 
llevando en sus brazos 
al Hijo de Dios.
 
ESTRIBILLO:
Siendo limpia y pura,   
la Virgen cumplió.
Es el Purgatorio, 
una mar de leva, 
las almas son lanchas 
que dentro navegan.
 
Y entre canto y lamento, una súplica que aún hoy sigue tocando la fibra:
 
Del Purgatorio le llaman 
a voces las pobres almas.
 A ver si logran de usted
 aliviar aquellas llamas.
 
HOMBRES DE CARNE Y HUESO TRAS LAS ESPADAS 
 
Ingenio fue también cuna de grandes versadores, como Antonio Pino, que improvisaba coplas sin necesidad de tinta ni papel, confiando en que la memoria colectiva haría su trabajo. Otros nombres, Pancho Vega de Tejeda, Viera de Teror y José Concepción de Valleseco, sostuvieron la tradición como quien sostiene una vela contra el viento.
 
EL APAGÓN DE LAS VOCES 
 
En 1951 aún quedaban ecos. El maestro José Suárez Martín intentó salvar la llama con un grupo infantil, "Campos del Sur". Pero la emigración vació las casas, el progreso borró senderos y la prisa moderna se convirtió en la nueva religión. El Rancho se fue apagando como los candiles que ya nadie encendía.
Y, sin embargo, el silencio no siempre significa olvido. A veces, solo espera.
 
REVIVIR LA LLAMA SIN QUEDARSE EN LA AÑORANZA 
 
Rescatar el Rancho no es taxidermia cultural. No se trata de colgarlo en un museo, sino de reanimarlo. Cantar de nuevo no es llorar por lo perdido, sino recordar que seguimos aquí, que todavía tenemos voz.
 
Porque cantar a los muertos, lo sabían bien los antiguos, es también cuidar de los vivos. Mientras alguien entone una copla, el alma del pueblo seguirá encendida. En Ingenio, esa alma aún murmura: en la voz del viento, en un silencio obstinado, o en ese soplo que basta para que la brasa vuelva a arder.
 
Las voces del Rancho de Ánimas ya no se escuchan en las calles de Ingenio, pero su eco sigue vivo en la memoria que logramos rescatar. Esas fotografías, halladas tras un trabajo de campo paciente en archivos familiares y cajones olvidados, son testimonio de un pueblo que cantó para que la muerte no se sintiera sola. Mientras alguien conserve estas imágenes y repita sus coplas, el Rancho de Ánimas no estará del todo perdido: seguirá siendo una llama obstinada en la historia cultural de Ingenio.
 
Agradecimientos a Tomás Santana, quien recordaba el estribillo del Rancho de Ánimas  y cuya colaboración permitió completar, mediante trabajo de campo posterior, la recuperación íntegra del canto. También a Juan Hernández, una persona de avanzada edad que conoció a muchos de estos cantadores y proporcionó referencias sobre quiénes eran sus familiares.
 
Juan Vega Romero
Imágenes de archivo
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