Se van los ojos ante un panorama que es un verdadero espectáculo de la naturaleza y más aún cuando te contemplas a ti mismo reflejado en el cielo y sientes la mirada perdida en la inmensidad del mundo, errante por espacios inconmensurables, las anchuras en las que las montañas se encumbran, ese Roque Nublo, lírica piedra lunar, a cuya sombra han nacido muchos canarios, el Bentaiga y, en la lejanía, el Teide, cual grandiosa teta de la que se nutre el aire.
Uno siente al mismo tiempo la plenitud de un universo enmarcado por el cielo, la fastuosa cúpula que encierra millones de estrellas centelleando en la distancia, y la soledad más absoluta, la desolación abrupta de los riscos, cerros y cordilleras que recorren los trechos entre barranco y barranco, sensación que se produce también cuando uno está contemplando Timanfaya, esas montañas en las que el fuego campa por sus fueros, imponiéndose como único elemento.
Contemplarse, mirarse bien por dentro, creo que nos conviene para dilucidar si actuamos en consonancia con nuestras creencias, si hemos conseguido el equilibrio y la armonía que hace que la vida sea más llevadera, que la cordialidad y el afecto sean los ingredientes principales entre la gente que nos rodea. Ojalá que fueran los componentes integrantes de la sociedad en la que estamos inmersos, donde, por desgracia, se está fomentando todo lo contrario. No obstante sigo teniendo esperanzas en que cambie el rumbo que ahora se ha impuesto.
En la contemplación de las vistas que se ven desde Tejeda, mirando para la isla vecina, aparte de los picos y el volcán ya citados, nos sumergimos en un mar de nubes, una considerable franja de celajes de algodón
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… que nos incita, con la imaginación, a recorrer a pie el tramo que separa Gran Canaria de Tenerife, a flotar en ese insólito y misterioso mar para sentirnos nuevamente en las nubes, absortos por completo en un mundo de fantasía, englobados, ajenos del todo a cualquier estímulo que nos haga salir de ese universo creado por la madre naturaleza.
Pronto empezará el otoño y las puestas de sol en Sardina serán dignas de verse. Las nubes se teñirán de fuego, tanto amarillo como rojo, de lila, verde y violeta, y el sol se irá a dormir arrullado por las olas. Espero seguir gozándome esos prodigiosos ocasos, maravillas para nuestros ojos, que, de tan preciosos, parecen mágicos, ilusiones, ensoñaciones.
Algo similar le ocurría al poeta gomero Pedro García Cabrera (1905.1981), al cual le encantaba contemplar los atardeceres, cuando fue a la mar por naranjas, cosa que la mar no tiene. A él también lo mantenía la esperanza.
Texto: Quico Espino
Fotos: Gabriella Rossi e Ignacio A. Roque Lugo
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